
n anteriores artículos hemos escrito sobre algunos temas que muestran la importancia de Tiwanacu como gran civilización e imperio (como cultura existió durante los siglos IV a.C al siglo V d.C y como imperio del siglo V d.C al XII d.C), pero esto no es reconocido por varios académicos del mundo.
Desde hace décadas se difunde una literatura perniciosa sobre Tiwanacu con interpretaciones parciales, superficiales y especulativas. El objetivo de esta literatura es reducir su importancia —en muchos casos frente a otros imperios— y a deformar sus características. Para varios Tiwanacu no podría alcanzar la dimensión de una gran sociedad y menos de un imperio.
Uno de los primeros en efectuar una reducción de la grandeza de Tiwanacu fue el arqueólogo estadounidense Wendel N. Bennet (1949). Este arqueólogo, luego de algunas excavaciones parciales en los años 30 llegó a la conclusión de que Tiwanacu era simplemente un “santuario” y un “centro ceremonial”, caracterizado por un conjunto de templos en su sede del altiplano actualmente boliviano dedicados a la adoración de los dioses andinos de la época. Este “enfoque religioso” plantea que los habitantes habrían simplemente difundido sus creencias religiosas durante varios siglos por el amplio territorio que luego fue Bolivia, Perú y norte de Argentina y Chile. El motivo de la propagación de las creencias no habría sido la voluntad de expansión militar y conquista de nuevos territorios por una nobleza orgullosa y un Estado poderoso.
Otra función de esta ciudad sería congregar periódicamente a los creyentes diseminados en las diferentes regiones de los Andes para celebrar sus festividades. En cuanto a la presencia de símbolos religiosos y arquitectónicos en la capital y en varias y lejanas regiones andinas, se trataría simplemente de la difusión por los migrantes provenientes de su capital central.
Por otra parte, Bennet no dice nada sobre el significado de las imágenes de los emperadores y jefes conquistadores y militares en la cerámica y vasijas encontradas tanto en la capital como en los poblados de los territorios conquistados. Tampoco dice nada —entre varios otros temas— sobre la intensa producción minera y metalúrgica del bronce y su significado tanto en la capital imperial como en varias otras ciudades de Tiwanacu dispersas en los Andes.
También existe la interpretación de Tiwanacu, como “centro comercial” formulada por David L Browman (1978, 1981). Este arqueólogo estadounidense consideraba que Tiwanacu ejercía en la región altiplánica solo un papel de “centro de intercambios comerciales”, especializado en importar materias primas de diferentes lugares, de transformarlas y de exportarlas posteriormente como bienes elaborados.
Se trata de otra interpretación que “reduce” Tiwanacu solo al comercio y en esta operación elimina otras actividades como las funciones del gobierno, del poder político, de la coordinación de la administración central, regional y local. Asímismo, olvida la existencia de las familias grandes de la nobleza y de los pequeños campesinos, de la producción agrícola y minera, de la metalurgia, del ejército y de las campañas militares en las periferias del territorio. La amputación de Browman deja varias interrogantes, como ser ¿cómo podían desplazarse los comerciantes a través de una región tan extensa sin contar con una fuerza armada de defensa y de protección; ¿cómo podía existir tal sistema de producción, de circulación y de intercambios sin un gigantesco sistema central de regulación y de control?
Otro arqueólogo, Guillermo Lumbreras, peruano (1972, 1974), trata igualmente de disminuir la grandeza de Tiwanacu mediante una serie de divagaciones y especulaciones. Lumbreras afirma que Tiwanacu no llegó a constituir un gran imperio, sino simplemente “un estado expansivo con dominio sobre muchos territorios, pero “sobre todo un estado colonizador más que uno de carácter imperialista”. Los pobladores de Tiwanacu serían “simplemente colonizadores no con el objeto de someter a los habitantes de otros territorios” sino para “explotar ellos mismos las tierras y obtener los productos que no existían en el altiplano”. Tiwanacu sería entonces solo una gran metrópoli con otras ciudades menores dispersas alrededor del lago “Titikaka” y con una infinidad de enclaves dispersos en la costa cerca del mar donde la población podía obtener peces, maíz, legumbres y otros alimentos que no existían en el altiplano. Para Lumbreras esta sería la diferencia entre un estado colonizador y un estado conquistador, “como lo fue el estado InKa más tarde”,
Fiel a su pensamiento, Lumbreras hizo borrar la imagen de Tiwanacu del mural de los imperios andinos del Museo de Lima. La Sociedad de Arqueólogos del Perú no aprobó esta iniciativa (Patricia Chirinos, arqueóloga 2006).
Posteriormente, después del año 2015, las máximas autoridades de la Universidad Mayor de San Andrés (UMSA) de La Paz, por ignorancia ciertamente, lo designaron “Doctor Honoris Causa” de la Universidad.
El arqueólogo boliviano Carlos Ponce Sanjinés realizó varias y extensas excavaciones en la sede principal de Tiwanacu, su obra principal, así como en lugares alrededor del lago Titicaca. Estos trabajos no pudieron ser concluidos —la pirámide de Akapana, los edificios de Puma Punku, etc. Las excavaciones de Ponce revelaron muchas partes visibles de la grandeza del imperio, sin embargo, falta mucho por hacer, incluyendo las interpretaciones y otras.
Ahora es tiempo de reflexionar y preguntarse ¿Por qué el reduccionismo del gran imperio de Tiwanacu? ¿Por qué incluso los académicos bolivianos no prestan importancia a este gran imperio que fue el más avanzado de América desde el punto de vista económico, social y tecnológico?
En cuanto a los bolivianos creemos que existe más de una razón que explica su afán de reducir la importancia de este imperio. Una de ellas puede estar en que muchos han sido víctimas subordinadas de los enfoques provenientes del exterior. Otra puede ser el deseo de ser considerados “teóricos originales” de esta sociedad. Estos últimos, algunos autoridades de universidades y facultades, tienen sobre todo una razón política para formular propuestas que si bien contribuyen a su poder político, no contribuyen a la ciencia.
En cuanto a los extranjeros, surgidos varios a mediados del siglo pasado, tratan sobre todo de popularizar sus creencias filosóficas, políticas y religiosas, como en el caso de Bennet.
Bernardo Corro Barrientos es economista y antropólogo.
El presente artículo de opinión es de responsabilidad del autor y no representa necesariamente la línea editorial de Datápolis.bo.
