
l sociólogo Hugo José Suárez dijo en una reciente columna de opinión que el poder convierte a uno en el monstruo contra el cual luchó, mostrando una manera de entender la vinculación entre poder y el comportamiento de los seres humanos. Hay otra que afirma que el poder, no cambia a nadie, sólo permite descubrir a una persona tal cual es, no como aparenta ser. En esa línea, alguien escribió hace muchos años que, si se quiere conocer a un hombre, hay que dotarle de gran poder.
Creo más en esto último que en lo primero, en que el poder abre la llave para que una persona se muestre como realmente es, aunque cueste creer que sea así. Por ejemplo, ¿quién pudo imaginar al joven guerrillero sandinista Daniel Ortega, que en 1979 fue determinante para la caída de la dinastía de los Somoza en Nicaragua, hacer las barbaridades que está haciendo hoy en ese país? ¿Cómo fue que se transformó de un valiente luchador por la libertad, la democracia y la justicia, en un monstruo que encarceló a sus antiguos compañeros de lucha, incluido su propio hermano Humberto, al sacerdote poeta Ernesto Cardenal y el exvicepresidente y escritor Sergio Ramírez, al que privo de su nacionalidad? ¿Cómo fue que decidió ahora, en consulta con su mujer Rosario Murillo y sus varios hijos, decidir que ya no habrá más elecciones en Nicaragua? ¿Qué pasó para que persiga con semejante saña a obispos y sacerdotes de la Iglesia Católica? ¿Cómo fue que se convirtió en el violador de su hijastra por décadas, apañado por la madre de ésta?
En realidad, en el fondo del ser de este sujeto despreciable, anidaba su angurria de poder y de dinero, los dos elementos demoníacos que rodean y tientan a las personas, conforme afirma el abogado y filosofo del derecho mexicano Jesús Antonio de la Torre Rangel. De ese modo, cuando Ortega llegó al poder, decidió no dejarlo más, y hacer cuanto estuviera a su alcance para mantenerse en él. No le pasa sólo a Ortega, sino a todo dictador encaramado en el poder de su país. Ejemplos sobran. Ahí está su vecino, Bukele, en El Salvador, gobernando impunemente, prohijado por una gran mayoría y admirado por muchas personas en el mundo y en Bolivia, como lo demostró el vicepresidente Lara en ocasión de su posesión en noviembre pasado. Están Putin, Lukashenko, Xi Jinping, Kim Jong-un, Trump, Y varios más. Está también Evo Morales que, ante los desaciertos y el caminar errático del gobierno de Paz Pereira, quiere regresar y afirma, suelto de cuerpo, que el 95% de la población boliviana quiere su retorno.
Ahora bien, lo grave de los tiempos que vivimos, es la manera en que la inteligencia artificial está dando lugar a una concentración de poderes, así, en plural. Lo han advertido varios pensadores y líderes importantes: el escritor Yuval Nova Harari en su libro Nexus, el papa León XIV en su encíclica Magnifica Humanitas, y ahora el filósofo del derecho mexicano Pedro Salazar, que acaba de publicar un libro, “Totalitarismo total”, que ha inspirado el título de esta columna. Harari examina en su obra cómo la tecnología está transformando nuestra forma de vivir, pensar y relacionarnos y se pregunta su estamos preparados para las implicaciones éticas y sociales de la inteligencia artificial, y sobre el papel que tiene la humanidad en un futuro controlado por algoritmos.
En Magnifica Humanitas, León XIV aborda las nuevas cosas que vive el mundo de hoy y la necesidad de mantenernos profundamente humanos frente a la deshumanización digital. Luego hace un examen de la historia de la doctrina social de la Iglesia, reafirmando la dignidad inalienable de la persona y actualizando principios como el bien común y la subsidiaridad para orientar la revolución digital. Más adelante plantea la ineludible necesidad de que el ser humano mantenga el control sobre las máquinas, para continuar con el análisis acerca de la desinformación, la protección de los empleos frente a la automatización y la lucha contra las nuevas esclavitudes digitales. En la parte final de la encíclica, proponer pasar de un mundo de conflictos y armas con inteligencia artificial a una civilización del amor y concluye con un llamado a ser arquitectos sabios para que la humanidad nunca pierda su belleza habitada por Dios.
Salazar, por su parte, afirma que nunca se vivió una concentración de poderes tan ingente como la que estamos viviendo ahora: poder económico, político e ideológico están concentrados en pocas manos, por la gran cantidad de recursos que tienen algunas empresas que ahora, de diferentes maneras y por diferentes medios, inciden en las conversaciones, la cultura y en un mayor control ideológico que alcanza, a su vez, a un mayor número de personas en el mundo. Advierte que estamos muy cerca de convivir con seres llamados “agentes cognitivos autónomos”, que tienen agencia, aprenden y empiezan a tomar y ejecutar decisiones por cuenta propia. ¿Quién será, en estos casos, responsable de eventuales catástrofes?, se pregunta.
Es ahí donde surge, una vez más, la importancia de la moral y la ética, sobre todo ante la dificultad de regular todo lo que sucede. Un ejemplo importante a este respecto es el de Anthropic¸ que decidió no abrir su herramienta Mythos al público en general.
En fin, el tema de la inteligencia artificial excede con mucho a las posibilidades que entrega al ser humano y la utilización que hace de ella un ejército de flojos y sinvergüenzas que abundan por doquier. Va mucho más allá. Hoy, la guerra la está utilizando para matar personas y está empezando a confundir un sentimiento humano tan importante como el amor.
No debemos permitir que se llegue a un totalitarismo total a manos de la IA. Está en nuestras manos impedirlo.
Carlos Derpic Salazar es abogado.
El presente artículo de opinión es de responsabilidad del autor y no representa necesariamente la línea editorial de Datápolis.bo.
