
n los últimos días comienzan a aparecer señales que no deben ser subestimadas. Movilizaciones en El Alto, discursos radicalizados, demandas imposibles de atender y liderazgos improvisados parecen apuntar en una misma dirección: el intento de reactivar una estrategia política que durante años marcó el rumbo del país.
No se trata de hechos aislados. Lo que empieza a vislumbrarse es la rearticulación de un libreto conocido, impulsado en su momento por Evo Morales y el Movimiento al Socialismo: reinstalar la confrontación racial como eje central de la política.
Durante casi dos décadas, ese modelo se sostuvo sobre una narrativa potente: pueblo contra élite, campo contra ciudad, indígena contra blanco. Esa lógica, que demostró una absoluta incapacidad para resolver los problemas estructurales del país, terminó encapsulándonos en un esquema de polarización permanente que debilitó la institucionalidad y erosionó la confianza entre bolivianos.
Hoy, cuando tenemos a Evo refugiado en el Chapare y prófugo de la justicia; cuando vemos imágenes del expresidente Luis Arce en la cárcel de San Pedro y a altos dirigentes del masismo presos por delitos de corrupción; y cuando las organizaciones sociales han perdido su poder político, resurgen señales de una estrategia orientada a recuperar protagonismo mediante la movilización y la tensión social.
Un senador poco conocido logró articular una concentración importante de campesinos y alteños en El Alto. Varios miles se reunieron bajo la convocatoria de exigir la disminución de los sueldos de los asambleístas. Una convocatoria alejada de la agenda política de coyuntura permitió aglomerar a un número de personas nada despreciable.
Una marcha indígena se aproxima a La Paz para exigir la abrogación de una ley destinada a resolver una demanda postergada: permitir a pequeños productores del agro acceder al sistema bancario y tomar decisiones que les permitan mejorar su escala de producción. Es probable que exista desinformación por falta de socialización del tema, o que actores ya conocidos estén manipulando una causa que conecta a pueblos indígenas de tierras bajas con un momento político en el que se busca reposicionar la confrontación de los últimos veinte años.
Por otro lado, los cuestionados dirigentes de la COB anuncian movilizaciones, cabildos y acciones “hasta las últimas consecuencias” en defensa de su pliego de peticiones.
Las marchas no son casuales. Son demostraciones de fuerza. Son mensajes políticos. Pero también son intentos de reinstalar un clima de conflicto que resulta funcional para ciertos actores.
El riesgo no está únicamente en quienes promueven esta lógica, sino en que el país vuelva a caer en ella. Bolivia no necesita revivir divisiones artificiales ni profundizar fracturas sociales. Necesita estabilidad, certezas y soluciones concretas a problemas urgentes: empleo, economía y seguridad jurídica.
La historia reciente ya mostró los límites de la confrontación como herramienta de poder. Persistir en ese camino no solo es un error político; es una amenaza para la cohesión social.
La respuesta no debe ser otra confrontación. Debe ser más inteligencia política, más sentido de realidad y, sobre todo, una firme decisión de no volver a recorrer un camino que ya demostró ser profundamente divisivo.
Porque cuando la política se reduce a enfrentar bolivianos contra bolivianos, nadie gana. Y el país entero pierde.
Asumo la hipótesis de que existe un autor intelectual de esta estrategia, y se llama Evo Morales Ayma. Desde su trinchera en el Chapare, está atando hilos e implementando una estrategia de reposicionamiento y lucha política. Es ingenuo pensar que, mientras Evo no rinda cuentas ante la justicia, sea posible cerrar un ciclo político y social.
Necesitamos señales contundentes, sin cálculos políticos. El principal causante del desastre que hoy nos afecta debe rendir cuentas. Permitir que continúe conspirando desde su trinchera, mientras evade la justicia, tendrá un costo político altísimo.
Jaime Navarro Tardío es político y exdiputado nacional.
El presente artículo de opinión es de responsabilidad del autor y no representa necesariamente la línea editorial de Datápolis.bo.
