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mis 9 años en Riberalta: “Té está agarrando la noche, este final de año te llevo a Santa Cruz”.

La noche de este final de julio de 2026, el reloj político y económico de Bolivia acelera su marcha hacia lo inevitable. Quienes insistan en analizar el país a través de los discursos oficiales o las disputas partidarias tradicionales se perderán el verdadero estallido de nuestra realidad. En las últimas horas, la salida definitiva de Samuel Doria Medina y Unidad Nacional del pacto de gobernabilidad ha dejado al presidente Rodrigo Paz Pereira desnudamente solo, forzado a dirigir un Estado bajo asfixia ilíquida con la única herramienta que le queda: el decretazo coactivo. Por abajo, una Fiscalía implacable ejecuta la aprehensión preventiva de exministros del masismo tradicional, intentando inyectar una dosis de legitimidad urbana a una gestión que se achica a pasos agigantados. De fondo, el mercado paralelo ha dictado su propia sentencia, empujando el dólar libre por encima de la frontera de los 11,80 bolivianos, mientras el Banco Central de Bolivia se ve obligado a correr por detrás con una tasa oficial flexible que estira el boliviano hasta el límite del colapso.

El diagnóstico formal es desolador, y la quiebra técnica del aparato empresarial del Estado ya no es un debate ideológico, sino un dato matemático refrendado por la historia. Más de veinticinco de las empresas públicas heredadas del modelo estatista operan hoy con patrimonio neto negativo, devorando más de 55.000 millones de bolivianos en pérdidas acumuladas. Es esta cruda contabilidad la que obligó al Gobierno a cerrar un préstamo de emergencia de hasta 2.800 millones de dólares con el Fondo Monetario Internacional (FMI). Un salvavidas con “miguelitos”: esos dólares tienen prohibido financiar el gasto corriente o subsidiar los carburantes; su único destino es reponer las vacías bóvedas de las Reservas Internacionales Netas a cambio de una de las auditorías y el desmantelamiento obligatorio de los elefantes blancos que desangraron al país. Mientras tanto, el Decreto 5652 intenta congelar el precio de los combustibles, pero las filas kilométricas en los surtidores del eje central demuestran que YPFB carece del efectivo para convencer a los proveedores internacionales.

Sin embargo, el peligro más devastador de esta coyuntura no está en los titulares de prensa, sino en la ruptura invisible de nuestra cadena de pagos. Miles de empresas privadas contratistas, constructoras y proveedoras del Estado firmaron contratos en bolivianos calculados para un país que ya no existe. Con un dólar real rozando los 12 bolivianos, sus costos operativos se han disparado más de un 40%. Ante la imposibilidad legal de indexar sus cobros a la divisa, el sector privado formal está rompiendo contratos, paralizando obras civiles esenciales y dejando de proveer medicamentos y alimentos. Bolivia sufre una des bancarización acelerada: el comercio importador y los gremiales ya no confían en las ventanillas reguladas —que mantienen restricciones físicas para el retiro de billetes— y transan en efectivo en las calles o mediante compensaciones informales en el exterior a través de "cuentas espejo" y criptoactivos (USDT). El boliviano está perdiendo su función de reserva de valor en el mercado interno, empujando al país a una dolarización caótica, informal y sin reglas, donde el ciudadano de a pie queda totalmente desprotegido.

Pero es precisamente en el fondo de este abismo donde se abre la rendija de la salida más alentadora que todos están ignorando.

Por la pura fuerza de la necesidad fiscal, Bolivia asiste al fin definitivo del "Estado Paternalista" y al nacimiento de una economía de coinversión real. La liquidación forzada de empresas públicas inviables como la azucarera San Buenaventura o la ensambladora Quipus le quitará al Tesoro General un lastre multimillonario que, por primera vez en veinte años, podrá redireccionarse a la salud, la educación y los caminos vecinales tangibles. Al mismo tiempo, la escasez crónica de diésel estatal está forzando a los grandes consorcios productivos de Santa Cruz y el Beni a construir su propia soberanía energética mediante inversiones en infraestructura privada de almacenamiento y logística fluvial directa con los proveedores del continente. Obligado por la supervivencia política tras el quiebre de sus alianzas, el Gobierno se ve empujado a liberar las fuerzas productivas atrapadas, acelerando el Pacto Fiscal 50/50 y devolviendo el control tributario y productivo a las regiones.

La tesis derrotista de que Bolivia dio todo lo que tenía que dar queda desmantelada por el instinto de supervivencia de su gente. El gas se terminó, pero la crisis está pariendo una Bolivia post-extractivista, agroindustrial y comercial tecnificada que ya no depende del capricho centralista del gobierno de turno. El momento exige una tregua de valentía colectiva: los líderes políticos deben congelar la prematura compulsa electoral y las organizaciones sociales deben desterrar el bloqueo caminero, una herramienta que hoy solo sirve para desviar el diésel urbano hacia la minería ilegal del oro en lugar de alimentar los tractores que siembran nuestra comida.

Desde la trinchera que a cada boliviano le toque ocupar, la consigna es poner las manos sobre el arado y refundar la patria desde el trabajo diario, demostrando que somos capaces de construir caminos en la noche.

Wilfredo Áñez Saavedra es administrador de empresas.

El presente artículo de opinión es de responsabilidad del autor y no representa necesariamente la línea editorial de Datápolis.bo.