
n la gran mesa de trabajo convivían las siete y hasta ocho o nueve secciones del periódico. Cada una de las secciones tenía un editor, quien a su turno elaboraba una agenda diaria junto a dos o tres colaboradores. El jefe de redacción coordinaba con cada sección el material del día (era el puente entre el director y la redacción). Al iniciar la jornada matinal, los editores y el director elaboraban una agenda de temas; al caer el sol se veía el desarrollo de cada uno de los temas, para jerarquizar el orden de noticias, que merecían ir en la tapa del periódico. Estoy hablando del proceso que seguían los periódicos hace dos décadas.
La llegada de Internet cambió radicalmente la comunicación, de manera que el monopolio de la información pasó a otras manos, la inmediatez superó a la reflexión e investigación, aparecieron los periodistas ciudadanos y se pasó a pasos agigantados al periodismo digital.
Internet modificó particularmente los medios escritos. Los diarios, revistas, libros y demás escritos comenzaron a publicarse en versiones digitales y, en ciertos casos, están desapareciendo o reduciéndose en forma drástica las ediciones impresas.
Los medios amplían su horizonte en redes sociales y dejan abierta la participación de la gente que comparte o disiente en algunos temas de interés común; unos validan la noticia y otros disienten; una gran mayoría insulta, sin conocer el tema, amparados en la libertad de expresión.
Internet ha redefinido el perfil y las habilidades del periodista que debe adaptarse a las nuevas formas de concebir, contrastar y difundir la información; al mismo tiempo, abrió las puertas a centenas de personas que sin conocer del oficio se lanzan a la aventura de informar dando paso a la cultura light con mensajes superficiales, nada profundos y carentes de sentido crítico.
Solo para citar un caso complementario: los jóvenes, los que crecieron al lado de las redes y la tecnología digital, no están habituados a recibir información de manera textual, por tanto, demandan formas creativas y novedosas a la hora de recibir noticias, este grupo nunca ha comprado un periódico en su vida; al contrario de las generaciones que se educaron en la lectura de libros y periódicos, acostumbrado a recibir forma pasiva las noticias por radio o televisión, cuando no, algunos siguen comprando los periódicos los fines de semana.
Si bien los medios de comunicación siguen actuando como principal fuente de información de las personas, hoy encuentran un competidor más veloz en las redes sociales, porque muchos se han colocado el traje de periodistas. La diferencia radica en cómo encuadrar los temas, que no es otra cosa que seleccionar algunos aspectos de una realidad que se percibe y darles más relevancia en un texto comunicativo, de manera que se promueva una definición del problema determinado y se oriente al lector en el tema tratado.
Los bullados casos de “las maletas” y “la gasolina basura” no han ganado mucha profundidad, justamente porque lo poco que se sabe, se debe a que no existen los medios de comunicación acuciosos, periodistas investigadores, medios de comunicación que converjan sobre el mismo tema (como ocurría hasta hace un par de décadas). Estos casos quedan librados a documentos confidenciales que reciben determinados periodistas, a una mediana investigación con un límite que las autoridades de gobierno permiten y tropiezan ante la famosa frase: “caso en reserva”.
A la pregunta ciudadana ¿por qué no investiga más la prensa? La respuesta es simple: porque en los medios donde antes trabajaban cincuenta periodistas hoy trabajan cinco, de manera que no tiene musculatura para llegar a la investigación. Temas como el enriquecimiento de unos cuantos con el carnaval de Oruro, la falta de consideración con los turistas, la aparición de unos “maras” en Sucre, so pretexto de los carnavales, no pueden ser abordados suficientemente. Ya no existe una agenda de temas importantes en las pequeñas mesas de redacción.
En este nuevo panorama, los temas todavía candentes de las maletas y la gasolina basura corren el riesgo de ser olvidados y personas influyentes, beneficiados con estas irregularidades, seguirán en el anonimato como el tema del Banco Fassil. Si el Internet no habría llegado a Bolivia, probablemente se conocerían más de estas lindezas, aunque suene a ironía barata, porque se cayeron las agendas y hoy es más importante hablar del rejuvenecimiento del exgoleador Martins o las graderías VIP en Oruro.
Ernesto Murillo Estrada es filósofo y periodista.
El presente artículo de opinión es de responsabilidad del autor y no representa necesariamente la línea editorial de Datápolis.bo.
