
olivia no vivió una jornada democrática el pasado 22 de marzo, sino una grotesca representación de democracia de utilería. Miles de ciudadanos descubrieron recién frente a la papeleta que debían votar cinco veces: dos para Alcaldía y tres para Gobernación. Esa confusión no fue un detalle técnico, sino el retrato perfecto de un sistema electoral enredado, mal explicado y obscenamente distante del ciudadano. Lo que debía ser una expresión soberana de voluntad terminó pareciéndose más a un ejercicio de obediencia ciega dentro de un circo institucional.
Y lo peor es que el electorado de occidente ha despertado con la noticia de que el masismo sigue vivito y con ganas de hacer lo que siempre hicieron: desinstitucionalizar al país.
Quedan miles de deudas por subsanar en el país. No escuché a ningún candidato a gobernador en Potosí ofreciendo luchar frontalmente contra los juk’us. O trazar verdaderos planes turísticos para el Salar de Uyuni.
Tampoco vi candidatos a gobernadores o gobernadoras prometiendo cuidar las selvas de Beni y Pando de los mineros ilegales, o de los cazadores de jaguares. Tampoco vi planes de reforestación de los millones de hectáreas quemadas en tantos años del masismo codicioso y sórdido.
Y Cochabamba se llevará la flor de la discordia porque el alcalde electo dudosamente podrá ponerse de acuerdo con el nuevo gobernador (al momento de escribir este artículo el conteo rápido le dio la victoria al candidato evista Leonardo Loza).
¿Recordarán los cochabambinos cómo ardió el parque Tunari hace pocos años y la indolencia del gobernador de turno al no enviar un helicóptero para apagar esos incendios provocados? Pues en 2026 no será más de lo mismo, sino peor. Y las excusas pasarán desde “no hay presupuesto para combustible”, hasta imbecilidades como que esos sitios serán saneados para que se conviertan en tierras agrícolas y luego en futuros lotes.
Ni qué pensar del Chapare. Tierra del fugado. Imaginen, cochabambinos, a este tipejo, convertido en secretario general de la Gobernación. Imaginen a un Loza títere en sus manos, haciendo lo que su jefazo quiere que se haga.
¿Y qué sucederá con Rodrigo Paz que está buscando restaurar al país quebrado por el masismo y perforado por el narcotráfico?
Como dice el periodista de investigación Mauricio Porras “el daño político ya está hecho".
Rodrigo Paz apostó a construir poder, pero ignoró un principio básico: ningún proyecto político sobrevive cuando la gestión económica golpea directamente la vida cotidiana de la gente, y peor aun cuando no hay una explicación clara y coherente desde quienes deben darla.
El resultado es duro, muy duro. Le pasó la factura, aunque públicamente no lo admita”.
Rodrigo Paz se equivoca cuando trata de negociar, con los sectores sociales, para que el país no le estalle en las manos. Se equivocó al apadrinar a candidatos a gobernadores y a alcaldes, porque no consiguieron lo que supuestamente el padrino les iba a dar: votos seguros para conseguir al menos un concejal. Y se equivoca cuando permite que su ministra de salud, Marcela Flores, nombre como director de la Caja Nacional de Salud al dirigente minero Whodin Caracila Andia.
Esta decisión parece continuar con las viejas mañas del masismo, de regalar puestitos a diestra y siniestra.
Estos equívocos le están pasando factura al país.
La jornada del 22 de marzo no dejó una lección democrática, sino una advertencia: cuando el voto se convierte en confusión, la política en simulacro y la gestión en reparto de favores, lo que se elige no es un mejor destino, sino una administración más prolija del desastre.
Bolivia no necesita más padrinos, más operadores ni más reciclaje de ruinas con siglas renovadas. Necesita autoridad, claridad y coraje para desmontar la herencia tóxica del masismo, no para convivir con ella. Porque si el poder sigue negociándose entre ineptos, cómplices y oportunistas, entonces lo ocurrido no fue una elección subnacional: fue otro ensayo general del colapso nacional.
Mónica Briançon Messinger es periodista.
El presente artículo de opinión es de responsabilidad de la autora y no representa necesariamente la línea editorial de Datápolis.bo.
