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E

n la historia de la humanidad, el miedo ha jugado un papel estelar influyendo en el comportamiento de las personas y de los estados, ha servido y sirve para controlar a comunidades íntegras, justificando y reconfigurando el poder político y económico.

El miedo amañado suele ser muy eficiente en la política, permite la toma tramposa del poder, ganar elecciones arrinconando al ciudadano en temores ficticios, destroza o encumbra, afecta dignidades o socapa canallas, alimenta ilusiones colectivas y desarma voluntades, nunca es neutro, el miedo, decía Nietzsche, es “la base afectiva sobre la que se construyen la moral, la religión y el poder” que, en correspondencia con intereses inescrupulosos, manipula a los pueblos.

En el siglo XXI el miedo ha sido instrumentalizado por los regímenes neopopulistas autoritarios para imponer sus designios y su máxima expresión, el terror, ha sido impulsado desde las estructuras estatales.

Bolivia, no ha sido ni es extraña a estas practicas, en las dos décadas de gobiernos del MAS, la persecución, el apresamiento, el asesinato del diferente, la instalación de la diada amigo enemigo, fueron los mecanismos preferidos para promover el terror en la ciudadanía, con lo que se cercenó toda capacidad de reacción rebelde.

Con el advenimiento del nuevo gobierno, la esperanza de un profundo cambio fue desarmada por los titulares del poder político, que lejos de abandonar la estrategia del miedo, la reprodujeron recurriendo a la conocida frase de “Se viene el lobo”.

Esta advertencia, en lugar de otorgar seguridad a los ciudadanos, transmitió miedos favorecedores de una subsistencia inestable y lo poco que se ha decidido, al no tener sostenibilidad en el tiempo, contribuye a pronunciarlo, nadie vive tranquilo con el tipo de cambio del dólar ni con la permanente inestabilidad en los precios de los hidrocarburos, ni con los sicarios que siguen operando en diversos puntos del país debido a la creciente presencia de grupos delincuenciales vinculados al narcotráfico y al terrorismo, ni con las denuncias no esclarecidas del manejo corrupto del poder, la lista es larguísima, en estas condiciones vivir en paz y sin temores, es imposible.

No se vislumbra el fin de la estrategia del miedo, sus efectos son diversos. En las redes sociales, abundan las críticas inocuas, suponen sus autores que subir el tono de lo adjetivo es suficiente, con ello descargan su conciencia.

El miedo también puede derivar en cobardía conformista con el argumento despreciable “dejen no más las cosas así, para qué alborotar el avispero”, en su confort, estos miedosos viven medrando de los beneficios obtenidos y no importa que se caiga el mundo mientras ellos no sean tocados.

Por su lado, los abúlicos, que han perdido toda voluntad e iniciativa para impedir que pase lo que está pasando, terminan favoreciendo el engorde del ejército de los intrascendentes, que se han autoconvencido de que hagan lo que hagan no servirá pues su peso es insignificante, no se percatan de que su inacción nutre a los promotores del miedo.

De este modo, el miedo reduce al ser humano a posturas acríticas y permite solo ver amenazas, desprotección y hombres vulnerables, incapacitados de reflexionar y asumir deberes, entonces buscan a un salvador a quien le transfieren todo el peso de resolver los problemas, mientras los más sensibles dedican su tiempo a buscar chivos expiatorios polarizando con fantasmas, identificando dicotomías entre culpables e inocentes, impolutos y corruptos, el yo frente a los despreciables ustedes, negacionistas y afirmacionistas que se trenzan en pugnas incomprensibles, reduciendo su norte a encontrar en el otro el defecto.

El miedo que está vinculado a la sumisión, puede, sin embargo, ser el mecanismo de reacción y poner un límite a las injusticias y abusos, rebelándose en contra del poder del terror.

Este cambio no es automático, requiere de protagonistas cohesionados en propósitos comunes que impulsen la estructuración del nuevo edificio. Dicho de otro modo, se requiere de partidos o movimientos políticos y de conductores que siguiendo una causa ofrezcan una alternativa de poder.

El miedo será derrotado cuando en su lugar se instale la indignación y los ciudadanos colectiva e individualmente digan se acabó.

Germán Gutiérrez Gantier es abogado y político.

El presente artículo de opinión es de responsabilidad del autor y no representa necesariamente la línea editorial de Datápolis.bo.