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E

l Carnaval es exceso y desenfreno. Es el momento de la suspensión del orden, de las convencionalidades y de las llamadas buenas costumbres. Sus raíces se hunden en antiguas celebraciones grecorromanas, marcadas por la inversión de roles y la algarabía festiva. En la tradición católica, representa el último gesto de goce antes de la Cuaresma, el ayuno y la penitencia. Por eso aparecen las máscaras, el anonimato, el juego de identidades: morenos, diablos, pepinos.

Un ingrediente esencial del Carnaval boliviano son las coplas, reflejo irreverente de la bolivianidad. Tradicionales en los valles, pero extendidas a lo largo del país, estas composiciones de rima sencilla combinan picardía, humor, poesía y una dosis generosa de atrevimiento.

Algunas juegan abiertamente con el doble sentido: “Si tú me das naranjita, yo te doy mi duraznito; si tú me das la papaya, yo te doy mi platanito.” Otras se burlan sin pudor de la vida en pareja: “Cuando yo era solterito, no sabía qué es sufrir; ahora que ya soy casado, ya no puedo ni dormir.”

Las hay mordaces, crueles, incómodas, incluso censurables. Coplas que hoy serían etiquetadas —no sin razón— como sexistas, machistas, clasistas o políticamente incorrectas. Y, como no podía ser de otra manera en Bolivia, también abundan las de contenido político, donde la sátira se mezcla con la coyuntura y el ingenio popular se convierte en comentario social.

En cualquier otro contexto, muchas de estas rimas serían motivo de escándalo. Lo mismo ocurre con varias canciones infaltables en estas fechas, cuyas letras difícilmente sobrevivirían al escrutinio cotidiano. Sin embargo, el Carnaval opera bajo una lógica distinta, casi ritual: la licencia temporal del exceso, la ironía, la burla, la exageración.

Porque el Carnaval, en el fondo, es eso: un territorio de humor, desorden y catarsis colectiva. Un espacio donde la máscara no solo oculta, sino que permite decir, reír, provocar y desdramatizar. Todos conocemos sus códigos, sus excesos y sus límites implícitos.

Y aunque no todo lo que allí se canta resiste la mirada crítica contemporánea, también es cierto que la fiesta nunca ha sido un ejercicio de corrección política, sino de desahogo social.

Al final, lo sabemos: es Carnaval. Y precisamente por eso, carnavaleemos.

Dino Palacios es ciudadano.

El presente artículo de opinión es de responsabilidad del autor y no representa necesariamente la línea editorial de Datápolis.bo.