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Desbloquean un sector paceño”, narra el informativo desde la tele de la pensión. Y cerca de mi mesa, una chica anuncia a sus abuelos que ha sido seleccionada para cantar en el coro de su colegio. Cantará cinco canciones el próximo 27 de mayo.

“Soy soprano”, les cuenta orgullosa. La escuchan con calma, mientras en la tele escuchamos ecos de dinamitazos y la voz de un policía de alto rango, explicando al periodista que “los efectivos se han replegado, luego de crear un corredor humanitario para dejar pasar a las ambulancias y camiones con oxígeno”.

La charla continúa ahí cerca. “¿Sabes qué sopranos muy famosas? Pregunta el abu. Una fue María Callas, otra Montserrat Caballé, pero la que más me gusta, es Kiri Te Kanawa. Ojo, lo más importante para cantar no es la voz, sino saber mucho la historia para poder interpretar correctamente lo que cantas. Si no sabes qué dice la letra, entonces no cantas bien”. Le expuso el abuelo al ritmo del almuerzo.

Mientras tanto, el informativo seguía escupiendo hechos que hacen a la historia reciente de Bolivia, plagada, estos días, por furiosos bloqueos en varias zonas del país.

Los de la mesa ignoran olímpicamente al informativo. El entusiasmo de la joven soprano es tal, que obvia a la pantalla que modela a su historia y a su realidad.

Ella actúa desde su presente y su futuro, donde los bloqueos suceden en segundo plano, afectan pero no disminuyen su entusiasmo. Ella y sus abuelos son clase media, sin afiliación sindical, sin dolor o color político. Los abuelos, tal vez, vivan de una renta “digna”, o de rentas propias.

Me seduce unirme al almuerzo y dilucidar sobre ópera. Hasta imagino crear una ópera boliviana que se llame “La Tiranía del bloqueo”, con el argumento central de esa Bolivia, del eterno bloqueo, del conflicto sin fin. Protagonistas: los pagados para bloquear, para saquear y para convertir a la coca en harina blanca. Del otro lado: los que quieren vivir en paz, procurando el pan diario y el buen descanso.

La ópera representaría eso: Las dos Bolivias viviendo en un círculo eterno de bloqueo tras bloqueo.

La joven soprano podría interpretar un aria dolorosa. Del tipo Lamento Boliviano. Y el coro cantaría algún consabido estribillo, del tipo “que renuncie, que renuncie”, aunque nunca sepa por qué pide eso.

La ópera sería de la historia conflictiva. Del motor de destrucción impulsado por Evo Morales y sus secuaces, que no solucionó nada en sus 14 años de absolutismo, con más de un centenar de muertos, dos reelecciones inconstitucionales, y centenares de presos políticos.

La segunda parte estaría protagonizada por los alumnos de Morales. Los que han aprendido que el conflicto es una poderosa herramienta para doblarle la mano a quien gobierne. Son los vivillos que, financiados por oscuros intereses, bloquean, golpean y jaquean a Bolivia.

El final lo llevaría la voz cantante de la soprano quien, cansada de no poder vivir en paz, decidiría largarse al saber del inaceptable genocidio por envenenamiento con mercurio de niños/as y de pueblos indígenas a manos de mineros auríferos, que no pagan impuestos, que tampoco pagan las cuotas a la Caja de Salud y están vinculados a crímenes y violencias.

Se iría porque nadie detiene la deforestación, la destrucción de bosques llenos de vida, de sitios arqueológicos, pueblos, caminos, hospitales, puentes, que tanto nos cuesta construir o conservar.

Porque así terminan las óperas. Con finales trágicos. Aunque en este caso, si bien la protagonista se salva, lo que se quedan terminan como siempre: jodidos, llenos de deudas y abatidos por los mafiosos.

Mónica Briançon Messinger es periodista.

El presente artículo de opinión es de responsabilidad de la autora y no representa necesariamente la línea editorial de Datápolis.bo.