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o ocurrido el pasado jueves en la Asamblea Legislativa Plurinacional marca un punto de inflexión político que no puede pasar desapercibido.

La interpelación al ministro Mauricio Medinaceli, probablemente el más cuestionado del gabinete en las últimas semanas, en medio de la polémica por la calidad de los combustibles, se perfilaba como una emboscada política con final anunciado: censura y derrota para el Gobierno.

El escenario estaba servido. Desde la conducción de la Asamblea hasta las bancadas opositoras, el libreto parecía claro: alinear votos, capitalizar el desgaste del ministro y convertir la sesión en una victoria política contundente. Una censura no solo golpea a un ministro, golpea directamente al presidente y a la estabilidad de su equipo.

No cabe duda: el Gobierno vive un momento difícil. La crisis de la gasolina mala, saboteada, ensuciada, varias hipótesis se manejan al respecto, marca una crisis que afecta la credibilidad y la esperanza depositada por la ciudadanía en el gobierno de Rodrigo Paz Pereira.

Pero la política, cuando se juega en serio, no siempre sigue los guiones.

El ministro llegó con todo en contra, sí. Pero salió sin censura. Apenas 58 votos a favor de la medida. Insuficientes. El resto, por convicción, cálculo o negociación, no acompañó la embestida.

El Gobierno ganó con amplia ventaja. Contra el pronóstico, logró sostener a uno de sus ministros más debilitados. No es solo una victoria aritmética, es una demostración de capacidad de articulación política en un terreno adverso.

La oposición, sobreestimó su fuerza y subestimó la capacidad de operación del oficialismo. Apostaron todo a una jugada que terminó en vacío. Perdió contundentemente.

Y también pierden aquellos que creyeron que el desenlace estaba escrito de antemano. En política, la soberbia suele ser mala consejera.

No hubo los votos. Y cuando no hay votos, no hay relato que alcance.

Esto deja una señal clara: la Asamblea ya no es un espacio de mayorías automáticas ni de resultados previsibles. Se abre una nueva etapa, donde cada decisión requerirá algo más que discursos: requerirá construcción política real.

Un ganador. Varios perdedores. Y una lección que debería quedar grabada: en política, contar antes de tiempo puede costar caro.

El Gobierno libró una primera batalla exitosa: eliminó el subsidio a la gasolina, controló el descalabro cambiario y estabilizó la economía. Equilibrio precario dirán los expertos, pero equilibrio.

Una segunda batalla en el campo político: fraccionó bancadas opositoras y dejó con los crespos hechos a lideres políticos que aún perseveran.

Queda la más dura de todas: la resistencia del modelo fallido, organizaciones sociales aún penetradas por el masismo y también algunos aspirantes a tomar la posta del pederasta.

Jaime Navarro Tardío es político y exdiputado nacional.

El presente artículo de opinión es de responsabilidad del autor y no representa necesariamente la línea editorial de Datápolis.bo.