
dos siglos de su gesta, un monumento con su nombre de bautizo: Juana Asurdui de Padilla se erigió en la Plaza 25 de Mayo. Escribir sobre ella es volver a tocar una de las llagas que más duelen a Bolivia, porque sale a luz la expresión más clara de la historia de la ingratitud. La Mariscala murió en la más injusta y dramática miseria, paradójicamente un 25 de mayo de 1862, absolutamente abandonada, al grado infame de ser enterrada en una fosa común, ante la impotencia de su sobrino Indalecio, quien lloró su dolor y rabia, luego que las autoridades le negaron unos míseros pesos para un entierro digno, porque estaban ocupados celebrando los festejos de la patria.
Doña Juana Azurduy de Padilla, como nos enseñaron a escribir en la escuela, llevaba pantalón blanco de corte mameluco, chaquetilla escarlata o azul adornada con franjas doradas y una gorrita militar con pluma azul y blanca. Manuel Belgrano le había regalado una linda espada. El poeta indio Juan Huallparrimachi y el musculoso José Ignacio Zárate se convirtieron en sus lugartenientes y permanentes escoltas en cada batalla.
El historiador Valentín Abecia describía así a la Libertadora: Juana tenía la hermosura amazónica, de un simpático perfil griego, en cuyas facciones brillaba la luz de una mirada dulce y dominadora, belleza, fuerza, inteligencia y carisma que también sellarían su impronta por la historia.
La expresión de Winston Churchill "Nunca en el ámbito del conflicto humano tantos debieron tanto a tan pocos", se aplica a doña Juana y su esposo Manuel Ascensio Padilla, ni siquiera cambiando el nombre de Sucre por Padilla o Azurduy pagarían tan inmensa deuda. Es posible que la notable mujer haya sido más honrada en Argentina, donde colocaron su estatua en reemplazo a la de Cristóbal Colón, que en su tierra natal.
Admirada por los generales, idolatrada por sus ejércitos, temida por sus rivales, doña Juana Azurduy mantuvo durante más de una década la tea de la insurrección, mientras iban quedando en el camino los Murillo, Méndez, Warnes y su propio esposo.
Doña Juana no estuvo en el momento preciso, en el lugar preciso, en la hora precisa, porque no le interesaba ningún tributo. De ser así, los Ballivián, Santa Cruz, Velasco y Olañeta habrían puesto rodilla en tierra para reverenciar a la valiente mestiza y no tendrían cara para mirarle a los ojos. Pero, el país casi siembre abrió las puertas a los que buscaron su oportunidad y cerró con aldaba su entrada a los que merecen el Olimpo del agradecimiento. A ella no le interesaba el gobierno ni menos el poder, solo abrazó la causa de la independencia de los indios y oprimidos.
“Cuando retornó a su tierra amada, luego de ocho años de anonimato y pobreza en tierra argentina, nadie salió a recibirla en Chuquisaca”, escribe Joaquín Gantier, quien narró cuidadosamente en base a biografías de Samuel Velasco Flor, Alcides Arguedas y Valentín Abecia, la épica existencia de la guerrillera.
Andrés de Santa Cruz, entonces prefecto de Chuquisaca ordenó se le entregara una pensión de 100 pesos mensuales, que solo le cumplieron dos años; Bolívar salió conmovido del encuentro con ella cuando la visitó en su humilde morada. Ella no quería limosna alguna, sino que le devolvieran sus tierras secuestradas por los realistas, para mantener a los pocos que dependían de sus abandonadas fuerzas, porque en los años de guerra vio morir a sus cuatro hijos, luchó embarazada, perdió a su hija y además de quedar viuda, legó sus fuerzas a la independencia del Alto Perú, enfrentando no sólo las traiciones, sino también la aridez, las inclemencias del tiempo y el descuartizamiento de su heroísmo.
En la hora del recuento a su retorno a la Capital de Bolivia ya nadie recordó de las más de 30 batallas, de sus gestas y fiereza ni de sus seguidores. Pocos la recuerdan, es que, como dicen los sociólogos del presente: “los que hicieron buena lectura del país, disfrutan las mieles del poder”.
“Su espíritu honesto no podía entender lo que había pasado ni la doblez de las personas, no concebía cómo esos hombres, otrora partidarios del rey disfrutaban el poder. Veía en el poder a Santa Cruz, quien había colaborado con Goyeneche, a Velasco, un militante realista y Ballivián, quien había servido a las fuerzas de La Serna”, escribe Arguedas. Menos mal que don Manuel Ascencio, Murillo, Méndez y compañía no vivieron para soportar tanta ironía en la vida.
Otros historiadores cuentan que Simón Bolívar, acompañado de José Antonio de Sucre, el caudillo Lanza y otros, la visitaron en su humilde vivienda para manifestarle su reconocimiento y homenaje por sus luchas libertarias y se cuenta que la colmaron de elogios en presencia de los demás, y dícese que le manifestó que la nueva república no debería llevar su propio apellido: “Bolivia no debía llevar su nombre sino el de Padilla, su mayor jefe revolucionario”… y se le concedió una pensión mensual de 60 pesos que luego Sucre aumentó a cien, una pensión vitalicia que bajo el gobierno de José María Linares en 1857 le es arrebata de manera infame e innombrable, ignorando su soledad, su entrega a las luchas libertarias, su soledad por la pérdida de su marido, de sus niños, ignorada por los criollos que en ese momento ostentan el poder y con sus escasos bienes también saqueados.
A la hora de su muerte, no hubo toque de silencio, tambores a la funerala, ni salva de fusilería en honor a la coronela muerta, porque la tropa de la guarnición estaba “demasiado ocupada en los festejos del 25 de mayo”.
Un siglo después, en 1962, en conmemoración del centenario de su muerte, a sugerencia de Joaquín Gantier y siguiendo las indicaciones dejadas por Indalecio Sandi, el niño que la acompañó en sus últimos, se extrajeron los restos humanos que se supone pertenecen a Juana Azurduy para depositarlos en una urna en la Casa de la Libertad. Hoy se duda que sean sus restos y algunas fechas que brindaron los historiadores, porque las mejores páginas para retratar a semejante personaje no se han escrito todavía.
La letra de Félix Luna y la música de Ariel Ramírez, es tal vez el más fino retrato de una mujer a la que Bolivia le debe y no le pudo pagar: Juana Azurduy, flor del Alto Perú, no hay otro capitán más valiente que tú. Oigo tu voz más allá de Jujuy y tu galope audaz, doña Juana Azurduy.
Ernesto Murillo Estrada es filósofo y periodista.
El presente artículo de opinión es de responsabilidad del autor y no representa necesariamente la línea editorial de Datápolis.bo.