
l viernes, el presidente Rodrigo Paz Pereira comunicó una decisión de fondo: eliminó el subsidio al diésel.
No es una decisión cómoda. No es popular. No es electoralmente rentable. Y, sobre todo, es una decisión que tendrá un costo muy alto para los bolivianos.
El Estado ya no puede continuar financiando indefinidamente un subsidio que consume recursos que el país no tiene. Y probablemente tampoco podrá sostener indefinidamente el de la gasolina.
Las dirigencias sindicales ya reaccionaron. Es comprensible. Transportistas, trabajadores y organizaciones sociales tienen que defender los intereses de sus bases. Si no lo hacen, sus propias bases les pasarán la factura.
Pero hay otra Bolivia.
La Bolivia que no está sindicalizada, que no tiene dirigentes, que no responde a intereses corporativos y que simplemente observa una realidad elemental: no se puede seguir gastando lo que el Estado ya no tiene.
Ahora empieza la verdadera prueba para el Gobierno: que el sacrificio tenga sentido.
Que haya combustible. Que desaparezcan los negocios alrededor de la escasez. Que exista transparencia. Que los recursos liberados tengan un destino visible. Que la carga no recaiga exclusivamente sobre quienes menos tienen. Esa será la verdadera batalla política.
Porque quienes pretendan utilizar el inevitable malestar provocado por esta medida para generar turbulencia política y volver a instalar el discurso de la renuncia presidencial o del acortamiento del mandato, deberían pensarlo dos veces, ya que existe un factor que juega en contra: el factor Edmand Lara.
Durante meses, Lara fue la piedra en el zapato de Rodrigo Paz. El presidente decidió enfrentarlo con una estrategia de silencio y distancia. Y le funcionó. Pero ahora aparece una paradoja política sumamente interesante.
El vicepresidente, que fue uno de los mayores problemas políticos del Gobierno, puede estar convirtiéndose, involuntariamente, en uno de los factores que más contienen una eventual ofensiva contra el presidente.
¿Por qué?
Porque el temor ciudadano ya no tiene que ver solamente con la personalidad, la volatilidad o la incertidumbre que genera Lara.
Ahora aparecen señales políticas que alimentan otro temor.
Hace pocos días, durante los actos por la efeméride de Cochabamba, Lara participó en una sesión de honor de la Asamblea Departamental junto al gobernador Leonardo Loza, una figura identificada con el evismo. Mientras el presidente participaba en actos paralelos junto al alcalde Manfred Reyes Villa, Lara compartía escenario con Loza. Incluso hubo gestos públicos de acercamiento entre ambos.
Lara ha rechazado que aquello signifique un acercamiento al evismo y explicó que simplemente respondió a una invitación de la Gobernación. Pero la política no se construye solamente con explicaciones; se construye con señales.
Y las señales están provocando una pregunta cada vez más incómoda: ¿Estamos frente a un vicepresidente simplemente díscolo y confrontacional o frente a un actor político funcional a Evo Morales?
Ahí está la paradoja.
El que fue la piedra en el zapato de Rodrigo Paz puede terminar siendo, hoy, una de las razones por las que sectores críticos al Gobierno estén dispuestos a ofrecer respaldo antes que abrir una sucesión incierta.
El Gobierno tiene que gobernar. Tiene que explicar. Tiene que negociar. Tiene que compensar. Tiene que garantizar combustible. Y tiene que demostrar que esta decisión es el principio de un cambio y no simplemente otro sacrificio impuesto a la población.
Pero quienes quieran convertir el ajuste en una operación para tumbar al Gobierno también deberían entender algo: la ciudadanía puede estar molesta con el presidente y, al mismo tiempo, no querer que se vaya.
Puede rechazar el aumento del diésel y, simultáneamente, rechazar una aventura política cuyo desenlace considere todavía más peligroso.
Jaime Navarro Tardío es político y exdiputado nacional.
El presente artículo de opinión es de responsabilidad del autor y no representa necesariamente la línea editorial de Datápolis.bo.
