
ras el incremento de los carburantes en casi cien por ciento, el ministro de Hidrocarburos y Energías, Mauricio Medinaceli, informó que diariamente el gobierno ahorra 10 millones de dólares; si no se lanzaba esta medida, los 100 millones del crédito japonés iban a ser destinados a la compra de carburantes durante 10 días.
La deuda del Estado con entidades y países colaboradores tiene que asumirla alguien. Fácil deducirlo: la población. El hombre común debe pagar un boliviano más cada que se sube a un minibús, cinco bolivianos más por comprar un kilo de carne, treinta centavos más por un pan y así se podría establecer una larga lista de productos.
Esta medida afecta al oficinista, al artesano, al profesor, al albañil y a quienes viven de lo que ganan en un día porque se dedican al comercio informal. Esos son los que han nacido para perder, en este caso pagar la deuda porque el presidente mostró que sus bolsillos están vacíos.
Al frente de esa vereda están los que en las últimas semanas contaron dinero a manos llenas, porque tenían sus almacenes repletos de productos alimenticios, en particular, arroz, azúcar, aceite y huevos. Los economistas afirman que los que casi nunca pierden son quienes controlan los recursos escasos, como productores, especuladores y algunos empresarios con capital que invierten estratégicamente.
En el centro de la tormenta están los transportistas y dueños de los pequeños vehículos, que en esas aguas agitadas tuvieron una ganancia insospechada, porque colocaron tarifas inalcanzables. En algún momento, los dueños de buses interdepartamentales colocaron precios exorbitantes, al punto que un viaje en bus a Cochabamba tenía el mismo costo que un pasaje en avión. En cada crisis económica terminan ganando, aunque proclamen a los cuatro vientos que trabajan a pérdida y piensan en los más pobres.
Para equilibrar la balanza, el Gobierno anunció un alza del mínimo salarial a 3.300 bolivianos, que pone una soga más en el cuello de los pequeños inversores a quienes viene ofreciendo algunos paliativos, se acordó de los mayores a quienes subirá la renta dignidad, mientras a los médicos y profesores les anticipó que no les dará ningún aumento salarial, salvo el que se refiera al ascenso de categoría.
Esta es la vieja historia que cuenta que unos han nacido para ganar y otros para perder, que unos tendrán cada vez más dinero que contar, mientras los otros deberán apretar cada vez más el cinturón, aunque circo nunca les faltará, como en el viejo imperio romano.
Los analistas, que hoy se han multiplicado anuncian que la escasez hay que saberla sobrellevar porque puede impulsar creatividad e innovación, porque los que más pierden con la crisis desde el sector de la producción son los exportadores de materia prima, agrícola y minerales.
Biológicamente estamos diseñados para la lucha. Son millones de años de evolución los que nos equiparon para la sobrevivencia; agradezcan la pobreza, pregonan, mientras advierte que el exceso de holgura, en sociedades acomodadas o en la abundancia, también produce la locura.
Para terminar esta comedia, los que gobiernan en el presente echan todas las culpas a quienes administraron en el pasado millones de dólares; éstos responden: en un mes no han hecho nada, dejen de quejas y asuman responsablemente la herencia que les dejamos. Pero este es un tema que involucra a todos los cínicos de la actual sociedad y que merece otro tipo de análisis.
Ahora entiendo esa famosa frase "stay hungry, stay foolish." “quédense hambrientos, quédense tontos”.
Ernesto Murillo Estrada es filósofo y periodista.
El presente artículo de opinión es de responsabilidad del autor y no representa necesariamente la línea editorial de Datápolis.bo.
