
espionaje tiene una larga data, no es reciente.
Sun Tzu en su popular obra El arte de la guerra afirma: “Quien conoce al enemigo y se conoce a sí mismo no correrá peligro en cien combates”, para ello es necesario el espía, tiene claridad del rol que debe jugar y de su razón de ser.
Es en el siglo XX que el espía adquiere una importancia mayor para los estados que conforman agencias especializadas, el estallido de la Segunda Guerra Mundial y la instalación de la Guerra Fría, favorecen su existencia.
La IA define al espía como una “persona que observa, escucha o investiga de forma secreta y disimulada para obtener información confidencial, militar, política o empresarial y transmitirla a quien tenga interés en ella.”
En consecuencia, su tarea principal es recopilar información confidencial para entregarla a alguien con el fin de lograr una ventaja, sin seguir procedimientos normales. Estos personajes, cumplen su función con regulaciones directas o indirectas que justifican su accionar.
Su existencia ha inspirado una abundante producción literaria y cinematográfica, que ha dado lugar a emblemáticos personajes como James Bond Agente Secreto 007 con licencia para matar, el monumental Maxwell Smart el Agente 86 o Austin Powers, entre otros. Ellos han servido para ablandar la imagen y actividad de lo que en realidad hace un verdadero espía.
En diversos periodos y coyunturas, los espías han influido en el devenir del mundo, sus historias son heroicas, viles o dramáticas, dependiendo de quien fue el beneficiado o perjudicado por sus aventuras.
Los espías de carne y hueso tienen facultades establecidas que están sometidas a la realidad y a códigos propios, su campo de acción esta limitado a ciertos rubros, aunque no siempre son cumplidos, su actividad esta caracterizada por excesos que son encubiertos por los propios órganos a los que pertenecen.
Meterse en temas reservados, parece ser parte de la naturaleza del ser humano, no es necesario ser espía para cumplir tareas con disimulo o secreto. Su práctica no especializada es parte de la vida cotidiana a través del chisme, con efectos que van desde los más dramáticos hasta los más cómicos.
La linea divisoria entre chisme y espionaje es difusa cuando quienes lo impulsan son seres instintivos. Que un ciudadano imprudente pase información a otro de las aventuras pecaminosas de su cónyuge porque es un aficionado de la comidilla vaya y pase, pero que un gobernante sea grabado o filmado en secreto y sus imágenes o palabras difundidas sin seguir protocolos por personas no autorizadas, es un acto de espionaje que debería ser cuando menos investigado y en su caso sancionado.
No se trata de ocultar información, ni encubrir los yerros o eventuales infracciones gubernamentales, se trata de darle un tratamiento responsable en busca de la verdad, alejada del chisme, la especulación o la ganancia política menuda. La función pública al tener pocos espacios de intimidad o resguardo de la privacidad, debe ser conducida con prudencia y consideración, en la medida que los gobernantes están sometidos al escrutinio público de manera permanente, se debe regularse la grabación o filmación de sus actividades y su difusión ser autorizada por un órgano competente y de manera oportuna.
Los casos Marset y Mariaca, son producto del espionaje por órganos especializados, que no dieron parte de su accionar a instancias estatales y, con mayor razón, al´público, porque la delincuencia organizada penetró el aparato del estado tan profundamente que hubiese sido imposible operar con la detención de ambos y develar su estructura delincuencial. Una difusión previa habría dado lugar a un fiasco.
Aún no sabemos cómo se afectará a la policía, al parlamento, a ciertos niveles de los órganos ejecutivo y judicial, a organizaciones sociales y territorios donde no tiene presencia el estado, debido a que sobre todos ellos pesan graves acusaciones que deben ser dilucidas a la brevedad con la información reservada que ha sido acumulada en el tiempo y que no puede quedar en la reserva permanente.
No corresponde, que los gobernantes incrementen la incertidumbre e inestabilidad política como lo hace el vicepresidente que usa información de espías, chismosos o personajes descalificados para llevar agua a su molino o las denuncias del viceministro de Régimen Interior que afirma que el narcoterrorismo tiene una bancada parlamentaria sin identificar a los involucrados ni abrir una investigación oficial.
Insistir en transmitir información de espías o chismosos indiscriminadamente, obliga a las autoridades a explicar de dónde proviene, quiénes son los que la proporcionan, a quién obedecen y cuál su propósito.
Basta de jugar con la información que manejan los gobernantes, que al no ser procesada como corresponde la están convirtiendo en chisme espurio, que pone en peligro la democracia misma.
Se ha dicho mucho y avanzado poco, es hora de poner las cosas en su lugar.
Germán Gutiérrez Gantier es abogado y político.
El presente artículo de opinión es de responsabilidad del autor y no representa necesariamente la línea editorial de Datápolis.bo.
