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rancis Fukuyama y Samuel Huntington tuvieron en los años 90 del siglo pasado gran influencia en el pensamiento político e ideológico relacionado con la confrontación entre el liberalismo democrático y las ideologías autoritarias que dominaron el mundo en la historia reciente y pasada.

En 1992 Francis Fukuyama publicó su libro “El fin de la historia y el último hombre” en Estados Unidos, cerca de dos años después de la caída del muro de Berlín en 1988, hace 38 años. La obra despertó cientos de comentarios y traducciones en diferentes idiomas tanto en su país, Estados Unidos, como en Europa, Asia y en otros.

El título “fin de la historia” hace referencia a la dialéctica hegeliana tesis-antítesis y síntesis del filósofo alemán Friedrich Hegel, con la que Fukuyama evoca la posibilidad de que en el largo plazo la historia y la ideología liberal lleguen a universalizarse como la “forma final” de los gobiernos en la mayoría de las naciones.

Según Fukuyama los gobiernos liberales han demostrado durante más de dos siglos que la ideología liberal es superior a las ideologías rivales comunista, fascista o de las viejas monarquías hereditarias. Superior también a los gobiernos autoritarios posteriores como Rusia, China, Venezuela y otros dirigidos por una sola persona, el dictador, y no por sistemas democráticos de personas apoyados y dirigidos por instituciones. Las características principales de la ideología liberal serían la tolerancia, la moderación, el respeto a las personas y a la propiedad privada, el Estado de derecho y otras.

Al poco tiempo, en 1993, Samuel Huntington, exprofesor de Fukuyama en la Universidad de Harvard, le respondió con el libro “El choque de las civilizaciones”, planteando una nueva tesis sobre los conflictos mundiales de la época. La nueva tesis afirmaba que el enfrentamiento en el mundo sería entre la democracia del mundo occidental y los grandes bloques religiosos y culturales, en referencia a los conflictos armados y al terrorismo en ese período en Europa y en otras regiones relacionados con el mundo musulmán.

En este ambiente de esperanza en el triunfo del liberalismo democrático en el mundo se realizó en 1994 la Primera Cumbre de las Américas en los Estados Unidos. En esos tiempos se respiraban aún las ideas de la vieja Doctrina Monroe de “América para los americanos”. En la Declaración de Principios de la Cumbre se afirmaba que “los jefes de Estado y de gobierno elegidos estamos comprometidos a fomentar la prosperidad, los valores, las instituciones democráticas y la seguridad de nuestro Hemisferio.

Por primera vez en la historia las Américas son una comunidad de sociedades democráticas.” Señalaba también que “si bien nuestros países enfrentan diferentes desafíos en materia de desarrollo, están unidos en la búsqueda de la prosperidad a través de la apertura de mercados y el desarrollo sostenible”. Hacían igualmente referencia a las relaciones internacionales entre los países reiterando “nuestra firme adhesión a los principios del derecho internacional y a los propósitos y principios consagrados en la Carta de las Naciones Unidas y en la Carta de la Organización de los Estados Americanos (OEA), incluidos la igualdad soberana de los Estados, la no intervención, la autodeterminación de los pueblos y la solución pacífica de controversias.”

Lamentablemente, a los pocos años, ni siquiera una década, comenzaron a suscitarse fenómenos políticos y confrontaciones inesperadas en ruptura radical con el ambiente generado después de la caída del Muro de Berlín. El ambiente de esperanza en el liberalismo democrático mencionado por Fukuyama estalló en pedazos y los Principios formulados por la Cumbre de las Américas de 1994 se hicieron trizas.

Entre los acontecimientos inesperados se encontraban la llegada del coronel Hugo Chávez a la presidencia de Venezuela en 1999, así como, por otra parte, los atentados a las Torres Gemelas de Nueva York el 2001 por el musulmán Osama Bin Laden y su organización terrorista Al-Qaeda. Este último caso parecía dar la razón a Huntington, mientras lo de Venezuela contradecía abiertamente a Fukuyama.

Desde el principio de este siglo varios países latinoamericanos implantaron regímenes políticos llamados de “Socialismo del Siglo XXI”, como Venezuela, Nicaragua, Bolivia y otros con variantes populistas. El inspirador de estos gobiernos no fue Carlos Marx ni Vladimir Lenín ni Fidel Castro, como en el siglo pasado, sino, como se dijo, el coronel Hugo Chávez.

Chávez llegó a la presidencia no con un discurso socialista dirigido a expropiar a los capitalistas -como en la Unión Soviética o en Cuba-, sino directamente contra el “liberalismo” o el “neoliberalismo”, denunciando a los gobernantes por corruptos, explotadores del pueblo y generadores de la pobreza. Una vez en el poder, Chávez dictó medidas internas y externas que cambiaron las condiciones de vida de la población y las relaciones internacionales de Venezuela. Las internas congelaron los precios de los bienes de consumo de gran demanda popular pero dañando la economía de los productores y comerciantes de las ciudades y del campo. El daño causó el cierre de las empresas y la inflación galopante y provocó las fuertes migraciones al exterior tanto de los empresarios como de los desocupados.

Las medidas populistas inauguraron un régimen de “gobierno híbrido” conformado por una mezcla de arbitrariedades políticas y económicas dirigidas a frenar y destruir las organizaciones democráticas neoliberales, así como supuestamente a satisfacer las demandas populares. En los barrios populares se organizaron grupos armados —llamados “colectivos”— para defender la “revolución bolivariana” y luchar contra el imperialismo estadounidense. Cientos de opositores fueron acusados de ser proimperialistas y las cárceles comenzaron a llenarse de presos políticos. Desde entonces el régimen es conocido como “chavismo”.

Al poco tiempo Chávez mostró que tenía pretensiones internacionales no solo limitadas a los países latinoamericanos, sino también de más allá del continente, aliándose con Irán y apoyando sus políticas y prolongaciones por el mundo. En este contexto Chávez organizó un Eje Estratégico Central con Cuba e Irán dirigido a luchar contra los Estados Unidos principalmente. Los instrumentos de esta lucha no eran los tradicionales -ideológicos, políticos, económicos- sino otros como el tráfico de drogas a gran escala, el lavado internacional de capitales, la trata de personas, el terrorismo y la desestabilización política de los países. Con estos estos instrumentos el chavismo cooptó y se alió con partidos y dirigentes políticos de países de América Latina, así como con los antiguos grupos guerrilleros y con los poderosos cárteles de narcotraficantes de distintos países.

Este es el modelo chavista que se expandió por toda América Latina con el objeto de frenar, desestabilizar y destruir a los países liberales y democráticos tanto desarrollados como en desarrollo.

La existencia y expansión de este modelo no fue previsto por Fukuyama.

Bernardo Corro Barrientos es economista y antropólogo.

El presente artículo de opinión es de responsabilidad del autor y no representa necesariamente la línea editorial de Datápolis.bo.