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comienzos del nuevo milenio recibí una invitación para participar en uno de los encuentros internacionales más importantes de la industria del gas natural en San Diego, California. Era una época en la que Bolivia despertaba enormes expectativas como potencia energética sudamericana. Pero entonces yo todavía no sabía hasta qué punto esas expectativas podían transformar a un humilde profesor de economía en un personaje de Las mil y una noches.

La primera sorpresa llegó con el pasaje: ¡primera clase! Algo absolutamente extravagante para un académico boliviano acostumbrado a viajar en clase económica, negociar centímetros con el vecino y considerar una segunda bolsita de maní como una conquista social.

Al aterrizar en San Diego, me dirigía modestamente hacia la manga del avión, dispuesto a buscar transporte público, cuando fui objeto de un secuestro de lujo. Un amable funcionario me condujo directamente a la pista, donde aguardaba una limusina de tres puertas. Por un instante pensé que me habían confundido con algún príncipe saudí extraviado en el altiplano.

Apenas arrancamos, se abrió discretamente un refrigerador y apareció un Macallan de 18 años. Lo acepté con la prudencia de quien sospecha que semejante acontecimiento no volverá a repetirse antes de su próxima reencarnación. Cada sorbo merecía una reflexión filosófica. Era evidente que el capitalismo internacional había decidido tratarme mejor que mi universidad.

​Llegamos a un hotel espectacular. No hubo recepción, formularios ni tarjetas de crédito. Dos botones me condujeron directamente a una suite que tenía una piscina privada. ¡Una piscina dentro de la habitación! Yo, que en algunos viajes académicos había tenido que compartir baño con colegas, experimentaba una movilidad social verdaderamente revolucionaria.

Sobre el escritorio encontré mis credenciales, con mi nombre en letras doradas, y una canasta de frutas tropicales. Una nota anunciaba que el desayuno, incluido en la tarifa, comenzaba a las seis de la mañana. Habría estaciones gastronómicas latinoamericanas, asiáticas, africanas y europeas. Aquello no era un desayuno continental: era una reunión de Naciones Unidas organizada por el sindicato de los glotones.

Al día siguiente me levanté con la puntualidad de un monje benedictino y el apetito de un condenado frente a su última cena. Desayuné durante casi dos horas, recorriendo continentes sin necesidad de pasaporte. Como decimos técnicamente en Bolivia: había que aprovechar, pues. La teoría económica llama a esto maximización de la utilidad.

Al salir encontré una larga fila esperando los autobuses hacia el centro de convenciones. Por costumbre nacional –porque un boliviano ve una fila y siente la obligación cívica de incorporarse– me puse al final. Entonces apareció nuevamente mi ángel de la guarda motorizado.

—Señor Chávez, usted no necesita hacer esta fila. Su limusina lo está esperando.

Obedecí sin discutir. Hay injusticias sociales contra las cuales uno debe rebelarse y otras que, por razones metodológicas, conviene estudiar desde el asiento de cuero de una limusina.

Durante el trayecto aparecieron unas mimosas, esa civilizada combinación de champán y jugo de naranja que permite comenzar el día con la conciencia tranquila de estar consumiendo vitamina C.

Al llegar al gigantesco centro de convenciones estaba más perdido que Adán en el Día de la Madre. Me coloqué la credencial y avancé hacia el auditorio. Entonces ocurrió otro milagro: los organizadores comenzaron a abrirme paso entre la multitud. Me sentí como Moisés atravesando el mar Rojo, aunque sin bastón y con una identificación plastificada.

Me condujeron hasta la primera fila, donde una elegante tarjeta llevaba mi nombre. A mis costados estaban sentados varios jeques árabes y altos ejecutivos petroleros. Yo, economista boliviano, compartía honores con personajes cuyos países tenían más reservas de hidrocarburos que nosotros excusas para no desarrollarlas.

Comencé a inquietarme. ¿Habían descubierto alguna genialidad oculta en mis trabajos académicos? ¿Se habían confundido de Gonzalo? ¿O la industria petrolera había desarrollado una inexplicable pasión por la macroeconomía?

La respuesta llegó con la primera presentación.

Cuando Bolivia era la Arabia Saudita de los Andes

En una pantalla gigantesca apareció el mapa energético de América del Sur. En el centro estaba Bolivia, destacada con la Puerta del Sol, unas llamas y una impresionante red de gasoductos.

