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anamos el mundial. No el de fútbol, sino el de bichos en peligro crítico de extinción. El escarabajo tigre ornamentado boliviano logró reunir 300.000 votos y se alzó con el título de primer lugar en el Desafío de la Conservación de Uproar, organizado por el Zoológico de Indianápolis y la Unión Internacional para la Conservación de la Naturaleza.

Más o menos por esas mismas fechas, cuando comenzó el desafío, Bolivia disputó el repechaje intercontinental para ir al Mundial 2026. La semifinal fue el 26 de marzo y al vencer a Surinam por dos tantos contra uno, Bolivia recuperó algo de su alicaída autoestima. Sin embargo, el 31 de marzo perdió con un gol frente a los dos de Irak, quedando fuera del mundial.

Durante esos días la efervescencia futbolera atrapó a miles de hinchas quienes ya veían al país midiéndose con los mejores equipos de fútbol.

Según el escritor argentino Eduardo Sacheri, “el fútbol es la única cosa que nos permite, durante noventa minutos, no ser nosotros mismos... sino ser algo mucho mejor: una parte de algo más grande”. Eso fue Bolivia durante esos días, algo más grande y unido.

Pero la derrota nos hizo pelota y quedó el amargo regusto de que los muchachos lo dieron todo en cancha, “pero perdieron”.

Cada año escucho que hay que replantear estrategias, cambiar de director técnico y ensayar cincuenta mil fórmulas para remediar este temita deportivo. Y nada funciona, bajando la autoestima nacional a menos cero.

Estoy a favor de la práctica deportiva, y de los miles de niños y jóvenes que van a entrenar, conociendo disciplina y juego en equipo. Empero algo pasa cuando esas jóvenes promesas futboleras pasan a las ligas mayores y dándolo todo, no llegan a coronarse en mundiales o en copas latinoamericanas.

La autoestima boliviana no puede medirse sólo por una hazaña futbolera, aunque sea pasión de multitudes. De ahí es que tratamos de levantarla con lo que sea, por eso nos metimos de lleno a votar por el escarabajo, que se coronó campeón y terminó levantando la moral nacional.

El Pometon bolivianus, ese escarabajo tigre chiquitano, originario del bosque seco chiquitano, ha pasado de ser un desconocido a convertirse en un símbolo emergente de la riqueza natural del país. Su clasificación como especie endémica significa que no existe en ningún otro lugar del mundo, lo que incrementa su valor ecológico y también su vulnerabilidad.

El ganador, que es el Museo de Historia Natural Noel Kempff Mercado, obtendrá un fondo de $us 10.000 que servirá para financiar investigaciones científicas esenciales para salvar a esta especie amenazada, habitante de San Ignacio de Velasco y El Carmen Rivero Torrez.

El desafío es real: el bichito lucha contra la pérdida de su hábitat causada por los incendios forestales de la Chiquitania y estos fondos permitirán trazar estrategias de preservación ante las quemas anuales.

Pero la cosa comienza por casa. No allá lejos, sino en el barrio: dejando de quemar basura o pasto seco, dejando de ensuciar las calles, plantando árboles y entendiendo que también se destruye un país cuando se enferma su hábitat.

Tal vez no iremos al Mundial 2026, pero al menos ya sabemos que cuando Bolivia se propone ganar algo, hasta un escarabajo puede darnos una lección de estrategia, identidad y orgullo nacional. No levanta copas, no falla penales y no cobra primas millonarias, pero consiguió lo que tantos discursos, campañas y arengas no logran: recordarnos que también podemos unirnos por algo valioso, aunque mida apenas un centímetro y no patee un balón.

Y acaso esa sea la ironía más dolorosa y más hermosa: mientras seguimos esperando héroes que nos salven cada cuatro años, terminó dándonos una lección de patria un bichito que apenas cabe en una uña. Ojalá el entusiasmo no dure menos que una eliminatoria y entendamos, de una vez, que Bolivia no sólo debería lamentarse por los goles que no mete, sino por los bosques que deja arder. Porque si hasta un escarabajo supo unir al país, ya va siendo hora de que nosotros dejemos de incendiarlo mientras seguimos esperando el próximo milagro.

Mónica Briançon Messinger es periodista.

El presente artículo de opinión es de responsabilidad de la autora y no representa necesariamente la línea editorial de Datápolis.bo.