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reocupados por la pérdida del poder adquisitivo de sus sueldos, los maestros se sumaron en los últimos días a las marchas de la Central Obrera Boliviana, y ponen en duda el inicio de las labores escolares en febrero del año que se inicia. A estos derechos conquistados, se suma el temor a perder el ascenso automático de categoría y el bono de antigüedad, amparados por ley; en tanto crece la voz ciudadana pidiendo que se declare al magisterio como profesión libre.

En medio se encuentran la calidad de la educación, la necesidad del cambio de la Ley Avelino Siñani y los resultados poco halagadores, tras 12 años de estudio, razón por la que se vuelve a hablar de la necesidad de realizar las controversiales pruebas PISA.

Las pruebas PISA evalúan a los estudiantes en tres áreas principales: lectura, matemáticas y ciencias. Estas áreas se seleccionan porque se considera que son fundamentales para la participación efectiva en la sociedad y el éxito personal. A diferencia de las pruebas tradicionales, las pruebas PISA se centran en la capacidad de aplicar conocimientos y habilidades en situaciones del mundo real. 

En abril de 2022, el exministro de Educación, Édgar Pary, afirmaba: “Bolivia es un país soberano y, desde ese punto de vista, nosotros no podemos aplicar las pruebas PISA, porque tenemos nuestro propio sistema educativo plurinacional, establecido a partir de la Ley 070 (Avelino Siñani-Elizardo Pérez). Esta norma establece claramente cómo debemos desarrollar nuestra educación”. Esta declaración libró de una pesada carga a los maestros, quienes tampoco ven con buenos ojos esta prueba, pero no por razones políticas, sino por razones sociales: pondrían en juego el trabajo que realizan, porque evaluando a los alumnos, también los evalúan a ellos.

En otras palabras, muchos maestros sufren de eisoptrofobia, que no es otra cosa que el miedo de una persona a ver su propia imagen reflejada en un espejo. En este caso este espejo refleja cómo estamos enseñando, qué estamos enseñando, cuánto se debe cambiar y qué es preciso fortificar.

En 2022 el (OPCE) Observatorio Plurinacional de Calidad Educativa expuso una realidad alarmante: solo tres de cada cien estudiantes pueden resolver pruebas de química y matemáticas. En física, solo dos de cada 100 pasó el examen y en la prueba de lenguaje y escritura, el estudio concluye que: un alto porcentaje de bachilleres bolivianos tienen un dominio deficiente de la producción escrita, evidenciado por dificultades en la organización de ideas, cohesión textual y corrección gramatical. Informe más lapidario, imposible.

La eisoptrofobia está relacionada con los trastornos psicológicos de angustia y ansiedad social, como con supersticiones y miedos irracionales de que algo salga del espejo. En este caso saldrían de este espejo varias evidencias que pondrían en apuros y miedos a algunos maestros.

En las pruebas de lenguaje, por ejemplo, se presenta un tema de tres o cuatro párrafos que requieren atención en la lectura y luego vienen las preguntas con alternativas para saber cuánto entiende el joven de 15 años (esa es la edad en la que se aplica la prueba).

Para tener una idea por dónde andamos, en la última prueba de 2022, participaron 81 países y los países latinoamericanos están ubicados de media tabla para abajo. Argentina está en el puesto 66 en matemáticas, 60 en ciencias y 58 en habilidad lectora; Perú está en el puesto 59 en matemáticas, 59 en ciencias y 55 en habilidad lectora; Paraguay está en el puesto 80 en matemáticas, 75 en ciencias y 68 en habilidad lectora. A Chile y Uruguay les va mejor. Es probable que a nosotros no nos vaya tan bien.

Sería bueno que nuestros 180 mil maestros se sumen a esta tarea de participar en la evaluación PISA, para medir el rendimiento de sus estudiantes y de esta manera poder entender cómo su sistema educativo se compara con otros a nivel global. Es bueno identificar cuáles son las áreas de mejora, porque los resultados de PISA ayudan a identificar áreas específicas donde los estudiantes tienen dificultades; finalmente, el Ministerio de Educación podrá monitorear en el tiempo, cómo cambia el rendimiento de sus estudiantes y evaluar la efectividad de sus políticas educativas.

Ya sabemos que los alumnos de escuelas privadas obtienen mejores resultados que los estudiantes de las unidades educativas públicas y que el nivel socioeconómico de las zonas urbanas determina un mejor nivel que el área rural, pero en el momento esta es una urgencia que supera las huelgas, amenazas de paros y derechos de nuestros maestros.

Ernesto Murillo Estrada es filósofo y periodista.

El presente artículo de opinión es de responsabilidad del autor y no representa necesariamente la línea editorial de Datápolis.bo.