
a visita del presidente chileno a Bolivia marca una inflexión en la política exterior del gobierno de Rodrigo Paz: pasar de la diplomacia del agravio histórico a la diplomacia de los intereses estratégicos. El fallo de La Haya de 2018 significó una derrota para la estrategia judicial boliviana, aunque no extinguió la reivindicación marítima. Desde la perspectiva realista de las relaciones internacionales, los Estados no tienen amistades eternas ni enemistades perpetuas, sino intereses que defender.
Bolivia puede mantener viva su aspiración marítima sin convertirla en un obstáculo permanente para comerciar, atraer inversiones, desarrollar infraestructura, cooperar en seguridad y fortalecer su integración con Chile. La geografía no se cambia, pero la diplomacia sí puede cambiar de rumbo. Después de décadas mirando por el retrovisor de la historia, parece razonable comenzar a mirar también por el parabrisas del futuro.
El desafío estratégico mayor es que Bolivia deje de vivir de espaldas al Pacífico y comience a gravitar en su eje económico y geopolítico, explorando incluso un acercamiento a la Alianza del Pacífico. Pero este camino conduce a un tablero más complejo: la creciente influencia económica de China y la sensibilidad estratégica de Estados Unidos frente a su expansión regional. La diplomacia de Paz deberá practicar un delicado equilibrio: aprovechar los mercados, capitales y tecnologías de Beijing sin deteriorar sus relaciones con Washington. La autonomía estratégica no consiste en escoger padrino, sino en multiplicar opciones y evitar dependencias.
El verdadero examen de esta nueva política exterior no estará en los abrazos presidenciales ni en las fotografías protocolares, sino en los resultados económicos concretos. Porque en el ajedrez internacional, Bolivia debe aprender a mover sus propias piezas y no resignarse a ser el peón de las grandes potencias.
Entretanto, la política exterior boliviana debe pasar de los eslóganes a la acción, de la retórica diplomática a la construcción de resultados concretos. Para ello, es indispensable designar embajadores en países estratégicos, con capacidad técnica, experiencia y visión geopolítica. No se puede pretender que Bolivia vaya al mundo y el mundo venga a Bolivia si no tenemos quién abra las puertas, negocie los acuerdos y defienda nuestros intereses.
La diplomacia necesita menos consignas, más estrategia y, sobre todo, operadores. Porque en las relaciones internacionales, las embajadas vacantes no se llenan con discursos y los intereses nacionales no se defienden por telepatía.
Gonzalo Chávez Álvarez es economista y analista.
El presente artículo de opinión es de responsabilidad del autor y no representa necesariamente la línea editorial de Datápolis.bo.
