
uando hablamos de nacionalidad, normalmente pensamos en algo simple, el país donde nacemos o el de nuestros padres; en Derecho Internacional esto se conoce como ius soli (por lugar de nacimiento) y ius sanguinis (por la sangre o filiación), criterios clásicos explicados por el jurista alemán Lassa Oppenheim. Sin embargo, hoy esta idea ha cambiado, porque la nacionalidad ya no es solo un dato formal, sino un vínculo real entre una persona y un Estado. Esto se entiende muy bien con el famoso caso de Friedrich Nottebohm de 1955: él era un alemán que vivía desde hace muchos años en Guatemala, pero durante la Segunda Guerra Mundial decidió obtener la nacionalidad de Liechtenstein, un país con el que casi no tenía relación, para evitar problemas por su origen. Guatemala no reconoció ese cambio y lo siguió considerando alemán, incluso llegando a confiscar sus bienes, por lo que Liechtenstein llevó el caso ante la Corte Internacional de Justicia. Fue entonces cuando la Corte estableció una idea clave: la nacionalidad debe basarse en un “vínculo genuino”, es decir, una conexión real de vida, intereses e identidad de la persona con el país, y no solo en un trámite formal.
Y si hay un lugar donde esto se ve claramente, es en el fútbol. Hoy los jugadores no solo representan al país donde nacieron, sino también a aquellos con los que tienen vínculos familiares, culturales o incluso profesionales; esto demuestra que el Derecho, al igual que la sociedad y la tecnología, está en constante evolución y no puede permanecer estático frente a nuevas realidades. Un caso muy interesante es el de Surinam. Este país, que fue colonia de los Países Bajos hasta su independencia el 25 de noviembre de 1975, vivió una fuerte migración hacia Europa, especialmente en los años 70 y 80. ¿Por qué? Principalmente por la incertidumbre política, el golpe de Estado de 1980 y los conflictos internos que generaron inseguridad. Muchas familias se fueron a Países Bajos buscando estabilidad y mejores oportunidades, y sus hijos crecieron allá, se formaron, y muchos se convirtieron en futbolistas profesionales
Pero aquí aparece el problema: durante muchos años, Surinam no permitía la doble nacionalidad. Entonces, estos jugadores tenían que elegir: quedarse con su ciudadanía europea o renunciar a ella para jugar por Surinam. Como es lógico, la mayoría prefería no perder sus derechos en Europa, y el país terminaba perdiendo talento. Para resolver esto, Surinam creó lo que hoy se conoce como el “pasaporte deportivo”, una especie de solución flexible que permite que jugadores de origen surinamés representen al país sin tener que renunciar a su otra nacionalidad. No es una nacionalidad tradicional, sino una herramienta jurídico-deportiva que, desde aproximadamente 2019, ha permitido recuperar talento adaptando el Derecho a la realidad del fútbol global.
Este fenómeno no es único. En Europa y África hay muchos ejemplos. Francia, por ejemplo, tiene jugadores como Kylian Mbappé, Paul Pogba o Karim Benzema, nacidos en Francia pero con raíces africanas. Y también ocurre lo contrario: futbolistas nacidos en Europa que deciden jugar por el país de sus padres, como Riyad Mahrez (Francia–Argelia), Hakim Ziyech (Países Bajos–Marruecos), Achraf Hakimi (España–Marruecos) o Kalidou Koulibaly (Francia–Senegal). Esto demuestra que la nacionalidad en el fútbol no depende solo de la ley, sino también de la identidad, la cultura y las oportunidades.
Otro caso interesante es el de Diego Costa, nacido en Brasil y luego nacionalizado español. Él decidió jugar por España después de desarrollar su carrera en Europa, lo que muestra cómo la naturalización también es un mecanismo válido dentro de las reglas de la FIFA. Incluso decisiones políticas afectan al fútbol: el Brexit, tras el referéndum de 2016 y su aplicación en 2020, cambió el estatus de jugadores como Gareth Bale, que pasaron de ser comunitarios a extracomunitarios en clubes europeos, afectando los cupos, aunque no su selección nacional.
En América Latina también vemos estos casos. En Bolivia, por ejemplo, jugadores como Marcelo Martins Moreno, Boris Céspedes o Jaume Cuéllar reflejan cómo la nacionalidad puede construirse por origen familiar, nacimiento o incluso por desarrollo profesional en otro país. Esto muestra que existen distintos modelos: el del pasaporte deportivo (Surinam), la doble nacionalidad (Francia o Marruecos), la ascendencia, la naturalización o incluso modelos afectados por decisiones políticas como el Brexit.
Además, nuestra Constitución Política del Estado boliviano reconoce tanto la nacionalidad de origen (por nacimiento o filiación) como la nacionalidad por naturalización, y permite la doble nacionalidad, lo que facilita mantener vínculos con más de un país. A esto se suman otros elementos como la residencia y el domicilio, que ayudan a definir el vínculo real de una persona con un Estado, aunque en el deporte estos criterios suelen ser más flexibles.
Y no solo la nacionalidad está cambiando. Otras instituciones del Derecho Internacional también están evolucionando con la tecnología: hoy hablamos de domicilio digital, comercio electrónico, protección de datos o trabajo remoto, lo que demuestra que el Derecho se adapta constantemente a un mundo más conectado.
En pocas palabras, hoy la nacionalidad ya no es algo fijo, sino una realidad dinámica que combina origen, elección, identidad y residencia, como lo demuestra claramente el fútbol. Esta evolución refleja, en el fondo, un fenómeno más amplio: el Derecho debe avanzar al mismo ritmo que la sociedad, la tecnología, el comercio y la globalización, y no puede quedar estático frente a nuevas realidades. Sin embargo, esta flexibilidad también exige responsabilidad por parte de los Estados, ya que debe evitarse que la nacionalidad sea utilizada en fraude a la ley (in fraudem legis), por ejemplo mediante la concesión irregular de documentos, matrimonios simulados o naturalizaciones estratégicas con fines exclusivamente deportivos.
Al mismo tiempo, la nacionalidad también puede convertirse en un mecanismo de protección frente a situaciones extremas. Un ejemplo reciente es el de varias integrantes de la selección femenina de Irán que, durante la Copa Asiática en Australia en 2026, decidieron no regresar a su país tras haber sido calificadas de “traidoras” por no cantar el himno nacional, lo que generó un fuerte temor a represalias. Algunas de ellas solicitaron asilo y recibieron visados humanitarios en Australia, siendo trasladadas a lugares seguros, mientras organizaciones internacionales alertaban sobre amenazas incluso dirigidas a sus familias para forzarlas a regresar, de acuerdo con información del Los Angeles Times. Aunque varias jugadoras terminaron retornando bajo presión, otras lograron permanecer en el extranjero, evidenciando cómo el deporte puede cruzarse con la política, los derechos humanos y la seguridad personal. Este tipo de casos muestra que la nacionalidad no solo es una herramienta jurídica o estratégica, sino también una garantía de protección, libertad y dignidad humana.
Asdruval Columba Joffré es abogado y profesor universitario.
El presente artículo de opinión es de responsabilidad del autor y no representa necesariamente la línea editorial de Datápolis.bo.
