
umplimos siendo honestos sólo diciendo la verdad y siendo justos. La honestidad es un comportamiento o una actitud que se ajusta a esos dos valores: verdad y justicia. La verdad tiene que ver con ser consistente con la realidad y la justicia, con dar a cada uno lo que le corresponde.
¿Cuán veraces somos? ¿Cuán justos somos? o mejor lo expongo en primera persona para que así tratemos de portarnos lo más “brutalmente honestos” y no escarbemos en encontrar culpables o responsables ajenos a nosotros mismos: ¿cuán veraz soy?, ¿cuán justo soy?
Si soy gobernante o periodista, ¿mantengo a los ciudadanos informados con la verdad? Si soy testigo de un accidente o de un robo, ¿le digo al juez lo que vi? ¿Reconozco cuando me equivoco? ¿No agrando mi currículum? ¿Copio en algún examen? ¿Pago las deudas que contraigo? Si soy médico, ¿receto estudios o remedios que el paciente no necesita? o ¿le digo los riesgos reales que corre en la operación? ¿Compro libros piratas o juegos ilegales? ¿Soy sincero y no tengo segundas intenciones con el trato con otras personas? ¿Saco ventajas de las situaciones de inferioridad de otros individuos?, ¿vivo motivado?, ¿la vida me entusiasma?
Me detengo en las preguntas porque es posible que algunas no podamos responder con absoluta honestidad o por lo menos no delante de nuestros hijos, y me quedo con las últimas.
¿La vida me entusiasma? ¿Vivo motivado/a?
Y como la pregunta está formulada en primera persona, la respuesta será coherente a ella y así mismo la responderé, pensando en mí:
A lo largo de mi vida constaté que nada grande se obtiene sin entusiasmo, todo lo que conseguí lo hice con un deseo ardiente que me empujaba para hacerlo, así como los futbolistas se enamoran de sus posibles goles, yo lo hice con mis sueños, con mi familia, con mis relaciones y con mi trabajo. Comprendí las palabras de Confusio cuando dijo que “escoja un trabajo que ame y no tendré que trabajar ni un solo día en mi vida”, me entusiasma lo que hago y me motiva seguir haciéndolo.
El entusiasmo tiene la enorme capacidad para revertir la adversidad en aprendizaje, lo negativo en positivo y lo triste en superable. Es aquello que no deja que muera nuestro niño interior, aquel que está dispuesto a acompañarnos hasta la vejez y que permite que las cosas simples nos sorprendan. Los adultos andamos en piloto automático, no queremos o no dejamos que nada nos sorprenda, nos negamos a hacer cosas nuevas y parece que estamos programados para sobrevivir más que para vivir. El entusiasmo ha sido entregado como un don de nuestra niñez, los niños están expectantes, insisten en lo que esperan y se alegran al conseguirlo, no pierden la motivación por el juego y el entusiasmo al hacerlo acompañados.
Los adultos que viven mejor son los que viven en un estado de entusiasmo radiante (no ficticio), son los que hacen su trabajo sin sentir que lo sea y cuando lo terminan, el cansancio les provoca satisfacción. Los entusiastas le dan más valor a sus ideas y esas ideas logran transformarlas en hechos que habitualmente transforman también a otros. Los entusiastas no dejan la palabra muerta y se esfuerzan en volverla acción contagiante: “vamos”, “juguemos”, “viajemos”, “arriesguemos”, “aprendamos”, “crezcamos”.....en fin, siempre el verbo incluye a otros en sus planes.
Sin embargo, para que ese entusiasmo sea un entusiasmo inteligente, debe contener fe. Esa es una buena combinación: inteligencia y fe. La inteligencia nos vuelve creativos y nos da ideas en cada momento para revertir las situaciones que no aparentan ser favorables y la fe nos mueve a creer que todo es por algo y que alguien (Dios) sabe y ve lo que nosotros no sabemos ni vemos.
Los días más tristes que tuve en mi vida son aquellos que no encontré motivo para estar feliz, agradecida, motivada o expectante, hoy no quiero que sea uno de ellos; desde ya, esta columna la estoy escribiendo fuera de mi ciudad, en computadora prestada, con presión de tiempo para cumplir con el periódico, con muchas ideas en la cabeza y siendo brutalmente honesta conmigo y ustedes diciéndoles la verdad y siendo justa con mis compromisos.
Vivo motivada y no quiero dejar de moverme en especial buscando la dirección correcta y no quiero que la vida deje de entusiasmarme porque si lo hace es señal de que Dios ya no está dentro mío (Entusiasmo parafraseado es Theos Intro) y pase lo que pase no quiero desalojarlo.
Jean Carla Saba es conferencista, escritora, coach ejecutiva y de vida.
El presente artículo de opinión es de responsabilidad de la autora y no representa necesariamente la línea editorial de Datápolis.bo.
