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E

n la política internacional actual, las grandes potencias influyen en el mundo mediante alianzas estratégicas, presencia militar y el control de rutas por donde circulan mercancías y petróleo. En este escenario, las decisiones diplomáticas de los Estados pueden tener efectos que se extienden durante muchos años. Dentro de ese contexto global, Bolivia abre una nueva etapa de su política exterior al retomar relaciones diplomáticas con Estados Unidos.

Para comprender mejor este momento, vale la pena observar dos situaciones recientes que ayudan a entender cómo funcionan hoy las relaciones entre los países, la soberanía de los Estados y el papel del poder militar en el mundo.

La primera ocurrió en Europa, el gobierno de España, encabezado por el presidente Pedro Sánchez, decidió no autorizar que Estados Unidos utilizara las bases militares de la Base Naval de Rota y la Base Aérea de Morón para realizar ataques contra Irán. Estas instalaciones han sido utilizadas por fuerzas estadounidenses durante décadas, pero se encuentran en territorio español, por lo que el gobierno de España mantiene la decisión final sobre su uso.

Sánchez explicó que su país no permitiría que estas bases se emplearan en una operación militar que no contara con respaldo del derecho internacional ni con autorización de las Naciones Unidas.

La reacción en Washington fue rápida, el presidente estadounidense Donald Trump criticó la decisión española e incluso amenazó con imponer un embargo o suspender relaciones comerciales como forma de presión política. Sin embargo, las tensiones no llegaron a romper las relaciones diplomáticas entre ambos países. Las embajadas continuaron funcionando y el diálogo se mantuvo abierto.

Este episodio deja una lección importante: incluso cuando un país permite que otro utilice bases militares en su territorio, la soberanía sigue perteneciendo al Estado que recibe esas instalaciones. Por lo tanto, es ese país quien decide cuándo y cómo pueden utilizarse.

El segundo caso ocurrió en Bolivia y también muestra cómo las decisiones políticas pueden influir durante muchos años en las relaciones internacionales. En el 2008, el entonces presidente Evo Morales decidió expulsar del país a la Administración para el Control de Drogas (DEA). Esta decisión marcaría durante años la relación entre Bolivia y Estados Unidos.

El gobierno boliviano sostuvo que esta institución interfería en asuntos internos y realizaba actividades contrarias a la soberanía nacional. Sin embargo, estas acusaciones no fueron presentadas formalmente ante instancias internacionales. Por ello, muchos analistas vieron la medida como una decisión política influida por el contexto ideológico del momento.

Las consecuencias fueron inmediatas; las relaciones entre Bolivia y Estados Unidos se deterioraron hasta el punto de romperse a nivel de embajadores. Durante varios años ambos países mantuvieron únicamente encargados de negocios, una figura diplomática de menor rango que redujo el diálogo político al mínimo.

Ese distanciamiento comenzó a cambiar recientemente con la llegada al gobierno del presidente Rodrigo Paz Pereira. Después de aproximadamente diecisiete años de enfriamiento diplomático, Bolivia inició un proceso para restablecer relaciones diplomáticas con Estados Unidos.

Este acercamiento incluye el intercambio de embajadores y la posibilidad de retomar mecanismos de cooperación internacional, especialmente en la lucha contra el narcotráfico. En esta nueva etapa también se ha planteado la posibilidad de que la DEA vuelva a cooperar con autoridades bolivianas, aunque bajo nuevas condiciones que garanticen el respeto a la soberanía del país.

Para entender mejor esta situación también es útil observar el contexto internacional. Desde el final de la Segunda Guerra Mundial, Estados Unidos ha construido la red de bases militares en el extranjero más grande del mundo. Actualmente se estima que mantiene más de 700 instalaciones militares distribuidas en más de 70 países, ubicadas estratégicamente en distintas regiones del planeta.

Muchas de estas bases se encuentran en Europa, especialmente en Alemania, Italia, Reino Unido y España. Otras están en Asia, principalmente en Japón y Corea del Sur, donde la presencia militar estadounidense se mantiene desde los años de la Guerra Fría. También existen bases importantes en Medio Oriente, en países como Qatar, Bahréin y Kuwait, relacionadas con la protección de rutas por donde se transporta gran parte del petróleo del mundo.

