
l Super Bowl LX, celebrado el 8 de febrero de 2026 en Nueva York, fue mucho más que un evento deportivo; el espectáculo de medio tiempo protagonizado por Bad Bunny, artista puertorriqueño y una de las figuras más influyentes de la música actual no fue solo un entretenimiento, fue un mensaje político y cultural transmitido ante cientos de millones de personas.
Cuando cantó la frase: “No quiero que hagan contigo lo que le pasó a Hawái”, el mensaje dejó de ser música y se convirtió en advertencia, desde el escenario más visto del planeta, un artista nacido en Puerto Rico, territorio cuyo estatus político es especial, volvió a poner sobre la mesa una pregunta antigua del derecho internacional: ¿realmente todos los países son iguales o el poder termina imponiéndose?
El caso de Hawái ayuda a entenderlo. En el siglo XIX fue reconocido como Estado soberano y firmó tratados con varias potencias, incluido el Tratado de Amistad, Comercio y Navegación con Estados Unidos en 1849; sin embargo, en 1893 fue derrocada la reina Liliʻuokalani y en 1898 Hawái fue anexado mediante la Newlands Resolution. Hoy, si miramos ese proceso desde el principio de autodeterminación que recoge la Carta de las Naciones Unidas en su artículo 1.2, surgen dudas sobre su legitimidad.
Puerto Rico muestra otra forma de transformación de la soberanía, luego del Tratado de París de 1898, fue cedido a Estados Unidos; en 1901 la Corte Suprema estadounidense, en el caso Downes v. Bidwell, lo definió como “territorio no incorporado”, esto significó que formaba parte de Estados Unidos, pero sin igualdad política plena; en 1952 se estableció el Estado Libre Asociado, pero el debate continúama la luz del artículo 73 de la Carta de la ONU sobre territorios no autónomos.
Panamá con el Tratado Hay-Bunau-Varilla de 1903 otorgó a Estados Unidos el control de la Zona del Canal en condiciones claramente desiguales, durante décadas fue un enclave bajo administración extranjera dentro del territorio panameño, luego con los Tratados Torrijos-Carter de 1977 comenzó un proceso de devolución que culminó el 31 de diciembre de 1999, cuando el Canal pasó definitivamente a control de Panamá. Acá el derecho internacional sirvió primero para formalizar una desigualdad y después para corregirla.
Lo común de estos casos, es que la “soberanía” no desaparece de un día para el otro, pero sí cambia según quién tenga más poder. El jurista finlandés Martti Koskenniemi, profesor de la Universidad de Helsinki, lo explica con claridad: el derecho internacional habla de igualdad entre Estados, pero en la práctica muchas veces se adapta a las realidades del poder político.
Y algo parecido hemos visto recientemente en las tensiones entre Estados Unidos y Venezuela. El debate sobre sanciones, reconocimiento político y presión internacional volvió a plantear la misma pregunta: ¿la soberanía es un principio absoluto o depende del peso del país que interviene?
En este contexto, el mensaje de Bad Bunny no quedó en lo artístico, generó reacciones políticas inmediatas. Donald Trump lo calificó como “uno de los peores” espectáculos del Super Bowl. Claudia Sheinbaum destacó el valor de cantar en español en el evento más importante de Estados Unidos y habló de unidad continental. Gabriel Boric lo interpretó como respuesta simbólica a la Doctrina Monroe. Pedro Sánchez resumió el mensaje en “menos odio y más amor”.
Barack Obama lo vio como una celebración de comunidad e identidad. Y el presidente de Bolivia, afirmó: “¡Somos un gran continente!”, añadiendo que es momento de dejar atrás el “lamento boliviano” y apostar por una visión más afirmativa e integradora, evocando además la frase “Mañana será bonito” como símbolo de esperanza regional.
Todo esto muestra que el espectáculo funcionó como lo que el politólogo estadounidense Joseph Nye, profesor de Harvard, llama soft power o la capacidad de influir a través de la cultura, las ideas y los valores, no solo mediante la fuerza militar o el dinero, y que en este caso no intervino el Consejo de Seguridad para reactivar el debate sobre soberanía, por el contrario fue una canción. La cultura abrió una discusión que el derecho se suele tratar con cuidado.
Pero el debate no quedó solo en lo simbólico, los acontecimientos posteriores en Venezuela volvieron a evidenciar que, cuando entran en juego seguridad, justicia internacional y recursos estratégicos como el petróleo, la soberanía se convierte en un terreno de disputa real. La norma internacional puede ser clara en teoría, pero su aplicación ocurre en un mundo donde no todos los Estados tienen el mismo peso.
El Super Bowl 2026 y el caso venezolano, uno cultural y otro geopolítico, muestran lo mismo, la soberanía no es un escudo automático, es una construcción que depende del equilibrio de poder. Y aquí hay algo fundamental, los pueblos no viven de ideologías ni de grandes discursos. Viven de trabajo, estabilidad y desarrollo honesto, la soberanía no puede quedarse en una consigna o en una bandera simbólica, debe traducirse en oportunidades reales para la gente.
La lección de 2026 es clara, la soberanía sigue siendo el lenguaje del sistema internacional, pero el poder es quien lo pone en práctica, mientras los Estados discuten principios, las personas esperan algo más concreto: seguridad, crecimiento y dignidad.
Porque al final, más allá de canciones, tratados, sanciones o intervenciones, lo que sostiene a una nación no son las ideologías, sino el trabajo y el desarrollo honesto de su gente.
Asdruval Columba Joffré es abogado y profesor universitario.
El presente artículo de opinión es de responsabilidad del autor y no representa necesariamente la línea editorial de Datápolis.bo.
