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stamos en un tiempo difícil y desde esa dificultad trataré de escribir algo apelando a la mayor sensatez posible; no es fácil hacerlo pues estamos viviendo un período de locura o de duelo dirían otros. Locura por toda la perturbación a la que nos vimos sometidos, tantas emociones juntas que nos confunden; duelo porque hemos perdido un estilo de vida y eso duele.

La crisis sanitaria repentina y poco común sembró en nosotros incertidumbre e inercia. Nos dejó paralizados y la parálisis no siempre quiere decir quedarse quietos, en muchos casos significa moverse hacia atrás.

Este es el punto de atención, quedarnos quietos por un momento es muy saludable. En la quietud es donde escuchamos lo que en movimiento no oímos; ahí es donde reposamos sintiendo que alimentamos lo intangible de nosotros. Pero, cuando empezamos a movernos, debemos asegurarnos de que sea hacia adelante.

La brújula intuitiva, la que tenemos en nuestro interior, es la que marcará el norte, nos tendría que brindar confianza y dirección. Finalmente, es la función de ella, marcarnos el norte; lo que no quiere decir que nos marcará el camino.

El camino es alterno, depende de la perspectiva que cada uno tenga, lo importante es no ignorar la marcación de la brújula para que cada paso que demos contribuya a la dirección correcta. La brújula es un elemento complementario, como lo son también los mapas. Ellos dos –brújula y mapas– nos permiten ubicarnos donde estamos.

¿Dónde estás tú ahora? y ¿dónde quieres estar después?

Los caminos son diversos, las perspectivas también. Para muchos avanzar sobre la carretera es un lugar seguro; otros encuentran seguridad en el desierto. Ambos son caminos de aprendizaje para el que quiera aprender (mejor dicho, avanzar).

Para quienes prefieren avanzar por la carretera a diferencia de los otros, necesitan señalizaciones, se sienten más cómodos y seguros siguiendo las líneas, demandan instrucciones claras y precisas, están atentos para dar la curva cuando se presente (educación formal). Los que optaron por el desierto se despojaron de estructuras, de límites, de reglas y de espacios (educación in-formal).

El aprendizaje es aprendizaje siempre y cuando tenga significado para quien se apropie de ese conocimiento, no importa si lo adquiere sobre ruedas en un camino asfaltado o caminando en las arenas del desierto. Muchos afirman que los últimos cuatro meses de vida fueron de puros aprendizajes.

Aprendizajes que van desde tareas domésticas, aprendieron a cocinar y junto con ello se enteraron que las mascotas de la casa comen y defecan (por tanto, se los atiende y se limpia).

Aprendizajes tecnológicos, aprendimos a dar y recibir clases mediatizados por las pantallas.

Aprendizajes de convivencia, algunos finalmente conocieron los gustos y opiniones de sus hijos.

Aprendimos que la vida no tiene precio, y si le ponen no hay donde comprarla o venderla. Aprendimos que la salud es lo más valioso que tenemos y que el tiempo es el único recurso no renovable.

Aprendimos que el aprendizaje es un proceso y no propiamente un sistema. Aprendimos que aprender depende más del que quiere hacerlo que del que quiere enseñarnos. Aprendimos que los valores se trabajan en casa más que en la escuela. Aprendimos que el aprendizaje no se paraliza aunque a veces sintamos que el corazón lo hace.

Mientras nuestras razones sean correctas y nos esforcemos por avanzar, aprendimos que no importa el camino y que sólo depende no perder el norte del destino.

Jean Carla Saba es conferencista, escritora, coach ejecutiva y de vida.

El presente artículo de opinión es de responsabilidad de la autora y no representa necesariamente la línea editorial de Datápolis.bo.