
ace un año (23 de marzo de 2024) se realizó el Censo en el país, que arrojó la cifra de 11.312.630 habitantes. La cifra, ampliamente cuestionada, recibió críticas de toda naturaleza empezando por las regiones donde se creía que las cifras fueron acomodadas a gusto y sabor del gobierno.
En 12 años solo se había crecido 1.252.774 habitantes y quedaron lejos los 13 millones de habitantes que pronosticaban los entendidos; tras un reclamo agrio, pronto pasaron a las filas de los desentendidos porque la vorágine de noticias, dejó al olvido el cuestionado Censo.
Santa Cruz, que recibió el premio consuelo de ser el departamento más poblado del país con 3.115.386 habitantes, solo 92.820 habitantes más que La Paz, tendrá un escaño más en el Parlamento en desmedro de Chuquisaca. Los cruceños prometieron hacer su propio Censo para demostrar que están por los cuatro millones; al parecer se autoflagelaron porque en algunas zonas no quisieron censarse. Un reclamo similar hizo El Alto, pero el descontento se apagó pronto y volvió a cumplirse aquella frase: en Bolivia todo pasa, y nada pasa.
Pero, un Censo no solo se centra en conocer la cantidad de personas que habitan en un determinado territorio, sino también en datos relacionados al tipo de viviendas que habitan, las actividades económicas que desarrollan para su subsistencia, los servicios que poseen, el grado de instrucción de sus habitantes, la proporción de establecimientos escolares y población.
El Censo debía servir al gobierno para evaluar, ajustar y diseñar las políticas públicas; además de analizar los avances en el cumplimiento de las metas del Plan de Desarrollo Económico Social.
“No estoy de acuerdo con esos datos, me siento decepcionada y frustrada”, manifestó la alcaldesa de El Alto Eva Copa, tras conocer los resultados preliminares. Su enojo pasó pronto como la postura de varios analistas, quienes expresaron su gran desconfianza en las instituciones del Estado y poca credibilidad en el gobierno, que es hábil para desviar el problema “al córner”.
Para justificar las cifras oficiales emitidas por el INE, esta entidad se apuró en señalar que “en Bolivia han nacido 350.000 personas menos de las previstas y han muerto 140.000 personas más de las previstas”. Prosiguiendo con este cálculo expresaron que hoy, el promedio de fertilidad ha descendido a menos de dos hijos por familia frente a los 6 y 7 que tenían las familias en las décadas de los años 60 y 70, lo que parece ser real y preocupante si se mira estas cifras desde la perspectiva económica; además, arrojaría una importante cifra de ciudadanos jóvenes que dejan el país, principalmente profesionales, dejando un vació espiritual en las familias.
Un Censo que debería ser una material rico para sociólogos, analistas, educadores y en particular para el gobierno, quedó como un simple dato estadístico que, seguramente será desenterrado por los políticos en campaña eleccionaria.
Ernesto Murillo Estrada es filósofo y periodista.
El presente artículo de opinión es de responsabilidad del autor y no representa necesariamente la línea editorial de Datápolis.bo.