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E

l tema de la edad saltó a la palestra en el último debate de los candidatos. Del Castillo y Andrónico Rodríguez enarbolaron la bandera de la juventud como una cualidad que los diferencian del resto; pretendían inclinar la balanza hacia su lado, aunque habrá que anotar que los jóvenes no siempre votan por un candidato joven, ni los viejos, por un coetáneo.

La preferencia en el variopinto panorama de América arroja estos datos: Estados Unidos tiene un presidente de 79 años, mientras el ecuatoriano Noboa apenas llega a los 38 y asumió el cargo a los 35. El chileno Boric tiene 39 y el uruguayo Santiago Peña suma 46 años. En el otro lado están Boluarte con 63, Petro con 65, Maduro tiene 62, Luis Arce 61, mientras Milei (54), Luis Lacalle (52) están en la etapa intermedia.

Si el próximo presidente debe rendir pruebas físicas, un test Cooper o medirse frente a otros dignatarios en eventos deportivos, debería ser tomado en cuenta este factor. Si se demuestra que el rendimiento intelectual desmejora a partir de los 50 o 60, también se debe analizar esta cuestión, pero ninguna de estas observaciones merece ser tomada en cuenta.

Recuerdo a Immanuel Kant, probablemente uno de los más grandes filósofos de la historia, quien maduró tardíamente, solo se convirtió en un filósofo importante a sus sesenta y tantos años, entregando a la humanidad sus tres críticas: Crítica de la razón pura y Crítica de la razón práctica y Crítica del juicio, para exponer sus grandes aportes: qué puedo conocer, que debo hacer y que debo esperar. Obras que redefinieron no solo la forma de entender el conocimiento, sino también los principios éticos y estéticos que siguen vigentes en debates actuales.

La investigación publicada en Psychological Science, que data de 2015, concluye que la capacidad de definir palabras es la que se acaba de desarrollar a una edad más avanzada: alcanza su máximo entre los 60 y 70 años, un argumento a favor de los mayores. Otros científicos postulan que, a medida que van pasando los años, el cerebro se va deteriorando y, junto con él, las habilidades de crear, razonar y memorizar información; éste no parece ser el caso de nuestros candidatos.

Bien se podría postular que los candidatos presenten un mínimo de coeficiente intelectual para llegar al cargo y nos encontraríamos con dos de ellos que, probablemente superen los 120, que los ubica en el rango de coeficiente de inteligencia superior y algún otro que no alcance los 110, de manera que estarían en el rango de inteligencia medio. Sería ridículo pedir este examen.

El ser humano aparte de la inteligencia desarrolla otras cualidades que le permiten tener éxito en la vida. Habilidad no quiere decir cociente intelectual, que alcanzan su cénit y decaen tras la secundaria; otras habilidades se atascan en la edad temprana y disminuyen en los 30, y otras alcanzan su máximo a los 40, 50 o incluso 60 años, de manera que caminar en esas arenas lleva a estancarse en la discusión.

Valdría la pena recordar que el abogado y estadista Víctor Paz Estenssoro mostró sus mejores virtudes como mandatario cuando volvió a los 78 años a la presidencia, en 1985, con el antecedente “Bolivia se nos muere”; salvó con su equipo del embrollo de la inflación a la que condujo al país su antecesor, a quien se le acusaba de errores garrafales por ser senil. Paz Estenssoro, quien fue presidente en otras tres ocasiones, no había llevado una gestión feliz en las décadas de los cincuenta y sesenta. Se podría colegir que fue la madurez del pensamiento la que lo condujo a una buena gestión.

Elegir como presidente a uno de los candidatos debe superar las contingencias de la edad, color de la piel, coeficiente intelectual o tener una fortuna, para dar paso a otras virtudes que un buen elector debe saber encontrar.

Ernesto Murillo Estrada es filósofo y periodista.

El presente artículo de opinión es de responsabilidad del autor y no representa necesariamente la línea editorial de Datápolis.bo.