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uando se habla de descolonizar la educación, en la mayor parte de los casos se interioriza un dogma cultural muy extremo: considerar a la ciencia universal y al pensamiento occidental, como si fueran un virus cognitivo que contamina el mundo e impide una educación sana. Sin embargo, hay un velado pánico a considerar que la descolonización sea una equivocación ideológica, sustentada solamente en prejuicios y oscurantismos insalvables.

Un estudiante que conoce su propia cultura no tiene por qué negar, acusar o condenar la matriz cultural de occidente y los conocimientos científicos contemporáneos. En materia de educación, los jóvenes pueden reivindicar una identidad cultural y, simultáneamente, leer a Shakespeare, estudiar a Darwin, comprender a Einstein, interpretar estadísticas, programar, utilizar inteligencia artificial, analizar a Marx, discutir a Aristóteles, conocer la literatura latinoamericana y comprender los peores problemas del planeta. Esta apertura, en el fondo, liquida la ideología de la descolonización, promoviendo la libertad intelectual como un valor infinitamente mayor.

En la tarea de comprender el mundo y ejercer una libertad de pensamiento, las pruebas del Programa para la Evaluación Internacional de Estudiantes (PISA), creado por la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos (OCDE), miden el rendimiento académico de los jóvenes de 15 años, desde una perspectiva donde los conocimientos representan una ventana hacia el mundo.

La ignorancia no deja de ser ignorancia cuando adquiere una identidad cultural y aquí radica la equivocación de la descolonización de la educación, convertida en dogma improductivo. Al adherirse a las pruebas PISA, los países encuentran una alternativa importante: la mirada hacia afuera. Su metodología utiliza procedimientos estandarizados para hacer comparables los resultados entre sistemas educativos, con el objetivo de recoger información sobre estudiantes, escuelas y contextos. Sin embargo, no explica todo, aunque informa algo que Bolivia necesita saber con urgencia: qué pueden hacer nuestros estudiantes cuando se enfrentan a conocimientos que no fueron diseñados exclusivamente para nuestro currículum nacional.

PISA ofrece información incómoda, pero vital

En materia de política educativa, las pruebas PISA ayudan a dejar de tener miedo a la información sobre el rendimiento escolar. Una evaluación que solamente confirma lo que ya creemos saber tiene un valor limitado, mientras que una evaluación que revela una brecha entre nuestras pretensiones educativas y las capacidades efectivamente desarrolladas por los estudiantes, puede convertirse en el comienzo de una transformación.

Por eso PISA no brinda pruebas que se utilizan para humillar a los estudiantes, atacar a los maestros o fabricar información alarmista. La principal utilidad está en otro lugar: establecer referencias externas que permitan saber dónde estamos, observar tendencias y discutir qué se debe modificar.

Incluso la Unesco ha advertido que reducir PISA a un ranking de países significa desaprovechar buena parte de su valor. Bolivia necesita asumir el desafío educativo del futuro, que se resume en la siguiente fórmula: mejorar la educación es lograr una combinación productiva entre identidad y universalidad. No se necesita escoger entre Bolivia y el mundo, sino formar jóvenes capaces de desenvolverse en el mundo.

La educación tiene que enseñar a leer a Gabriel García Márquez, pero también a interpretar un gráfico estadístico. Debe conocer la historia boliviana, pero también comprender la historia universal. Debe garantizar el dominio del idioma español, abriendo inclusive las puertas al inglés y otras lenguas internacionales. Tiene que estudiar los conocimientos ancestrales, sin convertirlos en sustitutos de la ciencia. Debe valorar la comunidad, pero también desarrollar autonomía intelectual. Debe enseñar identidad, pero también pensamiento crítico. Debe enseñar solidaridad, pero también competencias. Debe enseñar a utilizar la inteligencia artificial sin abandonar la capacidad de pensar. Estas combinaciones son mucho mejor que cualquier consigna de descolonización.

PISA no es para “gobernar” las políticas educativas

Si Bolivia decidiera adherirse a tomar las pruebas PISA, no necesita convertirlas en su currículum nacional. Necesita utilizarlas como una referencia externa, entre varias otras, para construir un sistema de evaluación más sólido. PISA tendría que complementarse con evaluaciones nacionales, estudios cualitativos, información sobre la primera infancia, formación docente, condiciones escolares, equidad territorial, educación superior, mercado laboral y seguimiento permanente de los estudiantes.

La existencia de múltiples instrumentos no justifica prescindir de la comparación internacional. Al contrario, cuanto más compleja es una sociedad, más necesita diferentes referencias. PISA puede ser una de ellas.

La discusión educativa en Bolivia ha estado demasiado concentrada en leyes, modelos, discursos y declaraciones de principios, cuando las preguntas fundamentales son más simples: ¿Qué saben hacer nuestros estudiantes? ¿Pueden leer y comprender un texto complejo? ¿Pueden distinguir una afirmación de una evidencia? ¿Pueden interpretar un gráfico? ¿Pueden resolver un problema matemático que no les fue presentado exactamente como el ejercicio de la clase? ¿Pueden formular una explicación científica? ¿Pueden utilizar información digital sin convertirse en consumidores pasivos de ella? ¿Pueden enfrentarse a un problema desconocido y buscar una solución? ¿Pueden aprender algo nuevo por sí mismos? Estas preguntas no son extranjeras, son universales.

La educación no tiene que elegir entre ser boliviana o universal. Tiene que superar esa falsa disyuntiva. Porque un país pequeño que educa a sus jóvenes solo para comprender su propio territorio, corre el riesgo de convertir la escuela en una muralla. En cambio, un país que educa a sus jóvenes para comprender su territorio y, al mismo tiempo, participar intelectualmente en el mundo, convierte la escuela en una “puerta abierta” a lo nuevo.

PISA vale la pena por eso, no porque tenga la última palabra sobre la educación, sino porque nos obliga a escuchar otras voces. Esta es la lección que más necesitamos aprender: la educación que prepara para el futuro no puede enseñar a nuestros jóvenes solamente a vivir dentro de Bolivia; tiene que enseñarles también a pensar en el mundo.

La descolonización educativa no consiste en cerrar las ventanas para proteger nuestra identidad; consiste en abrirlas, mirar hacia afuera y tener la suficiente confianza intelectual para entrar en conversación con el mundo. PISA puede ser una de esas ventanas.

Franco Gamboa Rocabado es sociólogo político y catedrático Fulbright de Ciencias Políticas.

El presente artículo de opinión es de responsabilidad del autor y no representa necesariamente la línea editorial de Datápolis.bo.