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ste tiempo me da mucho miedo y me asombra la forma que está tomando la geopolítica mundial. Pereciera como si el mundo de hoy hubiera perdido el rumbo histórico que ha hecho posible los grandes avances de la humanidad, y se encontrara en las penumbras de la rivalidad de las grandes potencias que deciden lo que quieren mientras que los débiles sufren las consecuencias. Ahora mismo creo que se necesitan, más que nunca, los valores de la empatía, la solidaridad y la diplomacia, no deben tirarse por la ventana.

A la situación actual le llamó Mark Carney, primer ministro de Canadá, en Davos (el 20 de enero de 2026), la ruptura del orden mundial, el final de una bella historia y el comienzo de una realidad brutal donde la geopolítica entre las grandes potencias no está sujeta a restricción.

Por su parte, José Luis Villacañas, filósofo andaluz, dos días después, aseguró que todo va a cambiar con la encrucijada mundial ya que Trump ha abierto viejas heridas, y, aunque no se sabe qué va a pasar, algo decaerá y algo nuevo debe emerger en el gran espacio mundial. Ha decaído la pluralidad de Europa y ha emergido mayor concentración de capital con Estados Unidos y China al frente de la dominación mundial, a pesar de las deudas públicas y externas del primero.

La ruptura se trata de un punto de inflexión para todos los países del mundo, en el cual se han agudizado las guerras, los conflictos, los aranceles irracionales, las sanciones y las regiones calientes, como el Medio Oriente, Sudan, la Sahel, Ucrania y recientemente el Caribe a partir del pasado 3 de enero con la operación quirúrgica de secuestro del presidente de Venezuela por EE.UU., en una región de paz.

Para Carney, el orden basado en reglas se está desvaneciendo. Por ello apela a la capacidad de los países intermedios, como Canadá y otros, para construir un nuevo orden que encarne los valores, como el respeto a los derechos humanos, el desarrollo sostenible, la solidaridad, la soberanía y la integridad territorial de los estados. No es precisamente el servilismo de los países débiles la mejor decisión para la paz y el desarrollo. Es hora de que las empresas y los países desistan de tal posición frente a las realidades que se viven y defiendan las políticas exteriores basadas en valores e intereses mutuos.

Es conocido que la historia del orden internacional basado en normas ha sido injusta, incoherente y falsa. Sin embargo, esta ficción ha sido útil, y la hegemonía estadounidense, en particular, contribuyó a proporcionar bienes públicos: rutas marítimas y aéreos abiertas, un sistema financiero estable, seguridad colectiva y apoyo a marcos para la resolución de disputas.

A decir de Carney, este acuerdo ya no funciona. Durante las últimas dos décadas, las grandes potencias comenzaron a utilizar la integración económica como arma, los aranceles como palanca, la infraestructura financiera como coerción y las cadenas de suministro como vulnerabilidades que se podían explorar, además de vivir dentro de la mentira del beneficio mutuo mediante la integración cuando esta se convierte fuente de subordinación y humillación.

Las instituciones multilaterales en las que se apoyaban las potencias intermedias, la Organización Mundial de Comercio (OMC), las Naciones Unidas (ONU) y sus Conferencias de Partes (COP), la arquitectura para la resolución colectiva y multilateral de problemas, se han visto enormemente mermadas, mientras que otras, como el Consejo de Ayuda Mutua Económica (CAME) liderado por la URSS entre 1949 y 1991, desaparecieron.

Como resultado, muchos países están sacando las mismas conclusiones. Deben desarrollar una mayor economía estratégica buscando aliados diversos: en energía, alimentos, minerales críticos, finanzas y cadenas de suministro, porque ningún único socio los sacará del hueco.

Esta idea es comprensible. Un país que no puede alimentarse, abastecerse de combustible ni defenderse solo, tiene pocas opciones. Cuando las reglas ya no te protegen, debes protegerte a través de la diversificación de aliados ante la dependencia de una u otra de las grandes potencias que han abandonado incluso la apariencia de reglas, valores y ética para perseguir sin trabas su poder y sus propios intereses económicos.

La autonomía estratégica de soberanía de los países emergentes así también puede ser compartida. Las inversiones colectivas con países socios que comparten valores son más resilientes económicamente y puede construirse en cada país desde sus propias fortalezas. Además, los estándares compartidos reducen la fragmentación, las barreras al negocio y la defensa. La idea es adaptarnos a esta nueva realidad, no simplemente construyendo muros más altos, sino logrando resultados más ambiciosos para nosotros que somos los más débiles.

Por ello, la postura estratégica debe cambiar con un nuevo enfoque basado en el "realismo en valores", es decir, aspirar a ser íntegros y pragmáticos. Propiciamos el compromiso con los valores fundamentales: soberanía e integridad territorial, la prohibición del uso de la fuerza, salvo cuando sea compatible con la Carta de las Naciones Unidas, y el respeto de los Derechos Humanos.

Sostiene el primer ministro Carney, Canadá busca una geometría de relaciones internacionales basada en valores e intereses comunes para ayudar a resolver los problemas globales, crear múltiples puentes bilaterales entre regiones y países, así como construir redes diversas en el comercio, la inversión y la cultura. En los últimos días, Canadá, a pesar de ser vecino de EE.UU., ha concluido nuevas alianzas estratégicas con China y Qatar, a la vez que negocia pactos de libre comercio con India, la Asociación de Naciones del Sudeste Asiático (ASEAN), Tailandia, Filipinas y Mercosur. También se ha apegada a la Organización del Tratado del Atlántico Norte (OTAN).

Pragmáticos al reconocer que el progreso suele ser gradual, que los intereses divergen y que no todos los socios comparten todos los valores; se trata de involucrarse de forma amplia y estratégica en estado de alerta, de afrontar activamente el mundo tal como es, sin esperar mundos ideales. "Valen los valores, pero también el valor de nuestras fuerzas", decía el primer ministro, "La nostalgia no es estrategia".

En este sentido, domésticamente vale la pena eliminar el estado tranca, asegurar derechos propietarios claros, coherentes y consistentes, e invertir en energía sostenible, inteligencia artificial, minerales críticos y nuevos corredores comerciales, además de asegurar servicios de salud y educación modernos y de calidad accesibles y asequibles a la población. Valen las alianzas estratégicas integrales y la diversificación de las relaciones con otros países para promover estas metas nacionales.

En definitiva, en Davos, los aliados tradicionales como Canadá, Francia, Reino Unido y España, entre otros, mostraron con claridad a través de sus lideres un firme rechazo a las políticas y valores actuales de EE. UU. Mark Carney pronunció un rotundo discurso llamado a construir redes de resistencia entre países que no comparten la fuerza bruta. Emmanuel Macron, presidente de Francia, dijo que prefiere “el respeto a los abusones, la ciencia al conspiracionismo”.

No obstante, todavía no se ha producido un abierto divorcio entre EEUU y sus aliados históricos. Mientras los países intermedios buscan el equilibrio esencial para la estabilidad y la prosperidad nacional y global, caminando sobre una delgada línea.

Juan Burgos Barrero es periodista investigador

El presente artículo de opinión es de responsabilidad del autor y no representa necesariamente la línea editorial de Datápolis.bo.