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na persona zen vive enfocada en el presente, acepta las cosas como son y mantiene la calma incluso frente a situaciones difíciles. La definición encaja con la respuesta de Fernando Cerimedo en la plataforma X, cuando defiende la pasividad de su cliente, el presidente Paz Pereira, frente a la crisis nacional: “paciencia”.

Mientras se intentaba abrir un “corredor humanitario” y desbloquear la ruta entre La Paz y Oruro, el presidente afirmaba en una entrevista con TN de Argentina que ese fin de semana sería “muy importante para consensuar criterios con los manifestantes”. Ni la apertura de la carretera ni la reunión prevista con la CSTUB prosperaron.

Días después, entrevistado por Fernando del Rincón en CNN, Paz Pereira insistía en que buscaba “generar una línea de comprensión entre todos los sectores” y aseguraba que la situación podría distenderse en “unas horas o días más”. Otra vez, el mensaje presidencial transmitía serenidad y expectativa justo cuando la crisis comenzaba a desbordar ambas.

La intención de “generar una línea de comprensión entre todos los sectores” se asemeja a la búsqueda de una teoría unificadora en las ciencias exactas: un conjunto de principios que intenta explicar la realidad en su totalidad. El problema es que esa lógica abstracta choca con la dinámica cambiante de la calle y con una crisis que evoluciona más rápido que las definiciones oficiales.

Y allí es donde las disonancias entre la calle y las apreciaciones del presidente resquebrajan la disciplina de la práctica contemplativa. En una entrevista con Eduardo Feinman de Argentina este jueves 28 el presidente reiteró su idea de que el país no está convulsionado: solo la parte occidental lo está. Y a partir de esa definición de dos países, repitió su discurso sobre patria, democracia, dialogo y terrorismo. También volvió sobre la idea de lo que está por nacer —ese país que quiere construir— y de aquello que todavía no termina de enterrarse.

Cuando la realidad amenaza con quebrar esa disciplina contemplativa, la respuesta del gobierno no es la acción política, sino denunciar a “las redes” e intentar controlar el relato. En medio de la creciente conflictividad social, el Ejecutivo abrió además un nuevo frente de tensión al advertir posibles acciones contra medios que difundan desinformación sobre la crisis. Según el canciller, se busca establecer responsabilidades sobre información no verificada.

A diferencia de otras iniciativas oficiales durante la crisis, esta advertencia parece haber tenido efectos inmediatos. Gran parte del debate público volvió rápidamente a repetir los argumentos presidenciales ya conocidos: los veinte años previos, el deterioro institucional, el carácter desestabilizador del evismo y el inventario habitual de culpas de los “otros”.

Encuadrado en esa lectura de la realidad, el presidente proyecta un futuro promisorio —fiel a la lógica de las creencias que trascienden las dificultades cotidianas— y asegura gobernar con “la verdad”. Establecido ese lineamiento moral, se apropia de las proyecciones optimistas sobre las exportaciones de este año, que podrían superar incluso las de 2014. Sin embargo, omite que buena parte de ese resultado responde al incremento internacional de los precios de minerales y commodities que exporta el país; variables determinadas mucho más por el contexto internacional que por cualquier política gubernamental.

Un componente importante de ese futuro promisorio fue la convocatoria a la Comisión Económica y Social reunida hace días. Sin embargo, más revelador aún fue que la reunión paralela impulsada desde la vicepresidencia pareciera haber concentrado mayor representación y expectativas de resultados. El episodio volvió a exhibir el carácter bicéfalo del poder: dos diagnósticos, dos espacios de articulación y, en el fondo, dos maneras distintas de interpretar el país.

En “La República”, Platón imaginaba una sociedad armónica gobernada por filósofos capaces de contemplar el bien común por encima de las pasiones y urgencias de la multitud. La serenidad del gobernante no era, sin embargo, sinónimo de pasividad, sino una condición para actuar con justicia y preservar el orden. Precisamente en esa preservación del orden radica la diferencia entre el bien común y la contemplación destinada únicamente a garantizar la supervivencia política del gobernante.

Maquiavelo advertía siglos después que “quien tolera el desorden para evitar la guerra, tiene primero el desorden y después la guerra”. Entre el ideal platónico del gobernante sabio y el pragmatismo descarnado del florentino, el presidente Paz Pereira parece haber quedado atrapado entre una versión del poder que privilegia la paciencia, los discursos, las explicaciones y las proyecciones futuras mientras el país se vuelve más fragmentado, más impaciente y menos dispuesto a aceptar que la crisis pueda administrarse indefinidamente desde una contemplación que paraliza al poder.

José Luis Contreras Cabezas es economista experto en seguros, gestión empresarial, inversiones y estrategia.

El presente artículo de opinión es de responsabilidad del autor y no representa necesariamente la línea editorial de Datápolis.bo.