
na rara sensación se apodera de quienes se acercan a menos de veinte metros a las cataratas de Foz de Iguazú; la admiración, el quedar anonadado, las ganas de gritar, llorar o sonreír se unen en un mágico momento de corta duración, porque los millares de visitantes, obligan a un rápido tránsito por ese lugar.
Una sensación similar se debe apoderar de los turistas cuando ven desde El Alto, ese inmenso hongo de construcciones que han herido las montañas y emergen como estalagmitas con puntas geométricas, para hacer una rara amalgama con casas antiguas y rústicas.
La Paz compitió con otras 1.200 ciudades para ser declarada en 2014 “Ciudad Maravilla” junto a La Habana, Beirut, Doha, Durban, Kuala Lumpur y Vigan. Estas siete ciudades tienen algo de particular y mágico encanto. Por ejemplo, Durbán es la ciudad mejor administrada de África.
En aquel momento, las autoridades nacionales y locales celebraron la designación, prometieron sacar rédito turístico al hecho, lanzar unas políticas de hospitalidad, beneficiarse con los réditos y promocionar a la espectacular La Paz, pero la amnesia se apoderó de aquellos espíritus.
La Paz es sin duda uno de los asentamientos humanos más prodigiosos del mundo. No es una ciudad hermosa, no. Pero es única e irrepetible. Cuando le preguntaron al escritor y periodista español cómo describiría a La Paz, respondió: La Paz es sin duda uno de los asentamientos humanos más prodigiosos del mundo. No es una ciudad hermosa, no. Pero es única e irrepetible. Es verdadera. Genuina. Fantasmagóricamente real.
Esta ciudad espectacular está de aniversario, cumple 216 años del primer grito libertario de América Latina junto con Sucre. Abundan los desfiles, las serenatas, los ponches, las fiestas, pero no hay ningún esfuerzo para reunir a los notables paceños y ver qué se puede hacer para sacar a esta impresionante ciudad de su estancamiento, aburrimiento, marchas, petardos y bocinazos.
Nos falta mucho para mostrar que los que vivimos aquí somos hospitalarios, aunque un poco huraños. Las calles atiborradas, los mercados interminables y vertiginosas cuestas, forman parte de la rutina para el paceño, no para el visitante que se impacta por estos contrastes.
La Paz es la ciudad de los minibuses en los que viajan como chulpas dos decenas de pasajeros, donde uno puede ver como enjambres kilómetros de cables eléctricos, decenas de comerciantes informales, cientos de personas que corren a su fuente de trabajo, porque son poco amigos de la puntualidad. Si el visitante quiere retroceder 200 años en la historia debe visitar la calle Jaén, si quiere darse un toque espiritual visitará la calle Linares para encontrarse con las brujas, para rematar en el mirador de Killi Killi y tener una visión de la ciudad desde un ángulo impresionante.
Desde 2019, La Paz cuenta con una línea de teleféricos que transporta diariamente 300 mil personas a un precio irrisorio para el visitante que, si va a Salta, con el precio de un boleto recorrerá 80 veces el transporte aéreo paceño.
Esta es la asignatura pendiente y obligatoria que tenemos enfrente y debe afrontar el próximo alcalde paceño. Éste deberá reunirse con un grupo de notables para dar un impulso a esta ciudad que nos vio nacer, y empieza ver partir a sus jóvenes a otras latitudes, porque la tierra de su niñez, no es la tierra de las oportunidades.
Ernesto Murillo Estrada es filósofo y periodista.
El presente artículo de opinión es de responsabilidad del autor y no representa necesariamente la línea editorial de Datápolis.bo.