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E

l linchamiento moral al que esta siendo sometido el exministro de hidrocarburos Mauricio Medinaceli no es un acto de justicia; es, más bien, una demostración de cómo opera el poder político que, pese al cambio de su titular, mantiene las pautas culturales heredadas del régimen autoritario.

No es un acto aislado, es una forma de ser que fue inaugurada por el masismo y que ha penetrado hasta las estructuras más íntimas de importantes sectores de la sociedad que participan con gozo del linchamiento y sus verdugos son albergados en la carpa circense institucional plurinacional que en lugar de ser desmontada ha sido prolongada en su existencia.

Bolivia está a la par de lo que sucede en el mundo, la política ha perdido su esencia, ahora es apenas un espectáculo que utiliza las redes sociales para amplificar sus miserias, abundan unos especímenes que se regodean con el mal ajeno, experimentan placer al ver sufrir a otros, no buscan la verdad ni esclarecer los hechos, solo quieren saciar sus ansias de popularidad inescrupulosa, el conocimiento se rinde ante la frivolidad y el consumo.

Pedirles que tengan un comportamiento respetuoso de las reglas de juego y valores y que contribuyan a una convivencia digna es una pretensión que esta fuera de su alcance.

De este modo, los actores políticos obran de acuerdo a sus afectos o desafectos primarios, lo que es heroíco con unos se vuelve un crimen con otros, lo que vale no es el hecho, es la persona que de acuerdo a impulsos del momento es puesta en las nubes del halago o en la picota del escarnio, la verdad es interpretada a gusto del interpretador, o es un arma letal en contra de aquel que ha caído en desgracia o provoca loas del lambiscón en favor del poderoso.

La crisis en Bolivia es compleja, una de sus aristas es la crisis moral que se manifiesta en toda su crudeza con Mauricio Medinaceli, que es usado como cabeza de turco de los desaciertos de otros.

Para los verdugos de Medinaceli no existe relación alguna entre política y moral, son entidades separadas que obran sobre la base de su propia lógica, pedir que el gobernante sea virtuoso o que la política esté sometida a la justicia es una groseria, que el ejercicio del poder este sujeto a una moral absoluta es impensable o presumir que la política es donde se forja la nueva moral colectiva es una quimera.

En la crisis política y moral boliviana, los principios ético morales prescritos abundantemente en la Constitución, son apenas una declaración que el propio MAS se encargó de violentar imponiendo su voluntad por la fuerza, al margen de cualquier regla de juego preestablecida.

El gobierno de Paz Pereira debía haber inaugurado su mandato con la recuperación de valores y principios democráticos en respuesta a la crisis moral, en principio lo hizo tímidamente ´para luego ser asimilado por el pasado y convertirse en su prolongación.

La ciudadanía otrora esperanzada, esta frustrada, ha caído en la abulia y el nomeimportismo, es presa fácil de quienes en las redes sociales alimentan su morbosidad y la convierten en la boba que sustenta regímenes conducidos por prepotentes e ignorantes que envilecen a la opinión pública. Paradójicamente, los amorales e inmorales, aún están a cargo de perseguir y sancionar a quienes podrían conducir el destino del país a un mejor puerto.

De no encontrar pronto una solución a la crisis integral, habrá más Medinaceli, que serán parte de un desfile pavoroso que cobrará mayores víctimas.

Pese a la dolorosa experiencia de Mauricio Medinaceli, los bolivianos agradecemos su sacrificio, porque es la punta de lanza del cambio y la recuperación del Estado de derecho, su esfuerzo debe ser acompañado desde la ciudadanía demandando el cese de esta persecución abusiva.

No hay que darles respiro a los autoritarios ni a los verdugos.

Germán Gutiérrez Gantier es abogado y político.

El presente artículo de opinión es de responsabilidad del autor y no representa necesariamente la línea editorial de Datápolis.bo.