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xisten noticias que trascienden el ámbito judicial porque terminan golpeando el bolsillo, el empleo y la dignidad de miles de ciudadanos. Esto del caso Fancesa no puede reducirse a un expediente más en los tribunales, ni a una disputa empresarial entre gigantes del cemento. Está en juego algo mucho más profundo: la credibilidad de las instituciones y la certeza de que, en Bolivia, el poder político siempre pesó más que la ley.

Las revelaciones conocidas en España sobre presuntas gestiones realizadas por el expresidente José Luis Rodríguez Zapatero en favor de intereses vinculados al Grupo Gloria, y las denuncias que involucran a altas autoridades del gobierno de Luis Arce, muestran un escenario inquietante. Si las investigaciones terminan confirmando que existieron presiones o tráfico de influencias para modificar el rumbo de una decisión judicial, no estaremos frente a un simple caso de corrupción, sino ante una de las mayores agresiones contra la institucionalidad boliviana en los últimos años.

Por tanto, la historia resulta difícil de ignorar, Fancesa había obtenido una sentencia que reconocía una millonaria indemnización por competencia desleal. Ese fallo representaba mucho más que un triunfo legal: era la posibilidad de fortalecer financieramente a una empresa que pertenece, en gran parte, al patrimonio de Chuquisaca y que durante décadas fue motor económico de la región.

Sin embargo, el proceso dio un giro inesperado cuando esa decisión quedó sin efecto tras una resolución constitucional. Coincidentemente, hoy salen a la luz denuncias que hablan de reuniones, intermediaciones y gestiones políticas de alto nivel para favorecer intereses privados. La coincidencia temporal, por sí sola, ya exige respuestas claras, investigaciones independientes y absoluta transparencia. Porque cuando las decisiones judiciales empiezan a coincidir sospechosamente con intereses económicos y operadores políticos, la confianza ciudadana termina de desmoronarse.

Recientemente, Fancesa apagó sus hornos, y decenas de trabajadores enfrentan vacaciones forzadas. La producción se detuvo, tenemos una industria emblemática de Chuquisaca que atraviesa uno de los momentos más críticos de su historia. Ese es el verdadero rostro de la corrupción cuando existe, no son únicamente cifras millonarias ni titulares internacionales. Son empleos perdidos, economías regionales debilitadas y oportunidades que desaparecen.

Naturalmente, existen factores adicionales que afectan a la empresa: la escasez de diésel, los bloqueos y la crisis económica nacional. Nadie puede desconocer esa realidad. Pero también resulta legítimo preguntarse cuál habría sido la capacidad de resistencia financiera de Fancesa si hubiera podido disponer oportunamente de los recursos que reclamaba judicialmente.

Lo más preocupante es el mensaje que queda para la ciudadanía. Si un proceso judicial de semejante magnitud puede verse envuelto en sospechas de influencias nacionales e internacionales, ¿qué esperanza tiene un ciudadano común de obtener justicia cuando enfrenta al poder?

Fancesa no representa solamente una fábrica de cemento, representa empleo, desarrollo, historia y patrimonio regional. Si las denuncias resultan ciertas, no estaremos únicamente frente a un caso de presunto tráfico de influencias y cohecho. Estaremos frente a la confirmación de que la justicia es mercancía y de que el poder económico encuentra siempre una puerta abierta cuando la política decide vender la llave.

Entonces, los grandes perdedores no son los gobiernos, ni los empresarios, ni los operadores de turno. Siempre terminamos siendo los ciudadanos.

Miroslava Fernández Guevara es periodista y politóloga.

El presente artículo de opinión es de responsabilidad de la autora y no representa necesariamente la línea editorial de Datápolis.bo.