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arto de escuchar hablar y comentar sobre encuestas, candidatos, declaraciones, denuncias y propaganda política, quiero narrar una historia simple y del día a día. En un día lluvioso decidí subirme a un micro con capacidad para 40 personas en el que viajaban 60; mientras afuera hacía frío, adentro se sentía una temperatura superior a los 30 grados porque todas las ventanas permanecían cerradas.

Al empezar la subida de la calle Landaeta subió a la “catramina” una señora con sus dos hijos de edad escolar, al tiempo que el chofer pedía que los pasajeros “estrecharse más”, para dar campo a quienes estaban colgados en el vehículo. Los 32 pasajeros que estaban sentados se mantenían impertérritos, casi todos mirando su celular y ajenos al mundo que les rodeaba. Nadie se dignó cederles asiento, de manera que la citada señora, sus hijos y una decena de gente mayor hacía equilibrio dentro el vehículo.

A la pregunta si alguien podría ceder el asiento a la citada señora, no hubo respuesta alguna; había un pacto de silencio. “Esa es la educación de hoy”, protestó la persona que había lanzado la pregunta, mientras alguien que quería salir del micro se llevaba por delante a algunas humanidades y bajaba del motorizado como si lo hubieran zamarreado en su interior.

Es probable que en la escuela nos hayan enseñado a obrar de determinada manera por miedo al castigo, esperando el aplauso por una buena conducta. Cuando obramos de una determinada manera, solamente porque tememos un castigo y no por el propio convencimiento, actuamos conforme a lo que el filósofo Kant denomina imperativo hipotético. 

El filósofo diría que obramos con una moral heterónoma, de acuerdo a lo que la sociedad nos dice, y no de forma autónoma, conforme a nuestros principios y valores sin importarnos el premio a recibir en este mundo terrenal o la gratificación más allá de nuestra existencia.

Bien dice Kant que el bien ha de ser perseguido, incluso aunque no obtengamos ningún premio a cambio. Buscar la utilidad (el premio o los aplausos) o la felicidad no puede considerarse un deber; más bien es un rasgo que nos caracteriza como humanos. Esto convierte a la ética kantiana en una ética incondicional. Es decir que debemos obrar en todo tiempo y lugar: en el micro, en la calle, en la casa o en ambientes donde la educación no ha llegado plenamente.

Estas actitudes nos convierten en seres cada vez más individualistas y ajenos e insensibles hacia lo otros. Como si fuera poco surge una pregunta: ¿Por qué a las personas buenas les va mal y a las personas malas les va bien? Quién no ha visto a un político corrupto o un ejecutivo deshonesto hacerse rico a costa del pueblo, contratar a los mejores abogados, pagar cuantiosos sobornos y recuperar su libertad. Quién no ha visto el ejemplo de un padre de familia honesto que salió perjudicado por negarse a hacer algo ilegal y, en algún caso, hasta perder su fuente de trabajo.

Cualquiera, al ver estas injusticias, se preguntaría por qué a la gente buena le va mal mientras que a la gente mala le va bien. El deseo de justicia es parte de cualquier buena persona. El famoso Mark Twain creó un cuento memorable que tituló Historia del niño malo (The Story Of The Bad Little Boy). El de su historia se llama Jim. Es un niño mentiroso, perverso, abusivo, patán, antipático, grosero de lenguaje, odioso, negligente, una desgracia de persona: se roba las manzanas; se come la jalea y llena el frasco de brea para que su madre la escupa cuando la pruebe; le roba al profesor; le roba el arma a su padre y sale a cazar; cuando le ladra un perro, por ladrón, le da un ladrillazo; le pega un puñetazo a su hermana; huye y regresa borracho. De adulto, mata a su familia.

Pese a que de niño fue todo eso y de adulto criminal, cuenta Twain que contrariamente a lo que dicen los libros ejemplares, todo le sale bien: nada malo le sucede por sus actos; no recibe castigo escolar ni legal, ni divino; en lugar de eso, se vuelve rico a punta de estafas y fraudes. La vida lo gratifica con un alto puesto en el gobierno. Es probable que en Bolivia haya decenas de seres con el nombre de Jim.

Al terminar mi recorrido, en medio de la llovizna, los charcos y camino a casa, pasó un coche a toda velocidad y recibí un poco de agua y barro; una señora con su vástago de kindergarten intentaba vanamente que algún taxi los recogiera, más allá un lustrabotas parecía pedir al cielo que cesará su llanto, porque perjudicaba su trabajo y estaba con los bolsillos vacíos.

Esa es parte de nuestra sociedad de hoy que pide más encuestas, políticos honestos, que alguna vez el bien le gane al mal; eximiéndonos de cualquier culpa, porque nos gusta estar cómodos, sin que nadie nos moleste, desentendiéndonos de los otros, es que así estamos bien.

Ernesto Murillo Estrada es filósofo y periodista.

El presente artículo de opinión es de responsabilidad del autor y no representa necesariamente la línea editorial de Datápolis.bo.