
l 3 de julio, un organismo regulador de Taiwán autorizó que TSMC inyecte 20.000 millones de dólares para ampliar su complejo de fábricas de chips en Arizona. La cifra impresiona, pero lo que importa está detrás de ella: es la sexta autorización de este tipo desde 2020 y eleva a unos 44.000 millones lo que la mayor fabricante de semiconductores del mundo ha comprometido en suelo estadounidense, con una fábrica de obleas y una planta de empaquetado avanzado respaldadas por fondos públicos de Washington. Estados Unidos está pagando, literalmente, para tener dentro de casa la capacidad de fabricar los chips de los que dependen los teléfonos, los autos, los servidores de inteligencia artificial y buena parte de su industria militar.
La lectura fácil, la que circula en videos y titulares, dice que Washington está "vaciando" a Taiwán de su tecnología y dejándolo sin su "escudo de silicio", ese seguro de vida que obliga a Occidente a defender la isla porque el mundo no puede darse el lujo de que caiga en manos de China. Es una narrativa poderosa. También es, en buena parte, exagerada. Los propios analistas taiwaneses calculan que menos del 15% de los chips más avanzados se fabricará fuera de la isla en los próximos años. Lo verdaderamente sofisticado, la punta de la receta, se queda en casa. Taiwán no está regalando su secreto: está vendiendo copias controladas de un secreto que sigue perfeccionando.
Y ahí está la enseñanza que a nuestro país debería quitarle el sueño.
El escudo no esta bajo la tierra, Taiwán es una isla pequeña, sin petróleo, sin gas, sin grandes minas. No tiene nada que el mundo quiera sacarle del subsuelo. Su blindaje no es geográfico ni geológico: es lo que sabe hacer. Durante décadas apostó de forma deliberada por la educación técnica, la planificación industrial y un ecosistema de empresas que hoy nadie puede reemplazar de la noche a la mañana. Su escudo es conocimiento acumulado. Por eso es tan difícil de copiar, incluso con 44.000 millones de dólares y el respaldo del Estado más poderoso del planeta.
Bolivia es exactamente el reverso de esa historia. Tenemos un país rico en lo que se extrae y pobre en lo que se fabrica. Vendemos gas, minerales y granos casi como salen del suelo, y compramos afuera casi todo lo que lleva un poco de ingeniería adentro. Nuestro "escudo", si es que alguna vez lo tuvimos, siempre estuvo bajo tierra: dependimos de que el mundo quisiera nuestras materias primas. El problema es que ese tipo de escudo no protege, expone. Sube y baja con los precios internacionales, se agota, y el día que aparece un sustituto o el precio se cae, no queda capacidad instalada, ni conocimiento, ni empresas: queda un hueco.
Lo que si nos toca de esta noticia: la reorganización de las cadenas de suministro es real. Estados Unidos está reordenando dónde se fabrica lo estratégico, y el norte de México se perfila como su gran plataforma de ensamblaje por una razón simple: está pegado a la frontera y tiene logística. Proximidad e infraestructura. Dos cosas que el nuevo mapa premia y que le faltan a nuestro país.
Somos un país sin salida al mar, con costos de transporte que castigan cada exportación, y con corredores logísticos que llevan décadas discutiéndose más de lo que se construyen. Mientras el mundo redibuja sus rutas para acercar la producción a quien la consume, Bolivia sigue lejos de todo: lejos de los puertos, lejos de las cadenas de valor, lejos de las decisiones. No es que las potencias nos estén "metiendo a la fuerza" en su juego, como sugiere la versión conspirativa. Es casi lo contrario, y es peor: en este reacomodo, Bolivia corre el riesgo de no entrar en el juego en absoluto. De ser, otra vez, espectador.
El tema de fondo es una decisión, no una fatalidad. Aquí conviene ser honesto y separar el dato de la opinión. El dato es que Bolivia sigue siendo una economía primario-exportadora con un déficit crónico de industrialización y de conexión logística con el exterior. La opinión, la mía, es que ese déficit no se resuelve con discursos de soberanía ni con la esperanza de que el próximo boom de precios nos salve. Se resuelve como lo resolvió Taiwán: con una apuesta sostenida, de largo plazo y aburridamente constante, por tres cosas poco espectaculares. Capital humano de verdad, no solo títulos. Reglas claras y estables para que alguien invierta en fabricar y no solo en extraer. Y conexión física con el mundo, esos corredores y esa infraestructura que convierten a un país mediterráneo en un país de tránsito.
Ninguna de las tres se descubre en el subsuelo. Las tres se construyen, y toman años. Esa es la mala noticia y también la buena: significa que no dependemos de la suerte geológica, sino de decisiones que están en nuestras manos.
Taiwán se volvió indispensable porque un puñado de gente decidió, hace medio siglo, que su país iba a ser bueno haciendo algo que nadie más sabía hacer. Bolivia todavía apuesta a ser afortunada por lo que tiene guardado debajo. La diferencia entre un modelo y el otro no es de recursos. Es de ambición y de planificación.
La pregunta de fondo es: cuando el mundo termine de repartirse las nuevas cadenas de valor, ¿Bolivia va a tener algo que ofrecer más allá de lo que le cabe en un camión rumbo a un puerto ajeno?
Roberto Barrios Garnica es economista, especialista en geoeconomía y experto en desarrollo de corredores bioceánicos.
El presente artículo de opinión es de responsabilidad del autor y no representa necesariamente la línea editorial de Datápolis.bo.
