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ace 20 años, un 1º de mayo, hubo un desmedido uso de fuerza militar en la Feria Internacional de Cochabamba. Efectivos militares, siguiendo las órdenes del jefazo, precintaron el stand de Petrobras, a título de “recuperación de la propiedad y control total de los recursos para el Estado”. En este caso de los hidrocarburos.

Los visitantes de la feria quedaron estupefactos porque los militares estaban armados, con cara de pocos amigos, junto a una amenaza velada de “ni te acerques al stand”.

Por su parte el jefazo, se ufanó en Palacio Quemado de su hazaña. Creyó su cuento. Y durante 20 años vivimos en un desastre llamado “capitalismo andino amazónico para vivir bien”.

Fue una mentira gigante. No hubo tal nacionalización, sino pagos millonarios a las empresas extranjeras que invirtieron en Bolivia. Se pagó más de $us 1.238 millones en indemnizaciones por nacionalizaciones.

El modelo estatista concentró poder y expulsó inversión. Durante el auge del gas, se ocultó la ausencia de exploración. Hoy, los datos son lapidarios: las reservas de gas cayeron más del 50% y la producción se redujo cerca del 44%. Bolivia perdió mercados estratégicos como Brasil y Argentina, y abandonó proyectos de exportación que habrían generado miles de millones de dólares.

Bolivia pasó de exportar gas a importar combustibles. Se destruyó valor, se consumió la bonanza sin reinversión y se hipotecó el futuro energético. Supongo que ahora el presidente Paz Pereira intentará algo mixto, para recuperar al enfermo mortal, llamado Yacimientos Petrolíferos Fiscales Bolivianos. Pero se enfrenta a la falta de diesel, a la gasolina en mal estado y a la entidad estatal hecha bolsa.

Curiosamente el problema de la "gasolina desestabilizada" surgió poco después de que a mediados de diciembre el Gobierno retiró la subvención a los combustibles, que estuvo vigente durante más de 20 años.

El subsidio que ahora lloran haberlo perdido, quienes mamaron de la teta del Estado, como los mineros cooperativistas, los sindicatos de transporte, el narcotráfico que usa combustible como precursor, entre otras “corporaciones”, llegó a los $us 9.000 millones.

La subvención provoca cáncer institucional. Así como el rentismo y cualquier otra estupidez como la bolivianización de la economía, que se creó bajo el eslogan de “recuperar la dignidad nacional”.

Toda esta porquería masista ha servido para que, dos décadas después, paguemos la factura más cara de la historia boliviana.

20 años después estamos aquí, pidiendo recetas prestadas al Harvard Growth Lab para mejorar este guiso que es incomible, cocinando por una empresa que se convirtió en una importadora de hidrocarburos de 8000 empleados, donde ninguna de las grandes mentes quiere trabajar, menos sentarse en el asiento de CEO. De hecho, ¿alguien con sensatez querría trabajar en un Estado azulino a pesar de sus logros profesionales?

20 años después, el causante de esta debacle, se pasea libre y campante, ahora que su pupilo es el nuevo gobernador del departamento que acoge a las 6 federaciones. Habrá que ver cuánto le dura el cargo antes que el jefazo lo acuse de “traidor” y sus vasallos rabiosos, inunden las redes con hostilidad, como lo hicieron con Arce.

20 años después, desfalcados por una de las peores políticas económicas, que se comió los dólares y el oro, hoy, sigues haciendo fila, pensando que viviste en una burbuja de 3.72 el litro y que nunca te quejaste, pero hoy, la factura ha llegado.

Curiosamente, 20 años después, en este glorioso primero de mayo, las bases seguramente pedirán un incremento del 20% y una serie de ítems en su pliego, en un país, donde más del 80% malvive como emprendedor informal a la fuerza, y mira de palco, a los que tienen inamovilidad laboral, contratos de por vida o asignación por comisión, como “representantes del pueblo”.

Estamos jodidos, y lo vamos a pagar en cuotas.

Mónica Briançon Messinger es periodista.

El presente artículo de opinión es de responsabilidad de la autora y no representa necesariamente la línea editorial de Datápolis.bo.