
ste Mundial de futbol, independientemente de la fiesta deportiva de alcance hemisférico, trae muchas enseñanzas de vida que resulta importante asimilarlas. Es así que, en cada partido, en varios países, cuando juega su selección, es el único momento en que se genera un sentimiento de unidad nacional en todo el territorio, incluso en los ciudadanos que por diversas razones tuvieron que migrar a otras latitudes, se alegran y también lloran, el inconsciente colectivo se manifiesta espontáneamente de manera uniforme, ante los resultados del partido en cualquier dirección, no funciona el “yo”, reacciona el “nosotros”, es la parte hermosa de este emblemático deporte que logra unir a los colectivos humanos.
En ese contexto, me emociona la actitud del pueblo noruego, quienes rindiendo homenaje a sus antepasados los vikingos, al final de cada partido, tanto los jugadores en la cancha, como la hinchada en las graderías, desarrollan un ejercicio, emulando a sus abuelos que, en la Edad Media, entre los siglos VIII y XI d.C., llegaron por mar, provenientes del norte de Europa (Escandinavia), afrontando las dificultades que generan esas gélidas aguas para remar en sus embarcaciones de la forma más sincronizada posible, pues si uno de los navegantes se salía de esa acción coordinada, remando de manera discordante, ponía en riesgo la vida de todos.
La única manera de preservar su vida, era operar en una sola dirección y a un mismo ritmo ante el riesgo de ser absorbidos por el mar. Las imágenes de este accionar conjunto en pleno campo deportivo permite mostrar ante el mundo un testimonio de orgullo nacional, basada en una historia que identifica a toda una nación. Cada partido los noruegos, jugadores e hinchas convierten el evento en una fiesta nacional, se advierte el sentimiento de unidad y lo demuestran remando simbólicamente, gracias al futbol.
Confieso, como amante de este deporte desde que tengo uso de razón, que al observar ese acto positivo de reacción colectiva y patriótica, por un momento la imaginación me trasladó a las graderías del estadio para ilusionarme que no eran los nietos de los vikingos los que estaban en la cancha, sino los de la Selección de Bolivia, festejando la clasificación entre las 16 selecciones que continuarán pugnando para llegar a instancias finales.
Similar impresión positiva experimenté con la victoria de Ecuador sobre Alemania, supuestamente este último era el favorito, pero como el futbol y el amor no tienen lógica, nuestros hermanos ecuatorianos que para clasificarse estaban obligados a ganar al gigante, lograron la hazaña en los últimos momentos del partido. Lo interesante de todo esto fue la reacción de la hinchada ecuatoriana, pues mientras los jugadores, director técnico incluido, haciendo un círculo agradecían a Dios por el resultado del partido, en las graderías los que asistieron a apoyar al equipo ecuatoriano, entonaron y se deleitaron con esa canción tan emblemática interpretada e inmortalizada en los años 50 del siglo pasado por Julio Jaramillo, (símbolo artístico ecuatoriano) titulada “Nuestra Promesa”. Todos los hinchas ecuatorianos cantaban al unísono “…hemos jurado amarnos hasta la muerte y si los muertos aman, después de muertos amarnos más”, cabe enfatizar que este bolero es una especie de segundo himno ecuatoriano.
Este otro testimonio de amor por la patria gracias al futbol, nuevamente hizo volar mi imaginación y vi a la Selección Boliviana venciendo a un gigante, clasificándose a la siguiente fase, motivo por el cual mis compatriotas tanto en las graderías como en la cancha, en plena competencia mundial, cantábamos la emblemática cueca “viva mi patria Bolivia, una gran nación, por ella doy mi vida, también mi corazón”.
Advertirán que, en el caso específico de nuestro país, los únicos instantes en que se suscita un sentimiento de unidad, incentivada por el amor a la patria, es precisamente en estas circunstancias de competencia futbolera internacional, donde todos apuntamos en una sola dirección, el futbol nos une para festejar victorias y lamentar derrotas. Son los únicos momentos en que las falsas dicotomías promovidas con tanta mala fe por los activistas políticos, no da resultado, cuando juega la verde no hay rivalidad entre cambas y collas, mestizos e indígenas, izquierda y derecha.
Probablemente muchos dirán que no es pertinente mezclar dos escenarios distintos para una evaluación seria y objetiva de la realidad nacional, empero advierto que nos va mal como país en el escenario político, democrático, económico, tan mal que ni siquiera en el ámbito deportivo somos capaces de triunfar, porque la idiosincrasia colectiva nuestra, frustra cualquier aspiración de victoria.
Nuestra sociedad política, independientemente de las ideologías que les identifica, se parece mucho a la dirigencia deportiva, en ambos casos no interesa el país, sino el afán obsesivo de poder para beneficiarse del cargo. Entonces la causa y el efecto siguen siendo los mismos en los dos ámbitos, ergo no es casual que casi siempre estemos en la zaga en competencias deportivas internacionales, especialmente el futbol, resignándonos a apenas los 2 logros, el título sudamericano de 1963 y la clasificación al Mundial de 1994. Similar sensación de frustración advertimos en el ámbito político, democrático, económico. Los responsables tienen rasgos comunes en ambos escenarios.
Creo que los 53 días de injusto enclaustramiento son el testimonio de que, más allá de los factores externos, la responsabilidad inconmensurable de nuestros políticos y de las partes en conflicto es manifiesta, se soslayó el injusto sufrimiento de un pueblo que puso lo muertos, pasó hambre, tuvo grandes pérdidas materiales, mientras bloqueadores y gobernantes se reconciliaron para preservar intereses políticos.
Por estas y otras razones, viendo el mundial como espectadores, sin ser protagonistas y sufriendo la indolencia de la sociedad política, incluidos dirigentes de la COB, CESUTCB, etc., adquiere relevancia la frase popular de que SOÑAR NO CUESTA NADA, CONSTRUIR UNA NACIÓN SÍ CUESTA, el problema es que aún no empezamos.
Waldo Albarracín Sánchez es abogado y defensor de Derechos Humanos.
El presente artículo de opinión es de responsabilidad del autor y no representa necesariamente la línea editorial de Datápolis.bo.
