
ué curioso el mundo que nos toca vivir. En las últimas semanas, hemos visto la irrupción de una nueva tribu urbana llamada “therians”: jóvenes que se autoperciben como canes, zorros y gatos. Ellos sienten una identificación interna, profunda y no voluntaria con un animal. Pero como vivimos en Bolivia, el país del surrealismo mágico, es justo que hagamos un ejercicio de memoria para ver que este tema no es tan nuevo que digamos. Así que, hablemos de animales.
Resulta que hemos sido gobernados por un mono, no una, ni dos, ni tres, sino cuatro veces. Asimismo, hemos estado gobernados por un gallo (que salió tercero en la elección general, y terminó cacareando con la banda presidencial impuesta en su pecho). También tuvimos a un conejo, que resultó ser el paladín de la democracia, después de tanto gorila en los gobiernos militares. El mundillo de la política también nos trajo a un zorro, a un chulupi, y a un cóndor (Mallku).
Entonces resulta chocante que, hoy, muchas personas se escandalizan por los therians, cuando hemos vivido décadas con ovejas que han seguido ciegamente a un lobo azul, sin contar a la enorme cantidad de serpientes que han estado en tantos cargos públicos y ni qué decir de las babosas que se han arrastrado cambiando de partido político, sólo por el hecho de tener algo de poder.
De ahí que escandalizarse por los therians es una hipocresía, cuando bien sabemos que los cerdos, que abundan en el mundo laboral del “funcionario público”, están muy felices revolcándose en el fango de la burocracia, recibiendo su jugoso salario cada fin de mes.
Me encantaría que tú te escandalices por los verdaderos therians. Por los osos jukumari, que escasean en el país y que lo único que puedes ver de ellos, es una escabrosa escultura, hecha de madera quemada, al ingreso de la mal bautizada Capital de las Flores, conocida como Tiquipaya.
Ni qué decir de pumas y jaguares que terminan siendo depredados porque en China, al parecer, la virilidad no les alcanza para más y quieren consumir los colmillos de estos felinos. Y pasa lo mismo con los machitos locales, que cortan colas de zorro, o licuan ranas y sapos, porque su soldado ya no se pone firme. O de cóndores que son envenenados porque “se comen a las ovejas”, o de inescrupulosos que usan a cuerpos de quirquinchos como matracas, para el famoso “patrimonio intangible de la humanidad”.
Hay que indignarse con la nueva orden, proveniente de salas ministeriales, que ahora pide callar a los guardaparques quienes están prohibidos de denunciar que continúa la minería y caza ilegal en las reservas naturales. Ellos dicen que la orden viene “porque se debe salvaguardar la imagen institucional del nuevo gobierno”.
Que te indigne que unos chicos usen máscaras de perros, en un país donde hay más de 400 mil perros abandonados, es irónico. Especialmente porque los perros abandonados son producto de delincuentes, que, por ganarse dos pesos, roban perros de “raza”, los hacen cruzar y las crías terminan, ilegalmente, vendidas a gente estúpida que quiere “cachorritos de raza”.
Tú te indignas por esta nueva tribu urbana, cuando a tu lado y en tu cuadra existe tanta miseria. Tantos perritos callejeros que podrías adoptar y ayudar.
Allí tienes verdaderos therians que necesitan tu ayuda.
Así que, ojo con lo que te estás indignando hoy.
Mónica Briançon Messinger es periodista.
El presente artículo de opinión es de responsabilidad de la autora y no representa necesariamente la línea editorial de Datápolis.bo.
