
l hincha boliviano, habituado a convivir con la esperanza como quien acaricia un espejismo, hoy se encuentra atrapado en un laberinto de dudas. Los últimos amistosos, lejos de ser bálsamo, se han convertido en epitafios anticipados: empates sin épica y derrotas que desnudan la fragilidad de un equipo que parece caminar en círculos, incapaz de hallar el norte futbolístico. La sequía de goles es más que un dato estadístico; es la metáfora de una ofensiva que se ha tornado estéril, como un río que se seca antes de llegar al mar.
La Selección Boliviana atraviesa un trance de zozobra: los últimos amistosos han dejado más sombras que luces, con empates insípidos y derrotas que acrecientan la sensación de un equipo sin brújula, justo cuando el calendario marca apenas dos meses para el crucial repechaje contra Surinam. La falta de goles, la anemia ofensiva y la repetición de errores tácticos han sumido al aficionado en un estado de incertidumbre que roza la desesperanza.
En el plano táctico, la selección se debate entre la rigidez y la improvisación. El mediocampo, concebido como engranaje de creación, se ha transformado en un páramo donde las ideas se marchitan antes de florecer. Los extremos, llamados a ser dagas que desgarren defensas rivales, se convierten en sombras que apenas rozan el balón. La transición defensa-ataque es lenta, casi morosa, y convierte cada intento ofensivo en un bostezo prolongado. El contraste es evidente: mientras otras selecciones exhiben dinamismo, Bolivia se hunde en la parsimonia.
El aficionado intelectual percibe en esta crisis un drama existencial: un equipo que, en lugar de construir identidad, se disuelve en contradicciones. La defensa, que debería ser muralla, se convierte en portón abierto; el ataque, que debería ser ariete, se reduce a un murmullo. Es la antítesis de lo que se espera de un conjunto que aspira a la gloria mundialista. La selección parece un barco sin timón, navegando en aguas turbulentas, donde cada oleaje adverso amenaza con el naufragio.
Los amistosos recientes han sido espejos deformantes que reflejan más defectos que virtudes. Ante rivales de jerarquía intermedia, Bolivia mostró una alarmante incapacidad para sostener el ritmo, como si el reloj del partido corriera en su contra. La falta de contundencia en el área rival es un síntoma que se repite con la monotonía de un eco: delanteros que se pierden en la niebla, disparos que carecen de veneno, jugadas que mueren antes de nacer. El gol, ese instante sublime que enciende pasiones, se ha convertido en un huésped ausente.
El horizonte inmediato, el duelo contra Surinam por el repechaje, se erige como un juicio final. El tiempo, implacable, se reduce a dos meses, y la preparación parece más un ejercicio de fe que de táctica. El aficionado se debate entre la esperanza y el escepticismo, consciente de que la historia reciente no ofrece argumentos sólidos para el optimismo. La selección, atrapada en su propio laberinto, necesita reinventarse o resignarse a la condena de la mediocridad.
En conclusión, Bolivia vive un momento de incertidumbre que trasciende lo deportivo y se adentra en lo simbólico. La selección no solo tropieza en la cancha, sino en su propia narrativa: un equipo que no logra articular un discurso futbolístico coherente. El hincha, intelectual o popular, observa con desasosiego cómo la ilusión se desvanece, como un poema inconcluso que nunca alcanza su verso final. El repechaje contra Surinam será más que un partido: será la prueba de fuego para un conjunto que, hasta ahora, ha mostrado más sombras que luces.
La paradoja que envuelve a la selección boliviana es cruel y evidente: se sabe que el equipo no mejora, y que en apenas dos meses no habrá alquimia táctica capaz de transformar la anemia ofensiva en exuberancia goleadora ni la dispersión colectiva en armonía coral. La ausencia de amistosos futuros clausura cualquier ensayo, dejando a La Verde en un estado de petrificación mental, como un actor que debe estrenar sin haber ensayado. La pregunta que se cierne sobre el horizonte es casi metafísica: ¿cómo subsanar lo irresoluble?, ¿Cómo corregir lo que parece condenado a la repetición? El tiempo, implacable, se convierte en enemigo, y la preparación se reduce a un ejercicio de fe más que de ciencia.
Frente a Surinam, la selección deberá apelar a recursos que trascienden lo meramente táctico: la voluntad como sustituto de la técnica, la disciplina como paliativo de la carencia creativa, la cohesión emocional como reemplazo de la sincronía futbolística. Es un intento de construir un edificio sobre arenas movedizas, de hallar en la épica lo que la táctica niega. La gran incógnita no es si Bolivia puede reinventarse en lo futbolístico —pues la evidencia dicta que no—, sino si puede hallar en la resiliencia colectiva un atajo hacia la competitividad. El repechaje se convierte así en un examen de carácter más que de juego, donde la pregunta no es cómo ganar, sino cómo sobrevivir a las propias limitaciones.
El verdadero desafío que enfrenta hoy la selección boliviana no se encuentra únicamente en el pizarrón táctico, sino en el insondable territorio de la mente. A los jugadores les falta convicción, esa fe interior que convierte la fragilidad en fortaleza y la duda en certeza. Un trabajo psicológico profundo podría ser el catalizador que acelere su rendimiento, que transforme la apatía en intensidad y la dispersión en cohesión. La historia ofrece un ejemplo luminoso: Azkargorta en el 93 no fue solo estratega, sino psicólogo y motivador, capaz de insuflar en sus dirigidos un espíritu indomable que trascendió lo técnico. Hoy, más que nunca, La Verde necesita esa alquimia emocional que convierta a cada futbolista en un creyente de su propia capacidad, porque sin convicción mental, el talento se diluye como tinta en agua.
Al final, lo que se juega no es solo un partido, sino la dignidad de creer en uno mismo: la selección boliviana debe comprender que la convicción mental es la semilla de toda victoria, y que, sin ella, cualquier táctica se desvanece como humo en el viento. El lector, al reconocer esta verdad, no puede sino asentir, consciente de que la fuerza interior es el único camino hacia la trascendencia.
Gonzalo Gorritti Robles es periodista deportivo.
El presente artículo de opinión es de responsabilidad del autor y no representa necesariamente la línea editorial de Datápolis.bo.
