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a muerto Miguel Urioste, gran persona, católico convencido y auténtico, hombre honesto y profesional que puso sus conocimientos, su energía y su vida al servicio de una causa que consideró justa: la reivindicación de los derechos de los indígenas y los campesinos bolivianos.

Su partida se suma a la de otros hombres y mujeres que le precedieron en el camino, dejando también huella indeleble por sus cualidades y compromiso. Antes que Miguel partieron Alfonso Camacho, Alfonso Ferrufino y Antonio Araníbar, entre otros políticos también honestos y comprometidos. Antes que ellos lo hicieron Vicente Mendoza Nava, Benjamín Miguel, Remo Di Natale, Rafael Gumucio, Ricardo Bacherer, Jorge Derpic Matulic, Luis Ossio, Óscar Bonifaz y Eduardo Bracamonte, católicos militantes, democristianos auténticos y de corazón. Del último de los nombrados queda ―entre varias otras cosas― el recuerdo de su renuncia a un cargo importante en el Estado, porque no quiso cohonestar actos de corrupción.

En otro ámbito, partieron también ―hace varios años― los sacerdotes Sergio Castelli, Eugenio Natalino y Francisco “Paco” Dubert, que dieron, cada uno a su modo y estilo, nota de su compromiso con quienes lo necesitaban. Enrique Medrano, en México y Luis Alfonso Fernández Flores en Potosí, con muchas cualidades cada uno de ellos.

Entre las mujeres, mi madre Olga Salazar, mujer buena como pocas y, hace algunos meses, mi señora María Elena Burgos Palacios, que es recordada por su labor en la defensa de los derechos de las mujeres.

¿Por qué la muerte?, ¿Hay algo después de ella?… son algunas de las preguntas que nos hacemos muchos, y que nos causan angustia por el misterio que encierra. Contrariamente a lo que podría pensarse, las respuestas a estas preguntas no sólo han ocupado a teólogos católicos o protestantes como Cándido Pozo, Leonardo Boff, Hans Küng o Jon Sobrino, sino también a ilustres pensadores como Arnold Toynbee, autor del célebre “Estudio de la historia”.

Considerado por algunos como agnóstico, aclaró al final de sus días que tenía una profunda fe religiosa y junto con otros pensadores (Arthur Koestler, Cottie A. Burland y varios más) escribió la genial obra “La vida después de la muerte”, en la cual se pone en evidencia cómo las sociedades primitivas, las religiones de África y del oriente, las civilizaciones de la América precolombina y las del cercano oriente, así como la sociedad islámica, sostienen que hay una vida después de la muerte.

Haciendo reminiscencia a Heródoto, Toynbee recuerda cómo Jerjes, el emperador persa, lloró luego de pasar revista a su inmenso ejército expedicionario, al darse cuenta de que ni uno solo de sus miembros estaría vivo cien años más tarde. De ahí por qué, dice Toynbee, ante la inevitabilidad de la muerte surge el interés en ella, y el interés del hombre en la muerte provoca, a su vez, interés en lo que sigue después de ella.

Boff dice que uno de los traumas más difíciles de resolver por la psique y por la conquista de la libertad es el de la muerte, que se presenta como la suprema negación de la vida, frustrando la fuerza motriz fundamental del sistema de la vida, el verdadero núcleo dinámico de todo ser que, según Freud, es el deseo. Deseo que no sólo es de esto o de aquello, sino de la plenitud, de la totalidad, de la vida sin muerte, en suma.

La pretensión de omnipotencia solamente se realiza en el deseo, no en la realidad. Por eso existen las frustraciones y las renuncias que obligan al deseo a la aceptación. En el caso que analizamos, es la presencia de Thánatos, de la muerte, frente a la vida personificada en Eros.

Pero, hete aquí que hace muchísimos años hubo alguien que, sin ser teólogo ni sacerdote, sino movido por su práctica fruto de su conversión, llamó “hermana” a la muerte. No sólo eso, sino que la recibió de la mejor manera cuando estaba a punto de morir diciéndole: “Bienvenida seas, mi hermana muerte”.

Fue Francisco, el poverello de Asís, quien integró el trauma de la muerte en el contexto de la vida y, de este modo, destronó a aquella de su status de señora de la vida y última instancia, produciendo el triunfo del Eros sobre el Thánatos.

Próximo a morir, Francisco agregó al “Canto al hermano sol” una estrofa que decía: “Y por la hermana muerte, ¡Loado mi Señor! / Ningún viviente escapa de su persecución. ¡Ay, si en pecado grave sorprende al pecador! / Dichosos los que cumplan la voluntad de Dios: / No probarán la muerte de la condenación”. Integrar la muerte a la vida nos permite esperar con confianza lo que viene después y repetir, con Gustavo Gutiérrez, el teólogo de la liberación peruano, que “la Resurrección es la muerte de muerte”.

Así se hará realidad, por nuestra hermana, la muerte corporal, de la cual ningún hombre viviente puede escapar, el triunfo del bien sobre el mal, de la vida sobre la muerte.

Cantaremos entonces, no en condicional sino en afirmativo, aquello que está escrito en el hermoso “Adiós Nonino” que Astor Piazzolla, con letra de Eladia Blázquez, compuso cuando murió su padre: “El día que se corte mi piolín, te veré y sabré que no hay fin”.

Carlos Derpic Salazar es abogado.

El presente artículo de opinión es de responsabilidad del autor y no representa necesariamente la línea editorial de Datápolis.bo.