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E

l presidente le echa la culpa a su predecesora y a su mentor político, por haberle dejado una pesada herencia, motivo por el cual no hay diésel ni gasolina en las estaciones de servicio; la predecesora le echó la culpa a la pandemia; los dos le echan el muerto a Evo Morales y éste a los capitalistas; de manera que habrá que retroceder hasta los primeros días de la vida republicana para encontrar al culpable, porque nadie tiene la culpa.

Los sociólogos apuntaban a finales del siglo XX que el hombre moderno perdió el sentido de culpa, perdieron el miedo a Dios y borraron la línea que separa el bien del mal, por tanto, da lo mismo “ser derecho que traidor; ignorante, sabio o chorro, pretencioso o estafador. Todo es igual, nada es mejor”, denunciaba Enrique Santos Discépolo en el tango Cambalache.

La filósofa española Victoria Camps señala que sólo queda la ley. "En los casos de corrupción política, nadie dimite, nadie se avergüenza de lo que ha hecho, nadie confiesa sus errores ni sus faltas, todo queda remitido a la dinámica procesal que será favorable o no al acusado". De esta manera, hasta que la justicia no dé su veredicto, nadie es culpable, los violadores pueden caminar sin prisa, los ladrones amenazarán a quienes les acusan, los mentirosos se creerán sus falacias y así seguirá el merengue.

Los primeros filósofos no habían desarrollado el término culpa porque atribuían a la manipulación de los dioses las grandes maldades cometidas por los hombres. Orestes, acosado por las Erinias a causa del asesinato de su madre, Clitemnestra, llegó hasta la Acrópolis para pedir ayuda a la diosa Palas Atenea. Allí, hace saber a ésta que fue Apolo quién le mandó matar a su madre. Así, los crímenes cometidos por los hombres, no constituyeron en sus principios una manifestación de la venganza o del odio individual, sino que eran el instrumento a través del cual los dioses hacían justicia.

Haciendo un salto en la historia, desde la antigua Grecia damos un salto hasta la experiencia vivida de la culpa en las sociedades occidentales modernas, podemos concluir que hemos robado a los dioses el ser dueños de nuestras acciones, y, por consiguiente, de nuestro destino, y como Prometeo al robar el fuego a Zeus, hemos sido castigados, así, Atlante es condenado a sostener el cielo sobre los hombros por toda la eternidad; en nuestro caso, soportar la carga de la culpa. 

Revisando artículos de prensa, entrevistas y hasta confesiones públicas de las autoridades de gobierno, no encontré en ninguna parte la expresión: “fue por mi culpa…”. “Me arrepiento de haber causado daño al pueblo que me eligió…”. Todos los gobernantes hablan de su inmaculado paso por el sillón presidencial, de sus aciertos y de los méritos no reconocidos por una sociedad malagradecida, que no supo valorarlos oportunamente.

Al final se vuelve al mismo cántaro: la educación. Es en la escuela y en la familia donde se aprenden las primeras lecciones de la mentira, favorecidos por un sistema educativo que favorece siempre al niño, que nombra a padres de familia disfrazados de jueces de la junta escolar y colocando normas para un solo lado. ¿Cómo es posible educar sin establecer límites?

Mirarnos al espejo de vez en cuando nos vendrá bien, porque nadie se miente a sí mismo, salvo que echemos la culpa a Dios de los males que cometemos.

Ernesto Murillo Estrada es filósofo y periodista.

El presente artículo de opinión es de responsabilidad del autor y no representa necesariamente la línea editorial de Datápolis.bo.