Los ductos hacia Argentina y Brasil ya eran una realidad. Pero lo extraordinario eran las líneas punteadas que representaban proyectos futuros: nuevas conexiones con Argentina, posibilidades de integración con Paraguay y Perú, y corredores que permitirían transportar gas de Camisea hacia el mercado brasileño utilizando territorio boliviano.

Aquello parecía una telaraña cuidadosamente diseñada por una araña con doctorado en geopolítica. Bolivia aparecía como el gran centro de distribución del gas natural sudamericano. Éramos el hub energético del Cono Sur, el territorio destinado a articular productores, consumidores e infraestructura de integración regional.

Entonces comprendí todo.

No estaban homenajeando mis modestos conocimientos de economía; estaban recibiendo al representante de un país que prometía convertirse en potencia gasífera. Los organizadores no veían en mí a un profesor universitario, sino a un futuro jeque andino, ciudadano de la Bolivia Saudita, posiblemente dueño de algún camello que, por razones climáticas, había evolucionado hasta convertirse en llama.

Los petroleros–frecuentemente retratados como criaturas desalmadas del capitalismo internacional– poseen una virtud: cuando hay negocios importantes de por medio saben distinguir quién tiene el gas y quién solamente tiene discursos.

Y Bolivia tenía gas, grandes mercados potenciales y una posición geográfica privilegiada. Podíamos convertir nuestros recursos naturales en divisas, inversiones, infraestructura e integración regional.

Naturalmente, tener reservas no garantizaba el desarrollo. Pero existía una oportunidad histórica. Y las oportunidades históricas, como los Macallan de 18 años, no aparecen todos los días.

El regreso del jeque degradado

Muchos años después, poco antes de la pandemia, recibí otra invitación al mismo encuentro.

Mi entusiasmo fue inmediato. Recordaba la limusina, el whisky, las mimosas, la piscina privada y mis amigos jeques.

Pero la primera señal de que algo había cambiado llegó con el pasaje: clase económica, asiento del medio, cerca del baño. Viajé con las rodillas incrustadas en el asiento delantero, escuchando el desfile permanente de pasajeros hacia los servicios higiénicos. Aquello se parecía menos a un vuelo internacional que a una flota rumbo a Oruro durante Carnaval.

Al llegar a San Diego nadie me esperaba. Ni limusina, ni chofer, ni siquiera un funcionario despistado sosteniendo un cartel con mi nombre mal escrito.

Tomé transporte público hasta un hotel modesto, de esos donde la arquitectura parece inspirada en una caja de zapatos y el lujo consiste en que funcione el agua caliente. Tuve que registrarme, cargar mis maletas y llegar a una habitación diminuta, próxima a la cocina y destinada a fumadores.

La piscina privada había desaparecido. En compensación, tenía una vista privilegeda hacia una pared.

Pregunté por el desayuno.

—No está incluido, señor. Pero a dos cuadras hay un food truck que abre a las seis.

Como mis dólares eran escasos, elegí el camión gastronómico. Compré un bagel con queso crema y un jugo de naranja en caja. Había pasado de la geopolítica del desayuno a la austeridad fiscal aplicada al estómago.

La siguiente mañana caminé cinco cuadras hasta otro hotel, hice una fila interminable y subí a un autobús que tardó casi dos horas en llegar al centro de convenciones.

Tampoco tenía mis credenciales preparadas. Después de disputar un lugar con colegas centroamericanos y sudamericanos, en una especie de lucha libre académica, conseguí mi identificación.

Entré al auditorio esperando recuperar algo de mi antigua dignidad petrolera. Pero nadie abrió las aguas del mar Rojo. Nadie me condujo a la primera fila. Mi asiento estaba al fondo, prácticamente en la frontera entre el auditorio y el depósito de materiales de limpieza. Había descendido del Olimpo energético a la categoría de aguatero del seminario.

¿Qué había ocurrido? ¿Mis amigos jeques me habían retirado la confianza? ¿Había cometido algún pecado diplomático?

Otra vez, la respuesta llegó con el mapa.

Del gran centro energético al agujero del mapa

Bolivia seguía ocupando el centro geográfico de Sudamérica, pero había perdido su centralidad económica.

La impresionante telaraña de gasoductos proyectados había desaparecido. Los nuevos protagonistas eran las plantas de regasificación de gas natural licuado, las rutas de abastecimiento marítimo y otros corredores energéticos.​Argentina avanzaba hacia una nueva etapa productiva con Vaca Muerta. Brasil diversificaba sus fuentes de abastecimiento. Perú había desarrollado Camisea.

