
l 11 de julio, el sitio virtual Movimiento Imperial publicó una nota titulada ¿Es verdad que el Décimo Pachakuti ya está cerca? En ella se señala que algunas interpretaciones del movimiento Taki Onqoy —corriente de rebelión cultural y resistencia política surgida en la región de Huamanga, actual Perú, entre 1564 y 1570— sostienen que "el ciclo andino de destrucción-renovación, encarnado en el concepto de pachakuti, culminaría aproximadamente entre las décadas de 2020 y 2030 con el Décimo Pachakuti".
La mayoría de los estudiosos interpreta el Taki Onqoy como un movimiento de rechazo no solo a la dominación hispánica, sino también a la religión católica. Movimiento Imperial destaca, por el contrario, el evidente sincretismo de esa rebelión con la tradición judeocristiana del Juicio Final: "En este momento, las huacas desatarían su ira contra quienes las habían ofendido: españoles, sus descendientes y aquellos indígenas que abandonaron las ofrendas tradicionales. Los castigos incluirían pestes, terremotos, incendios, sequías, inundaciones, guerras y toda clase de catástrofes naturales".
Desde esa perspectiva, el Taki Onqoy "no se limitaba a una purificación exclusiva del mundo indígena, sino que involucraba a toda la población del mundo". De ahí que, si ese universalismo estuvo presente en las rebeliones indígenas del siglo XVI, con mayor razón podría manifestarse en los movimientos del siglo XXI.
Este razonamiento tiene sustento histórico. Los movimientos políticos más notables del sur de América tuvieron una fuerte influencia cristiana. Es sabido que Túpac Amaru II, en el siglo XVIII, era un católico devoto y contaba con capellanes que acompañaban a su ejército. En la misma época, Túpak Katari empleaba una retórica cristiana, presentándose ante los indígenas como un "enviado de Dios" para liberarlos. Si bien devastó templos católicos y atacó a sacerdotes, lo hizo por razones políticas y no religiosas. Tal fue el caso del párroco de Guaqui, Sebastián Limachi, ejecutado por oponerse abiertamente al levantamiento indígena.
En el siglo XX, en Bolivia, esa influencia cristiana también fue ejercida por las iglesias evangélicas. Laureano Machaca Qota, líder aymara que en 1956 fundó una "República Aymara" autónoma en el departamento de La Paz, era feligrés de la Iglesia Adventista. Integrantes de esa misma iglesia fundaron el MITKA (Movimiento Indio Túpak Katari), considerado el epítome del indianismo contemporáneo. Más cerca de nuestro tiempo, la Iglesia Metodista tuvo una fuerte influencia en el nacimiento del MAS e incluso en su desenvolvimiento como fuerza de gobierno. Uno de los principales exponentes de ese proceso, David Choquehuanca —a quien algunos atribuyen un ancestral linaje de yatiris y amautas—, perteneció a una familia integrada a la corriente evangélica e incluso fue pastor de la Iglesia Bautista de Bolivia.
Si bien la realidad nos muestra una faceta, el discurso contemporáneo sobre lo indígena nos presenta otra muy distinta. En la actualidad, la imagen del indígena predominante en los centros urbanos y en los medios académicos es la de un individuo —y una colectividad— ensimismado en su pasado, dedicado a preservar saberes y conocimientos ancestrales. Ello se debe a que el discurso mundial sobre lo indígena ha cambiado: de considerar al indígena un salvaje al que era preciso conducir hacia el progreso, hoy los centros mundiales de poder lo presentan como una alteridad ejemplar, portadora de una relación armónica con la naturaleza y ajena a los valores del desarrollo y de la transformación del entorno.
Por supuesto, esa caracterización es falsa y responde más a las necesidades del llamado Primer Mundo que a las aspiraciones de quienes estamos encasillados en la denominación de Tercer Mundo. Sin embargo, llama la atención cómo toda una generación de jóvenes indígenas ha sido influenciada por esa heteronomía.
La influencia ideológica occidental ha neutralizado a muchos jóvenes indígenas que, en otras circunstancias, habrían desempeñado un papel conductor de las aspiraciones sociales y políticas de sus pueblos. Mientras divagaban sobre la esencialidad del ser indígena, sus comunidades, privadas de dirección y liderazgo, se debatían en conflictos sociales, políticos y económicos tan reales como cotidianos. Eso fue, por ejemplo, lo ocurrido en Bolivia durante los recientes bloqueos de carreteras que se prolongaron por más de cincuenta días.
Esta ofuscación, sin embargo, pone de manifiesto la paradoja de la invalidez del pachamamismo, y no su vigencia. Si numerosos jóvenes e intelectuales indígenas han sido seducidos por las trivialidades culturalistas y «poscoloniales», no es porque estas expresen la doctrina de sus pueblos, sino porque representan la ideología dominante y la moda intelectual del momento.
Es necesario, pues, volver la mirada hacia nuestra realidad. El pasado 10 de julio, en la localidad de Las Carreras, en Río Abajo, las calles fueron colmadas por la marcha de indígenas de diversas comunidades aymaras. No se trataba de una movilización de protesta política, de reivindicación social o de apoyo u oposición al Gobierno, sino de un encuentro de miembros de la Iglesia Evangélica Asambleas de Dios.
Las comunidades indígenas en Bolivia son, en su inmensa mayoría, católicas o evangélicas. Subsiste también una religiosidad tradicional, imbricada de una u otra manera con esas confesiones. La Iglesia Católica se repone lentamente de las consecuencias que tuvo en el mundo indígena su entusiasmo por la Teología de la Liberación (recordemos solamente a Xavier Albó). Los miembros adultos de las iglesias evangélicas mantienen una simpatía militante hacia el actual Estado de Israel, al que consideran "el reloj de Dios". Muchos jóvenes indígenas, por su parte, muestran curiosidad por el islam contemporáneo, ya sea en su vertiente sunita vinculada a los Hermanos Musulmanes o en la tradición chiita representada por Irán.
Sí, yo también creo que el próximo pachakuti será, esencialmente, religioso.
Pedro Portugal Mollinedo es historiador y analista.
El presente artículo de opinión es de responsabilidad del autor y no representa necesariamente la línea editorial de Datápolis.bo.
