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n los salares de Uyuni, en las cuencas de agua dulce y en los yacimientos de tierras raras, Bolivia enfrenta una amenaza que no se ve a simple vista. La tokenización, ese proceso que convierte recursos físicos en activos digitales negociables en blockchain, promete transparencia y eficiencia, pero también abre la puerta a un nuevo tipo de colonialismo: el digital.

Lo que está en disputa no es solo quién extrae el litio o quién controla el agua, sino quién escribe el código que define su propiedad. En un mundo donde los contratos inteligentes pueden representar toneladas de litio o derechos de agua como simples tokens, el riesgo es que los recursos estratégicos de Bolivia se negocien en mercados globales sin voz ni control estatal.

Impactante es pensar que cada tonelada de litio podría convertirse en un token negociado en Shanghái o Nueva York, mientras en Bolivia ni siquiera se sabría quién lo controla. Activistas recuerdan que la Guerra del Agua fue contra contratos en papel; ahora podrían ser contratos invisibles en blockchain.

El tablero geopolítico añade presión: Estados Unidos busca hegemonizar cadenas de suministro de minerales críticos, China domina la refinación y promueve plataformas propias, Rusia impulsa criptomonedas y soberanía digital como alternativa al dólar. En este juego de poder, Bolivia aparece como proveedor estratégico, pero también como territorio vulnerable.

Las preguntas son urgentes: ¿existe un marco regulatorio capaz de impedir que los recursos estratégicos se digitalicen sin supervisión estatal? ¿Qué capacidades tiene Bolivia para construir plataformas propias de trazabilidad y contratos inteligentes? ¿Cómo se protegerán las comunidades locales si el control de los recursos se desplaza hacia estructuras digitales externas?

Resaltante es la paradoja de la blockchain: puede ser herramienta de soberanía o de desposesión. Si se usa para trazabilidad, cada gramo de litio exportado quedará registrado y controlado. Pero si se deja que otros tokenicen los recursos, se corre el riesgo de perder soberanía sin darse cuenta.

La conclusión es clara y contundente: la soberanía boliviana se juega hoy en un terreno nuevo, la nube. Litio, agua y tierras raras podrían convertirse en simples líneas de código, propiedad de otros. La transparencia prometida por la blockchain puede ser la máscara de una mercantilización que erosiona la capacidad del país de decidir sobre su propio destino.

Lo que no sabemos —o no queremos ver— es que la batalla por los recursos estratégicos de Bolivia ya no se libra solo en la tierra, sino en el código.

Roberto Barrios Garnica es economista, especialista en geoeconomía y experto en desarrollo de corredores bioceánicos.

El presente artículo de opinión es de responsabilidad del autor y no representa necesariamente la línea editorial de Datápolis.bo.