Bolivia, en cambio, perdía protagonismo. El país que debía articular los mercados regionales comenzaba a convertirse en un actor periférico. La posibilidad de revertir el flujo del gasoducto argentino para que algún día termináramos comprando el combustible que antes vendíamos era una advertencia particularmente humillante.

La antigua Bolivia Saudita comenzaba a parecerse a un Burundi energético: no por falta de dignidad nacional, sino por el riesgo de pasar de exportador estratégico a país dependiente del abastecimiento externo.

Entonces comprendí que mi degradación hotelera no era personal, era macroeconómica.

Yo no había perdido mi categoría VIP. Bolivia había perdido su categoría energética.

Cómo matar a la gallina de los huevos de oro

Detrás de aquella transformación existía una historia de errores estratégicos y oportunidades desperdiciadas.

Durante los gobiernos del Movimiento al Socialismo, Bolivia disfrutó de un extraordinario ciclo de ingresos gasíferos. La nacionalización fortaleció la apropiación estatal de la renta, pero capturar una mayor proporción de la riqueza existente no equivale a garantizar la producción futura.

Una cosa es distribuir los huevos de oro y otra, bastante distinta, alimentar a la gallina.

El modelo privilegió la extracción y distribución de la renta sobre la reposición de reservas, la exploración sostenida, la inversión productiva y el desarrollo de nuevos mercados. La inseguridad regulatoria, las limitaciones de inversión y la ausencia de una estrategia de largo plazo debilitaron las bases de la industria.

También cambiaron los mercados internacionales, surgieron nuevos competidores y avanzaron otras tecnologías. Precisamente por eso Bolivia necesitaba una política energética más inteligente y competitiva.

No bastaba con celebrar ingresos extraordinarios mientras se agotaban los campos. No bastaba con nacionalizar los discursos y privatizar las responsabilidades. Y, sobre todo, no bastaba con creer que el gas brotaría eternamente por decreto supremo.

El resultado fue la pérdida progresiva de reservas, producción, mercados y capacidad exportadora. Después del histórico enclaustramiento marítimo, comenzamos a construir, por nuestros propios errores, un segundo enclaustramiento energético.

La tercera invitación y la tormenta perfecta

Hace algunas semanas recibí nuevamente una invitación al encuentro internacional del gas natural.

Confieso que he decidido no asistir.

Temo que la tendencia continúe. No vaya a ser que me envíen en barco carguero, me alojen en un motel de carretera, me entreguen un sándwich de mortadela como desayuno y me permitan seguir las conferencias desde una habitación contigua, mediante un televisor en blanco y negro que necesite un golpe lateral para mejorar la señal.

Pero esta historia ya no es solamente una tragicomedia sobre mi decadencia en el escalafón hotelero de la industria petrolera; es una parábola sobre el desarrollo económico boliviano y, sobre todo, una advertencia sobre nuestro futuro.

Bolivia está ingresando en la tormenta perfecta de una crisis energética multidimensional. Ya dependemos de la importación de gasolina y diésel, y ahora se aproxima la perspectiva de importar también gas natural. La crisis tampoco termina en los surtidores ni en los gasoductos; amenaza al sistema eléctrico, cuya generación depende significativamente del gas, comprometiendo los costos, el abastecimiento, la competitividad industrial y la estabilidad macroeconómica.

Lo que comenzó como una crisis de hidrocarburos amenaza con transformarse en una crisis sistémica de toda la matriz energética. Ya no hablamos solamente de precios, subsidios o escasez de dólares, sino del agotamiento de un modelo de desarrollo.

Bolivia necesita urgentemente una reconducción integral de su política energética: recuperar la exploración y la inversión, reconstruir reservas, reformar los mercados de hidrocarburos y electricidad, diversificar la generación, garantizar la seguridad del abastecimiento y establecer reglas estables para atraer capital, tecnología y conocimiento. Necesitamos una estrategia nacional con visión de Estado; no una colección de decretos de emergencia, parches fiscales y discursos patrióticos pronunciados frente a surtidores vacíos.

La tragedia ya no es solamente haber pasado de la limusina del jeque andino al asiento junto al baño; es haber transitado de la Bolivia Saudita a un país que corre el riesgo de importar hasta el gas para calentar el agua del té.

Y si no cambiamos de rumbo, pronto descubriremos que también tendremos que importar la electricidad para encender la luz al final del túnel.

Gonzalo Chávez Álvarez es economista y analista.

El presente artículo de opinión es de responsabilidad del autor y no representa necesariamente la línea editorial de Datápolis.bo.