
a Selección Boliviana de fútbol se encuentra en un punto de inflexión histórico. El repechaje frente a Surinam, a disputarse el 26 de marzo en Monterrey, no es únicamente un partido: es la antesala de una posible clasificación al Mundial 2026, un escenario que se ha convertido en quimera recurrente para generaciones enteras. En medio de esta coyuntura, la convocatoria de Marcelo Martins Moreno, tras más de dos años de retiro, ha irrumpido como un acontecimiento que mezcla esperanza y escepticismo, ilusión y realismo.
El retorno del máximo goleador histórico de La Verde no es un simple dato anecdótico. Su llegada a Santa Cruz y posterior vinculación con Oriente Petrolero representan un intento de reinserción futbolística, un puente entre la nostalgia y la necesidad. Bolivia, carente de delanteros de área eficaces, ha visto en Martins un salvavidas, un recurso de emergencia para suplir la anemia ofensiva que caracteriza al balompié nacional. Sin embargo, la ecuación entre pasado glorioso y presente competitivo no siempre arroja resultados favorables.
Martins es, sin duda, un referente ineludible. Su trayectoria internacional, su efectividad goleadora y su calidad humana lo han convertido en parte indeleble de la historia deportiva del país. Es símbolo y estandarte, un jugador cuya impronta trasciende las estadísticas. Pero la veneración no debe confundirse con pragmatismo: el fútbol de élite exige más que voluntad, más que patriotismo, más que la nostalgia de un ídolo. La edad y el tiempo de inactividad son factores que, por más que se intenten maquillar, pesan como losa en el rendimiento competitivo.
La analogía es clara: pretender que Martins sea la solución inmediata es como confiar en que un reloj antiguo, por más valioso y simbólico que sea, marque la hora exacta en medio de una tormenta tecnológica. Su aporte puede ser moral, puede ser inspirador, puede incluso contagiar disciplina y liderazgo; pero la exigencia de un repechaje mundialista demanda velocidad, resistencia y precisión, atributos que difícilmente se recuperan tras un prolongado retiro.
No obstante, sería injusto reducir su regreso a un mero acto de romanticismo deportivo. Martins ha demostrado voluntad férrea, un deseo genuino de contribuir, de ponerse nuevamente la camiseta nacional y asumir el rol de guía. Esa actitud, aunque insuficiente en términos físicos, puede ser catalizadora de un espíritu colectivo que Bolivia necesita con urgencia. El fútbol, al fin y al cabo, no se juega únicamente con músculos: también se disputa con símbolos, con referentes, con la capacidad de creer en lo improbable.
La reflexión final es inevitable: Bolivia debe planificar con rigor, sin caer en la tentación de depositar todas sus esperanzas en un solo hombre. Martins es parte de la historia, pero el futuro exige renovación, exige apostar por jóvenes delanteros que aprendan de su legado y lo transformen en eficacia presente. El repechaje contra Surinam será una prueba de fuego, no solo para el equipo, sino para la capacidad del país de entender que los ídolos iluminan, pero no siempre resuelven. La Verde necesita goles, sí, pero también necesita visión estratégica, trabajo colectivo y una mirada menos nostálgica y más pragmática hacia el porvenir.
El fútbol boliviano, en su conjunto, parece condenado a una involución que trasciende lo meramente deportivo. Siempre a contracorriente, siempre en la senda del lamento, refleja la precariedad de un país que lucha día tras día contra una crisis económica persistente y corrosiva. La carencia de planificación estructural, la ausencia de políticas sostenibles y la improvisación constante han convertido a nuestro balompié en un espejo fiel de la realidad nacional: un terreno donde la esperanza se diluye en la ineficacia, y donde los sueños de grandeza internacional se estrellan contra la crudeza de nuestras limitaciones internas.
¿Cómo aspirar a retos mundiales si no hemos resuelto siquiera nuestras propias contradicciones nacionales? La selección boliviana es metáfora de un país que, sin distinción de clases ni privilegios, sufre las consecuencias de un sistema debilitado. Pretender que La Verde compita en igualdad de condiciones con potencias futbolísticas es tan ilusorio como exigir que un edificio ruinoso soporte el peso de una cúpula dorada. La falta de infraestructura, de inversión, de visión estratégica y de cohesión social se traduce en un fútbol que no progresa, que retrocede, que se convierte en símbolo de nuestra incapacidad de proyectar futuro. El repechaje en Monterrey no solo será un examen deportivo: será también un recordatorio de que los problemas de la cancha son, en esencia, los mismos que aquejan a la nación entera.
El técnico nacional ya cuenta con la nómina completa para el repechaje, y entre los convocados destaca la presencia de Marcelo Martins como la novedad más resonante. Su llegada tardía, tras más de dos años de retiro, plantea interrogantes sobre su estado competitivo, pues aún no ha disputado un solo partido oficial desde su retorno. Sin embargo, la sola inclusión de Martins en la lista ha generado un efecto inmediato: toda la presión de un país ávido de alegrías futbolísticas recae sobre sus espaldas, como si la clasificación al Mundial dependiera exclusivamente de su capacidad de resucitar viejas glorias. La ilusión de romper 32 años de ausencia mundialista se ha depositado en él, en un acto de fe que roza lo irracional.
El resto de los jugadores, como ha sucedido históricamente, quedará liberado de críticas y señalamientos. La presencia de un referente tan marcado funciona como escudo protector: la responsabilidad se concentra en una sola figura, mientras los demás transitan con menor escrutinio. Esta dinámica, aunque comprensible desde la perspectiva emocional de la afición, resulta contraproducente en términos de construcción colectiva. Un equipo que se ampara en un líder único corre el riesgo de olvidar que la clasificación a un Mundial no se logra con un nombre, sino con un engranaje completo. Martins es el estandarte, sí, pero el fútbol exige que todos los convocados asuman su cuota de responsabilidad, sin excusas ni evasivas.
Nos vaya bien o nos vaya mal, Marcelo Martins terminará siendo el paladín o el villano de una historia cuyo desenlace parece forzado. La incapacidad futbolística de unos y la necesidad imperiosa de la dirigencia de alcanzar la clasificación al Mundial 2026 han colocado sobre él un peso desmesurado. Su figura se convierte en símbolo de esperanza y, al mismo tiempo, en blanco de frustraciones, reflejando la paradoja de un país que busca redención deportiva en medio de sus propias carencias estructurales.
Gonzalo Gorritti Robles es periodista deportivo.
El presente artículo de opinión es de responsabilidad del autor y no representa necesariamente la línea editorial de Datápolis.bo.
