
ombres codiciosos viven en Calacoto, Sopocachi, Miraflores, el Plan 3.000, Quillacollo, Colcapirhua y también en El Alto; por tanto, nadie esta eximido de este defecto, nacido del apego excesivo al dinero, hoy alimentado por millares de anuncios que alimentan nuestro apetito por comprar cosas y tener más.
El término despectivo “el alteño”, salió a relucir a raíz del accidente del avión Hércules que se salió de la pista, lanzando al aire miles de billetes de corte menor, provocando un desorden inusual en inmediaciones del aeropuerto paceño. Lo condenable del hecho es que cientos de personas fueron en busca del papel moneda, pasando por encima de heridos y pedidos de auxilio de las víctimas. Es más, agredieron a policías y personal médico que iban a auxiliar a los damnificados.
Esta la muestra más evidente que las dos últimas alcaldesas de esa ciudad se aplazaron con la nota más baja en materia de educación. Queda para las autoridades del país un gran desafío educativo, una necesidad inmediata para realizar una revolución copernicana en el tema de valores, costumbres y principios básicos, dejando de lado los temas administrativos.
De poco sirve que en la malla curricular aparezcan 13 y hasta 14 materias, dejando fuera de la enseñanza una moral de actitudes, que tendrá que materializarse en el comportamiento humano.
Los anunciantes gastan miles de millones de dólares al año en alimentar nuestro apetito por comprar cosas. La mayoría de estos artículos realmente no los necesitamos y nunca los habríamos querido si no fuera por el aluvión diario de anuncios.
Habrá que partir de la diferenciación de necesidad y deseo. La codicia es el deseo vehemente de poseer muchas cosas, especialmente riquezas o cosas materiales. El ser humano no se limita a lo que uno realmente necesita, al contrario, sus deseos no tienen límites, queremos poseer bienes celulares de última generación, joyas, autos, propiedades y observamos que la codicia es socialmente promovida como un valor que se relaciona al éxito de las personas.
El filósofo Platón entendía la codicia como una enfermedad, porque constituía una patología moral asociada a un ansia sin límites de bienes materiales, característica de sujetos que piensan prioritariamente en sí mismos sin preocuparse de las consecuencias en los demás.
Convivimos con médicos, periodistas, abogados, políticos, empresarios codiciosos, porque esta enfermedad no exime a los titulados ni a los que poseen bienes en abundancia; muchos de éstos actuarán solapadamente, pero su avidez sale a flote cuando encuentran la oportunidad.
Es codicioso el dueño de un hospital que hace trabajar tres meses en forma gratuita a jóvenes médicos y les dice que siempre actúa así porque esos meses son de práctica. Es codicioso el dueño de empresa que se va del país y deja de pagar a sus trabajadores, pese a haber lucrado con el trabajo ajeno y seguiría con cientos de ejemplo que hablan de la codicia como hermana gemela de la injusticia.
La persona codiciosa solo se enfoca en tener cada día más y cree que sólo las posesiones le darán un lugar en el mundo. Según su pensamiento, el individuo que ostenta mayores bienes vale más y nadie puede poseer más bienes materiales que él.
Hoy están en la cárcel 19 personas codiciosas que ignoraran el dolor ajeno, se abalanzaron sobre el dinero, justificaron su proceder echando la culpa a los gobernantes. Probablemente han tenido progenitores que nunca les han mencionado la diferencia entre hacer el bien y el mal o tuvieron profesores empeñados en explicarles el teorema de Pitágoras, antes de hablarles cinco minutos sobre los valores y la forma de actuar ante los problemas que nos presenta la vida.
Ernesto Murillo Estrada es filósofo y periodista.
El presente artículo de opinión es de responsabilidad del autor y no representa necesariamente la línea editorial de Datápolis.bo.
