
Manejaba con prudencia porque era de noche, la avenida mal iluminada y cargada de rompemuelles (ninguno de ellos señalizado), porque la Alcaldía espera que ese trabajo lo hagan algunos buenos hombres venezolanos, que luego piden una contribución económica por su tarea. Una moto me superó vertiginosamente y segundos después lo vi como suspendido en el aire y la moto que se trancó en la cuneta. Para consuelo, solo tenía unas raspaduras en las rodillas y las manos, de manera que pudo seguir su marcha con la moto poco averiada.
Asociamos la moto a la velocidad, a la destreza, a la valentía, al límite; tal vez sea por ello que hay tantos accidentes en moto y las consecuencias también la sufren los que no corren, aquellos que intentan evitar el peligro porque saben que más vale perder un minuto en la vida, que la vida en un minuto.
Solo para citar algunos ejemplos, van estos datos: En Colombia en 8 de cada 10 siniestros viales fatales está involucrada una moto; en Argentina, cerca de cuatro personas mueren por día en accidentes viales que involucran motocicletas. En nuestro país se registran en promedio más de 18.000 accidentes de tránsito cada año, causados por motos. Los datos del Observatorio Boliviano de Seguridad señalan que el 73 % de los siniestros viales tienen como causa fallas humanas, principalmente por exceso de velocidad, imprudencia y algunos por consumo de alcohol.
Desde la pandemia del Covid-19 nos acostumbramos a los llamados servicios delivery para pedir comida de restaurantes, compras de supermercado, farmacias y bebidas; también resulta útil para envíos rápidos de documentos o paquetes medianos y logística personal. El producto llega en contados minutos y se ahorra tiempo y distancia.
De pronto, quienes prestan este servicio se acostumbraron llevar a la esposa, la enamorada o la acompañante (en muchos casos sin el casco protector) y ahora van hasta con un niño en brazos de la madre, cuando no, un cuarto ocupante (delante de quien maneja) Nadie lanza la prevención, los agentes de Tránsito miran a otra parte; son pocos los que hacen cumplir las reglas.
Si alguien está manejando tiene que mirar ahora a izquierda y derecha, frenar intempestivamente porque una moto lo rebasa y se pone delante de su coche. Las reglas de Tránsito advierten que la moto debe circular por el centro o medio de la calzada, ocupando un carril completo; está prohibido avanzar en zigzag o rebasar entre los vehículos por los costados de forma imprudente. Solo se permite llevar un máximo de dos personas y limitar la velocidad y acatar los semáforos y la señalización vertical y horizontal. ¿Quién cumple?
“Es la adrenalina señor, no se altere”, me espetó un joven conductor de una moto, cuando le reclamé por su imprudencia. Dicen los estudiosos que la adrenalina nos predispone a reaccionar rápidamente y nos prepara para sacar el máximo rendimiento de nuestros músculos, cuando es necesario moverse con una cierta velocidad, ya sea a causa del peligro que se corre o por encontrarnos en situaciones en las que se nos ofrece la oportunidad de ganar.
Resulta que el parque de motocicletas en Bolivia ha tenido un gran crecimiento en los últimos años; actualmente circulan más de 930.000 unidades, lo que representa cerca del 35 % del total de vehículos en el país; basta sentarse al frente de un volante para comprobar que ahora el retrovisor no es del todo fiable, porque las motos pasan por un lado y otro, se abren espacio entre un coche y otro, para preceder al resto tan pronto el semáforo marca verde.
En los países vecinos, está prohibido circular con escape libre, roncadores o piezas modificadas que superen los límites de ruido permitidos; en nuestro país parece que el que hace más ruido es el mejor conductor; la moto que ensordece a los peatones merece el aplauso para el conductor. Lo irregular está pasando a ser regular.
No todo es culpa de los motociclistas porque la falta de pericia e imprudencia de los conductores pone en riesgo la integridad física de quienes conducen una moto como, las frenadas bruscas, cambios de carril repentinos, luces altas que encandilan y la apertura inesperada de puertas de automóviles.
Es hora de que la Unidad de Tránsito aplique reglas claras y taxativas para evitar más accidentes.
Ernesto Murillo Estrada es filósofo y periodista.
El presente artículo de opinión es de responsabilidad del autor y no representa necesariamente la línea editorial de Datápolis.bo.