En el océano Pacífico, territorios como Guam funcionan como puntos estratégicos para la presencia militar estadounidense en Asia. En África y América Latina la presencia es menor, aunque existen centros logísticos o acuerdos de cooperación militar en países como Honduras, Colombia, Perú y Panamá. Esta extensa red militar refleja el papel que Estados Unidos ha desempeñado en la política internacional desde mediados del siglo XX. Después de la Segunda Guerra Mundial, Washington asumió un papel central en la seguridad global y en la defensa de sus aliados.

De hecho, Estados Unidos mantiene más bases militares en el extranjero que todos los demás países del mundo juntos. Rusia posee algunas instalaciones fuera de su territorio, principalmente en países de la antigua Unión Soviética y en Siria, mientras que China mantiene una presencia mucho más limitada, con bases como su instalación naval en Yibuti, en África. Más allá de su función militar, estas bases forman parte de una estrategia destinada a proteger aliados, prevenir conflictos y asegurar rutas comerciales importantes. Esto resulta especialmente relevante si se considera que más del 80% del comercio mundial se transporta por vía marítima.

Para que el comercio mundial funcione, muchos barcos que transportan petróleo y mercancías deben pasar por pasos marítimos estratégicos que conectan distintos océanos. Entre los más conocidos están el estrecho de Ormuz, el estrecho de Malaca y el estrecho de Gibraltar. Por estos lugares circula una parte muy importante del petróleo y de los productos que se comercian en el mundo. Por esta razón, varios países mantienen presencia militar en estas zonas con el objetivo de proteger estas rutas comerciales y evitar conflictos que puedan interrumpir el comercio internacional.

Bolivia ha seguido un camino diferente, el país nunca ha tenido bases militares permanentes de otros Estados en su territorio, en gran parte debido a la importancia histórica que Bolivia ha dado a la defensa de la soberanía nacional. Este principio está reflejado en la Constitución Política del Estado; en el artículo 10 establece que Bolivia es un Estado pacifista que promueve la cultura de la paz y rechaza las guerras de agresión y el 244 señala que las Fuerzas Armadas tienen la misión de defender la independencia del país, la seguridad del Estado y la integridad del territorio.

A pesar de ello, Bolivia sí ha mantenido cooperación internacional en temas de seguridad, durante varios años existieron programas de cooperación con Estados Unidos para combatir el narcotráfico. En esos programas, la Administración para el Control de Drogas trabajó junto a autoridades bolivianas mediante intercambio de información, tecnología y capacitación. Esperamos que el regreso de embajadores entre Bolivia y Estados Unidos sea de beneficio para el país, mediante el fortalecimiento de la relaciones comerciales y se facilite en acuerdos en áreas como comercio, inversión, educación, tecnología y cooperación internacional.

Sin embargo, esta nueva etapa también deja una enseñanza importante para Bolivia: la política exterior no puede improvisarse. Como advertía el diplomático boliviano Alberto Ostria Gutiérrez, la conducción de las relaciones internacionales de un país debe estar en manos de profesionales preparados para defender los intereses nacionales.

En este contexto, el nuevo momento en las relaciones entre Bolivia y Estados Unidos abre oportunidades de cooperación, comercio y diálogo político, pero también plantea un desafío importante: fortalecer las instituciones del país y enfrentar problemas globales como el crimen organizado.

Bolivia ya conoce las consecuencias de una política exterior mal conducida. En los últimos años el país llevó dos controversias ante la Corte Internacional de Justicia en La Haya: la demanda marítima contra Chile y el caso de las aguas del Silala. Ambos procesos terminaron con decisiones desfavorables para Bolivia, lo que dejó una lección importante sobre la forma en que deben manejarse los asuntos internacionales; estos resultados recuerdan que en las relaciones entre Estados las decisiones diplomáticas deben tomarse con estrategia, conocimiento jurídico y experiencia.

En un mundo donde las tensiones geopolíticas, las bases militares y las disputas de poder siguen influyendo en la política internacional, Bolivia no puede permitirse improvisar en su política exterior.

Porque en política exterior los errores no se olvidan fácilmente y pueden afectar la posición internacional de un país durante generaciones.

Asdruval Columba Joffré es abogado y profesor universitario.

El presente artículo de opinión es de responsabilidad del autor y no representa necesariamente la línea editorial de Datápolis.bo.