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n San Cristóbal, bajo la humedad que sofoca y la pasión que incendia, The Strongest eligió el silencio antes que el rugido. El equipo paceño, otrora símbolo de fuerza y bravura, se presentó como un espectro tímido, apostando a la nada, a la espera de que los doce pasos fueran su salvación. Pero la historia del fútbol es cruel con quienes abdican de la osadía: el Tigre se disfrazó de cordero y terminó devorado por un Táchira que, sin grandes alardes, supo imponer la voluntad de la vida sobre la inercia de la resignación.

Rodrigo Banegas, guardián de los palos, fue simultáneamente héroe y villano. Sus manos, firmes como murallas, evitaron la catástrofe en más de una ocasión; pero su teatralidad, sus caídas fingidas y sus súplicas al cuerpo médico, transformaron la épica en farsa. El tiempo que se detuvo en sus simulacros fue un espejo de la estrategia del equipo: detener, enfriar, renunciar a la creación. El arquero, convertido en actor principal, encarnó la paradoja de un Tigre que prefirió la pantomima al combate.

El desenlace, como en las tragedias clásicas, se condensó en un instante: Víctor Abrego, con la clasificación en sus pies, erró el penal que debía ser epílogo glorioso y se convirtió en epitafio. No había llegado nunca al pórtico de Camargo durante el partido, y cuando finalmente se encontró frente a él, la ansiedad lo devoró. Su fallo no fue un accidente aislado, sino la metáfora perfecta de un equipo que nunca creyó en su destino.

La comparación con el torneo de verano es inevitable. Ante Bolívar, The Strongest mostró la fiereza de la pierna fuerte, la ansiedad de devorar al rival, la vehemencia de la garra. En la Libertadores, en cambio, se presentó como un felino domesticado, sin hambre ni instinto. Dos partidos internacionales jugados con la apatía de quien espera que el azar decida, y el azar, como juez implacable, dictó sentencia en San Cristóbal.

El fútbol, arte de lo imprevisible, premia la osadía y castiga la tibieza. Táchira, con menos recursos, entendió que debía arriesgar y lo hizo; The Strongest, con más historia, eligió esconderse en la sombra de su arquero y terminó pagando el precio. La eliminación no es solo un resultado: es un espejo que refleja la pérdida de identidad, la renuncia a la esencia, la traición al esfuerzo de lucha que lo define incluso históricamente.

El Tigre que no rugió deberá replantearse su naturaleza. La Copa Libertadores no admite disfraces ni simulacros: exige convicción, hambre, coraje. Si The Strongest quiere volver a ser protagonista en el continente, deberá recordar que su nombre no es metáfora vacía, sino mandato de lucha. En San Cristóbal, el Tigre se disfrazó de cordero; el futuro dirá si tiene la valentía de recuperar su rugido.

La definición desde los doce pasos en San Cristóbal fue un drama condensado en segundos. Bastó un error, un disparo que se estrelló contra el travesaño, para que todo el andamiaje de esperanza se derrumbara como un edificio sin cimientos. El fútbol, en su cruel liturgia, no concede indulgencias: un solo fallo basta para que la ilusión se transforme en ruina.

Raúl Castro, con la serenidad de un veterano, ejecutó su penal con categoría, como si la presión fuese apenas un murmullo lejano. Roca, igualmente, mostró temple y precisión, recordando que la técnica puede ser un bálsamo contra la ansiedad. Sin embargo, Widen Saucedo fue el que marró su disparo, elevando el balón hacia el travesaño y convirtiéndose en el símbolo de la desgracia. Después de ese error, Víctor Cuellar anotó el último penal para el Tigre, sobrando con un remate picado, pero su acierto fue apenas un consuelo efímero: la herida ya estaba abierta y la clasificación perdida.

Generalmente, estos duelos de ida y vuelta se definen mucho antes de la lotería de los penales. Se pierden en el primer partido, cuando no se aprovecha la localía y se desperdicia la oportunidad de marcar diferencias. Eso le ocurrió a The Strongest: un mal encuentro en La Paz, seguido de otro en San Cristóbal, lo condenó a depender de la suerte. Y la suerte, como juez implacable, dictó sentencia en un segundo, cuando el balón besó el travesaño y el Tigre quedó fuera de la Copa, reducido a un eco apagado de lo que alguna vez fue su rugido.

El desenlace en San Cristóbal debe servir como advertencia para los demás equipos bolivianos que aún aguardan su debut en la Copa Libertadores. No basta con la preparación física ni con la disciplina táctica: la verdadera batalla se libra en la mente. La competencia continental exige convicción, temple y hambre de victoria. Llegar con mejores condiciones futbolísticas y atléticas es indispensable, pero más aún lo es presentarse con la fortaleza mental que impida caer en la resignación o en la apatía. Solo así se evitará repetir la historia de un Tigre que eligió el silencio antes que el rugido, y se podrá aspirar a que el fútbol boliviano deje de ser un invitado efímero y se convierta en protagonista en el escenario mayor del continente.

Gonzalo Gorritti Robles es periodista deportivo.

El presente artículo de opinión es de responsabilidad del autor y no representa necesariamente la línea editorial de Datápolis.bo.