
a crisis económica en Bolivia está a punto de llegar a su punto crítico y la inflación golpea con fuerza en la mesa de las familias, donde más duele. Comprar lo básico se convirtió en un verdadero calvario porque cada visita al mercado representa una batalla contra precios que suben sin control. Mientras tanto, el gobierno sigue gastando millones en publicidad para intentar convencer a la población de que todo está bien, cuando la realidad es que cada día la desesperación crece en los hogares bolivianos.
El Instituto Nacional de Estadística (INE) confirmó que la inflación de enero de 2025 alcanzó el 1,95%, la más alta en 33 años, generando un impacto tremendo en los productos de primera necesidad. El precio del tomate subió un 27,38% por kilo, mientras que la carne de res sin hueso y el pollo entero incrementaron su costo en 4,21% y 4,86%, respectivamente. Las verduras tampoco se salvaron: la cebolla casi duplicó su precio en La Paz, pasando de Bs 8,94 a Bs 17,46 por kilo, y la zanahoria subió de Bs 8,80 a Bs 12,93. En algunos mercados de Cochabamba, la carne molida de res, antes accesible, alcanzó los Bs 41,32 por kilo, generando preocupación entre los consumidores.
La angustia se refleja en cada hogar, donde muchas familias han optado por reducir el consumo de carne o en otros casos sustituirla con arroz o fideos. La búsqueda de precios más bajos se volvió una tarea diaria para muchas personas, que recorren mercados y ferias con la esperanza de encontrar ofertas. Sin embargo, los comerciantes advierten que los costos siguen en ascenso y algunos ocultan productos para venderlos luego a precios más altos. Expertos como el economista Carlos Toranzo señalan que la especulación descontrolada es un factor clave en la subida de precios, lo que agrava aún más la crisis económica.
Este fenómeno provocó un efecto dominó en toda la economía, afectando no sólo a los consumidores, sino también a sectores como las pensiones, comedores populares, restaurantes, locales de comida rápida, cafeterías y puestos en mercados y ferias, que se han visto obligados a subir sus precios. Esto genera una reacción en cadena que impacta especialmente a quienes tienen ingresos limitados y dependen de estos servicios para su alimentación diaria. La incertidumbre crece en la población, que teme que la inflación siga escalando y que cada vez sea más difícil cubrir los gastos básicos.
Por otra parte, la escasez de dólares encareció la importación de insumos y generó desabastecimiento. A esto se suman los bloqueos, derrumbes e inundaciones en las zonas productoras, que han convertido el simple acto de abastecer los mercados en una odisea. Además, el déficit comercial de Bolivia alcanzó 329 millones de dólares en los primeros nueve meses de 2024, lo que ha exacerbado la crisis económica, según informes de la agencia de noticias EFE.
La situación económica en Bolivia se ha deteriorado significativamente, con una escasez generalizada de productos básicos en los supermercados también. Los estantes se vacían rápidamente y hay una notable falta de artículos esenciales como el aceite. Esto se debe en parte a la restricción temporal impuesta por el gobierno sobre las exportaciones de aceite refinado, una medida destinada a abordar la escasez interna pero que no ha logrado solucionar el problema de manera efectiva.
La inflación acumulada en 2024 alcanzó a 9,97%, la más alta desde 2008 advierten muchos expertos. Esta situación debilitó significativamente el poder adquisitivo de la población y provocó un descontento generalizado, reflejado en una caída drástica en la aprobación del gobierno, que pasó de un 42% a menos del 10% en algunos casos, según encuestas realizadas por el Instituto de Investigaciones Sociales y Económicas (IISEC).
Las soluciones son urgentes y deben ser eficaces. Se necesitará una auditoría inmediata a la distribución de alimentos para frenar la especulación. Se deberían también establecer controles reales en los mercados, garantizar subsidios para los productos esenciales de la canasta básica y ofrecer créditos a los productores agropecuarios para incentivar el abastecimiento interno. Además, es hora de revisar el gasto público y destinar los recursos a lo que realmente importa, en lugar de despilfarrarlos en propaganda y proyectos innecesarios.
Con las elecciones presidenciales que se aproximan, surge la interrogante: ¿seguirá el gobierno ignorando el sufrimiento de su pueblo o tomará medidas concretas para detener esta crisis? Si no puede, lo más sensato sería dar un paso al costado y permitir que otros intenten sacar al país del caos. Mientras tanto, la gente sigue viendo cómo el dinero alcanza para menos, cómo la comida desaparece de sus mesas y cómo las promesas oficiales no sirven de nada cuando la realidad se impone cruelmente.
Mirna Luisa Quezada Siles es periodista.
El presente artículo de opinión es de responsabilidad de la autora y no representa necesariamente la línea editorial de Datápolis.bo.