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olivia conmemora los 201 años de su declaración de independencia e inmediata insurgencia como República. Ha pasado el Bi jijijijicentenario y ahora es tiempo de dejar de repetir una historia que, como han demostrado los investigadores en los últimos años, es mentirosa o, por lo menos, tergiversada.

Ya en la tercera centuria, es necesario corregir los errores existentes en textos escolares y de estudio. Si no lo hacemos, corremos el riesgo de perder nuestra cultura, como ya está pasando frente al Perú.

Una de las grandes mentiras de nuestra historia es nuestra dependencia respecto a Perú, que se limita a dos periodos: el incario, del que dependimos alrededor de medio siglo; y el virreinato, con el que tuvimos relación por exactamente 234 años. Si hacemos números y contamos los periodos en los que no tuvimos relación con lo que hoy es Perú, podríamos hablar hasta de milenios. Sobre esa base, afirmo que Bolivia y Perú no tienen orígenes compartidos y ni siquiera comparten historia, más allá de las circunstancias referidas.

El Virreinato del Perú nunca se conformó con haber perdido el territorio de Charcas, hoy Bolivia, cuando se creó el Virreinato del Río de la Plata, que abarcó a lo que hoy son nuestro país, Argentina, Paraguay y Uruguay.

En 1810, cuando se produjo la Revolución de Mayo, el entonces virrey del Perú José Fernando de Abascal y Sousa, dispuso que Charcas y Tucumán pasen a su jurisdicción, mientras durara el estado de convulsión en Buenos Aires. No pasó ni lo uno ni lo otro, puesto que España jamás recuperó la capital rioplatense y los revolucionarios de Charcas no reconocieron al Virreinato del Perú, sino a la Junta de Gobierno de Buenos Aires.

Este documento es clave para este tema porque demuestra que, hasta su emisión, el 13 de julio de 1810, jamás se había usado el apelativo “alto Perú” para referirse al territorio hoy boliviano. Lo más remoto que encontré es otro bando de Abascal, pero del 20 de febrero de 1813. De ahí para adelante, el apodo se haría de uso común, al extremo que aparecería en la mayoría de la correspondencia, incluso oficial. Por eso es que aparece en el Acta de Independencia; pero, en sentido jurídico estricto, no fue un cambio oficial de nombre, sino la adopción social de un sobrenombre.

Este hecho nunca había sido analizado por los historiadores debido a que generalmente hubo un fuerte sentimiento de hermandad con Perú.

Eso ha cambiado ahora por una razón: muchos –demasiados– peruanos están robando elementos culturales de Bolivia y, cuando se les reclama, usando no solo el argumento del origen compartido sino de una dependencia del Perú que nunca existió como tal. Son varios los que llegan al extremo de decir que “Bolivia es una provincia del Perú”, así que el asunto no es menor.

El robo de cultura boliviana es una realidad que deben considerarse en mesas bilaterales, pero, mientras aparezca la autoridad boliviana que asuma esta tarea, los historiadores deberían de dejar de usar el apelativo “alto Perú”, no solo porque es históricamente incorrecto, sino porque es convertirse en cómplices del robo cultural peruano.

Rindamos homenaje ahora Bolivia poniendo las cosas en su lugar.

Juan José Toro Montoya es periodista.

El presente artículo de opinión es de responsabilidad del autor y no representa necesariamente la línea editorial de Datápolis.bo.