
n el lienzo inmarcesible de la realidad paceña, donde la atmósfera parece diluir la osadía del adversario y engrosar el aliento del dueño de casa, The Strongest firmó una gestación de victoria casi epifánica, rompiendo con la parquedad de expectativas y traduciendo en goles —cual letanías de urgencia— su supremacía inaugural en la Copa Libertadores 2026. El estadio Hernando Siles, colmado de sombra y luz en Miraflores, no solo fue escenario, sino protagonista, fragmentando con su geografía la serenidad del Deportivo Táchira y tensionando el aire como se aprieta guturalmente un verso antes de pronunciar su última palabra.
No obstante, la epopeya no se escribió sin resistencia ni contramarea: el cuadro venezolano, cuya estatura continental posee ecos de dignidad y virtud, no se resignó al murmuro de la derrota temprana. Respondió con denuedo cada embate y, tras el primer tanto boliviano, conquistó la paridad que, por momentos, parecía néctar del alba y de la noche al mismo tiempo. Fue un diálogo de opuestos, un duelo de luces y sombras donde el empate —antónimo de la victoria— conspiraba con el triunfo para mantener el alma del juego en perpetua tensión.
Así, a un suspiro de la conclusión, El Tigre volvió a erguirse con furor poético, reivindicando la victoria como si de un derecho ancestral se tratase. No fue una consumación sobria ni un triunfo inadvertido; antes bien, fue la alocución de una tribuna que se niega a callar, una exacta conjunción de rigor y creatividad. En ese segundo tanto, que estableció el 2-1 definitivo, se condensaron la esperanza y la paciencia, los antónimos más caros en la dramaturgia futbolística, traduciéndose en recompensa tangible para quienes entendían que esta Libertadores exigirá mucho más que simple presencia.
Conviene ponderar, además, las ausencias que ensombrecieron la plenitud del once aurinegro: hombres llamados a marcar diferencia quedaron fuera de la disputa por entuertos burocráticos en la habilitación, restando músculo y lirismo a las aspiraciones ofensivas iniciales. Esta carencia no fue una mera nota al pie, sino un eco que atravesó la preparación y puso a prueba la resiliencia del colectivo, obligando a Villegas y a sus dirigidos a conjugar urgencia con mesura en cada estrofa de este estreno continental.
Es en esta victoria donde se revelan las presiones que habitan a The Strongest de 2026: un conjunto que, pese a encarnar la condición de favorito en la balanza de probabilidades, debió bregar con su propio peso histórico y con las circunstancias adversas para transmutar ese favoritismo en tres puntos. No fue, ni mucho menos, un triunfo diáfano; fue un triunfo tallado en la fricción, un triunfo que anuncia, más que clausura, la continuación de una serie que se definirá, como siempre, en el crisol de la altura y en la vehemente geografía del deporte sudamericano.
En la aritmética engañosa del resultado, The Strongest salió indemne de un debut que pudo haber sido más áspero y menos benévolo. El 2-1 final, celebrado como triunfo inaugural, es también un recordatorio incómodo de que el margen fue exiguo y el desarrollo, por momentos, inquietante. El conjunto boliviano ganó, sí, pero lo hizo caminando sobre un hilo tenso, donde cada desacierto podía transformarse en castigo. La victoria fue más indulgente que categórica, más circunstancial que definitiva, dejando la sensación de que el Tigre obtuvo el premio completo pese a no haber monopolizado del todo las certezas del juego.
Nada está cerrado ni mucho menos resuelto. La serie permanece abierta como un libro sin último capítulo, y su desenlace aguarda en tierras venezolanas, cuando The Strongest devuelva la visita en un contexto diametralmente opuesto al de La Paz. Allí, sin la complicidad de la geografía paceña, ni el abrigo de su gente, el equipo aurinegro deberá ratificar con carácter lo que apenas insinuó con resultado. Será en ese escenario donde intente inscribir su nombre en la siguiente instancia del campeonato, comprendiendo que este debut victorioso no fue sentencia, sino apenas un anticipo; no un punto final, sino una pausa breve antes de la verdadera definición continental.
En una lectura casi escolástica del acontecimiento, el debut de The Strongest puede entenderse como un silogismo futbolero de conclusión imperfecta. La premisa mayor era incuestionable: ganar en casa, imponer la localía y construir una ventaja que otorgara sosiego. La premisa menor, sin embargo, fue el resultado mismo, un 2-1 estrecho y laborioso, más cercano a la contingencia que a la demostración. De la tensión entre ambas nace una conclusión contundente: el Tigre cumplió con la lógica del deber, pero no con la contundencia del argumento, dejando abierta la discusión para la revancha en Venezuela.
Participar en la Copa Libertadores se ha convertido, para los clubes bolivianos, en un ejercicio de resistencia más que en una aspiración de grandeza. La distancia con los poderes tradicionales del continente se ensancha con la persistencia de lo inevitable: no solo se trata de resultados adversos, sino de una brecha estructural que atraviesa lo físico, lo técnico y lo táctico, y que se profundiza en lo estratégico y en lo mental. Allí donde otros compiten con planificación y abundancia, Bolivia comparece con esfuerzo y voluntad; donde unos proyectan, otros apenas sobreviven. La Libertadores, antaño promesa de confrontación equitativa, es hoy un espejo incómodo que devuelve una imagen cada vez más lejana de aquellos “grandes” con los que se soñó rivalizar.
El partido de The Strongest ante Táchira, la noche del martes en La Paz, fue una síntesis elocuente de esa realidad: ganar costó más de lo previsto y convencer resultó casi imposible. El triunfo no disimuló las carencias ni clausuró las dudas; apenas las pospuso. Y difícilmente la experiencia de los otros representantes bolivianos difiera demasiado cuando les toque medirse en esta misma escena continental. Ojalá la intuición falle y el pronóstico se equivoque, pero la evidencia insiste con crudeza: para el fútbol boliviano, la Copa Libertadores se parece cada vez menos a una competencia posible y cada vez más a un sueño oneroso, arduo y, en demasiadas ocasiones, inalcanzable.
Gonzalo Gorritti Robles es periodista deportivo.
El presente artículo de opinión es de responsabilidad del autor y no representa necesariamente la línea editorial de Datápolis.bo.
