
l mundo entra en un año de clima al límite. Para Bolivia, la amenaza no es un titular extranjero: es una sequía y una inundación anunciadas, que llegan justo cuando el país se queda sin sus escudos económicos.
Este 2026 se está perfilando como un año de clima al límite. Mientras Europa se ahoga bajo una ola de calor que ya dejó más de 1.300 muertes en exceso desde el 21 de junio, en el Pacífico se cocina algo que a nosotros nos toca mucho más de cerca: el probable regreso de El Niño, y no cualquiera. Los principales centros del mundo le dan una alta probabilidad de instalarse en el segundo semestre del año y una posibilidad real de que sea de los más fuertes de los que se tenga registro. Para nuestro país eso no es un dato de noticiero extranjero. Es una amenaza que nos va a encontrar, otra vez, con la casa abierta.
Aclaremos qué es y qué no es, porque en estos temas conviene hablar con datos y no con miedo. El Niño es la fase cálida de un ciclo natural del océano Pacífico que altera lluvias y temperaturas en medio planeta; cuando el calentamiento del mar supera cierto umbral se lo llama, de manera informal, “Súper Niño”.
Los pronósticos de mayo le daban alrededor de un 80% de probabilidad de aparecer entre junio y agosto, con cerca de un tercio de chance de llegar a categoría muy fuerte, y algunos modelos proyectan un evento que no se veía en más de un siglo. Nada de esto es seguro —la intensidad todavía es incierta y los pronósticos se corrigen mes a mes—, pero la dirección es clara. Y hay algo que lo distingue de un terremoto: El Niño se puede prever con meses de anticipación. Sabemos que viene.
Y lo sabemos por experiencia propia, no por teoría. Aquí el fenómeno parte al país en dos: sequía en el occidente —el Altiplano y los valles de La Paz, Oruro, Potosí, Cochabamba, Chuquisaca y Tarija— e inundaciones en las tierras bajas del oriente y el norte amazónico, en Beni, Pando y buena parte de Santa Cruz. Lo vivimos hace apenas dos años. El 2023 trajo el periodo seco más prolongado del que se tenga registro: cerca de dos millones de personas afectadas en siete de los nueve departamentos, cosechas de papa perdidas, llamas y alpacas muriéndose de sed.
Y después, sin respiro, llegaron las lluvias torrenciales de comienzos de 2024, con deslizamientos, más de cuarenta muertos y un brote de dengue que se disparó a miles de casos. A todo eso se suma el fuego: solo en 2023 los incendios arrasaron alrededor de siete millones de hectáreas. No es un pronóstico apocalíptico; es la fotografía del último Niño.
El costo no es solo humano, también es fiscal. Los especialistas recuerdan que episodios de El Niño le han significado a Bolivia pérdidas del orden del 3 al 5% del Producto Interno Bruto. Para un país que ya viene golpeado, esa cifra no es un porcentaje abstracto: es menos comida en la mesa, más importaciones que pagar, más gasto de emergencia y menos dólares en una caja que ya está casi vacía.
En los alimentos el problema llega por los dos lados a la vez. Por dentro, la sequía y las inundaciones destrozan la producción de papa, maíz, quinua y forraje, y empujan los precios hacia arriba en cada feria. Por fuera, el mismo clima extremo que este año quema los cultivos europeos —Francia ya calcula que su maíz podría caer hasta un 30%— tensiona la oferta mundial de granos. Como productores perdemos cosecha, y como importadores de ciertos alimentos pagamos más caro. No nos exprime nadie desde afuera: nos aprieta el clima por dentro y por fuera al mismo tiempo.
Hay una tentación fácil en todo esto: explicar la inflación y la escasez como una conspiración de los ricos para empobrecernos. Es cómodo, porque nos pone de víctimas y nos ahorra el espejo. Pero es una coartada. Nuestra vulnerabilidad frente al clima no la construyó ningún imperio; la construimos aquí, con una política energética que exportó sin explorar, un tipo de cambio sostenido con las uñas y una economía que dejó de ganar dólares para pasar a gastarlos. Y con algo todavía más grave: la costumbre de reaccionar tarde ante desastres que se anuncian con meses de aviso.
El Súper Niño no llega de sorpresa: nos advierte con meses de anticipación. Nos da tiempo para sembrar previsión, llenar reservorios, activar alertas y blindar presupuestos. El golpe climático es inevitable —como Europa lo sufre hoy—, pero la verdadera pregunta es si esta vez escucharemos la alarma o si volveremos a repetir la tragedia: buscando combustible en medio de bloqueos, con el campo reseco y los ríos desbordados. El desastre no será por el Niño… será por nuestra inacción.
Roberto Barrios Garnica es economista, especialista en geoeconomía y experto en desarrollo de corredores bioceánicos.
El presente artículo de opinión es de responsabilidad del autor y no representa necesariamente la línea editorial de Datápolis.bo.
